Tiene que ser otra cosa

“Un mundo de depredadores”. La expresión es cada vez más utilizada para explicar lo que sucede en este comienzo de 2026. Un mundo en el que vuelven las guerras de conquista (Groenlandia, Ucrania), donde la soberanía nacional no cuenta (Venezuela). Un mundo en el que el presidente de Estados Unidos, en otro tiempo referente moral del mundo libre, asegura que la única restricción al poder es su propia moralidad (Trump en The New York Times). Un mundo en el que los sistemas democráticos se descomponen por la falta de confianza en la capacidad de las instituciones para controlar a las élites. Los nuevos depredadores no solo pretenden dominar desde fuera, también lo hacen desde dentro: el “capitalismo de la atención”, el de las empresas tecnológicas coloniza, las potencias del alma y favorece la desinformación.
Tiempo de nuevos y viejos poderes. No conviene despreciar el valor de lo poco que queda en pie del derecho internacional o del multilateralismo para intentar frenar, en lo que sea posible, los excesos en el uso de la fuerza. Bienvenidos sean los esfuerzos de los Estados soberanos y de las organizaciones supranacionales que aspiran a que las empresas tecnológicas se sometan a unas mínimas reglas. Pero es inútil intentar, en el mundo de los depredadores, frenar al poder solo con normas, con llamadas a la unidad, al consenso, a los valores.
Observemos mejor qué sucede cuando el poder actúa. Las nuevas y viejas forman de dominio, por muy anestesiado que esté el yo, provocan una reacción de rechazo. Hay algo en la injusticia y en el abuso que genera un malestar muy hondo, una profunda repulsa, un radical deseo de reparación. No se explica de otro modo que los ucranianos estén aguantando este cuarto invierno, el más duro de todos, ante el invasor ruso o que muchos vecinos de Minnesota hayan salido a las calles para protestar por los excesos del ICE.
Pero el malestar no es suficiente y no todas las formas de “resistencia” son útiles para frenar los abusos y para hacer más humana la vida del que la ejerce. El rechazo es solo un síntoma. Si el deseo de reparación no provoca una mejor comprensión de uno mismo y de la situación que está viviendo, el poder gana la partida. Es fácil dejarse llevar por la idea de que el mejor modo de responder al abusador es utilizar sus mismas armas, construir una hegemonía alternativa. De aquí nace la famosa polarización. Es una respuesta condenada al fracaso porque imita al opresor y destruye el recurso más valioso que hay en el yo, en la vida social y en la vida de las naciones. La reacción dialéctica de acción/reacción siempre es aprovechada por quien tiene “más cantidad” de poder para afianzar su dominio.
La resistencia, la respuesta no puede ser un problema de cantidad, tiene que ser algo diferente, algo cualitativamente diferente. Tiene que ser liberadora con independencia del resultado, tiene que construir a la persona aunque no obtenga más poder que el infinito poder que supone saberse irreductible. El objetivo pues, no puede ser primordialmente, construir un sistema, una interpretación alternativa, una organización para responder con eficacia.
Observemos, antes de cerrar el problema con una respuesta rápida, qué sucede cuando el poder actúa e intentemos comprender la raíz de la reacción que provoca en nosotros. Para comprender hay que hacer un ejercicio de realismo. Y el realismo no es, fundamentalmente, un compromiso: hacer ciertas concesiones a cambio de un mínimo espacio de libertad. El realismo es ir a las cosas tal y como son, a los hechos, a la experiencia que provoca el dominio de un poder injusto. Cuanto mayor es el abuso mayor es la invitación a comprender quiénes somos. De esa comprensión nace la única energía capaz no ya para resistir sino para construir un espacio de libertad, incluso cuando uno se ve obligado a vivir escondido y en la clandestinidad.
Es lo que le ha sucedido a María Corina, la líder de la oposición venezolana que ganó las elecciones en 2024. Después de estar durante año y medio encerrada en una habitación sin luz natural, en su discurso al recibir el Premio Nobel de la Paz (que tuvo que leer su hija) afirmaba: “solo es posible alcanzar la libertad cuando decidimos no vivir de espaldas a nosotros mismos; cuando afrontamos la verdad, por dura que sea; cuando el amor a lo que realmente importa nos inspira el coraje necesario para perseverar y prevalecer. Solo al alcanzar esa coherencia interior, esa integridad vital, logramos estar a la altura de nuestro destino. Solo entonces llegamos a ser quienes realmente somos y podemos vivir una vida que valga la pena vivir”.

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