Minnesota occasion

Editorial · Fernando de Haro
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1 febrero 2026
El derecho a la vida, a la vida de estadounidenses como Alex Pretti o de Rene Good, manifestantes muertos en Minnesota por los disparos de las patrullas del ICE, debe respetarse.

“La gran fuerza de la retórica de Luther King fue la idea de que cuando se fabricó el universo se dejó escrito lo que está mal y lo que está bien. La esclavitud no está mal solo en algunos sitios y en algunos momentos: la esclavitud es siempre algo malo. La segregación no es buena en algunos sitios y mala en otros, es siempre mala”. Con estas palabras explicaba el historiador estadounidense George Marsden por qué el movimiento de Martin Luther King, en favor de los negros, supuso un cambio tan radical durante los años 60 del pasado siglo. A buena parte de los estadounidenses se les hizo entonces más evidente que la discriminación no era buena. Cuando se fabricó el universo estaba escrito que negros y blancos eran iguales, pero hizo falta mucho tiempo para que se reconocieran esos derechos. La historia es decisiva.

Todavía queda viva entre los votantes más a la derecha de Trump la evidencia de que el derecho a la vida, a la vida de estadounidenses como Alex Pretti o de Rene Good, manifestantes muertos en Minnesota por los disparos de las patrullas del ICE (Servicio de Inmigración), debe respetarse. Por eso el presidente republicano ha decidido suavizar la represión.

Otros derechos han dejado de ser evidentes. Como el derecho de libre manifestación; la inviolabilidad del domicilio de los migrantes que son detenidos en las redadas para ser trasladados a miles de kilómetros o deportados; el respeto a las iglesias como lugares de “paz de Dios”; el respeto a las decisiones judiciales para frenar la arbitrariedad de la actuación de una agencia federal que tiene que estar sometida a la ley.

Muchas cosas que estaban escritas sino cuando se fabricó el universo, sí cuando se fabricó la democracia, han dejado de ser claras incluso cuando se argumentan. Lo mismo sucede, en diferente modo, en Europa. Eso es lo que explica por qué Trump hace lo que hace.

Si no estuviéramos ante un problema que va más allá de la política y toca el tejido del sujeto, no se entendería la insistencia de la Administración en negar lo que se ve en los videos en los que disparan a Alex Pretti y a Rene Good. La negación de la realidad se basa en la confianza de que es la fe trumpista la que genera los acontecimientos y no los acontecimientos los que generan la fe.

Trump ha llegado al mes de enero con un bajo índice de aprobación que está en el entorno del 40%. Biden, tras el primer año de Gobierno, durante el COVID, tenía una aprobación del 43% y entonces aquello se consideraba un desastre. Trump tiene un índice tan bajo porque muchos estadounidenses consideran que la inflación y la economía no van bien y porque una parte importante de los republicanos consideran que el problema de la migración no está bien resuelto. Le acusan de no haber reducido la que consideran una gran entrada de migrantes que comenzó con Biden.

Las encuestas reflejan una división radical no en cuestiones económicas, sí en lo que se refiere a los derechos civiles y a las libertades. Es un asunto que no preocupa nada o casi nada a los republicanos y que inquieta a bastantes demócratas.

Hay quien, en esta situación, invoca la necesidad de volver al consenso, a los valores constitucionales y a su sólido fundamento moral. Hubo un tiempo en el que ese consenso tenía peso. En los años 20 del siglo pasado, movimientos como el de los America Firsters pretendía responsabilizar a los migrantes de muchos de los problemas que tenía el país. Ni las dificultades de la Crisis del 29, ni la Gran Depresión, ni la II Guerra Mundial les permitieron ganarse el apoyo de las élites ni el de la clase trabajadora. El problema ahora es que la distancia entre el texto de la Constitución, con todas sus instituciones, y la Constitución histórica, expresión del mundo de valores de los ciudadanos, se está distanciándo. La fractura parece irrecuperable.

No se arregla la crisis calificando a todos los que dan su apoyo a Trump como fascistas. Sin duda hay factores sociales y económicos que han provocado el desapego a lo que quedó escrito “cuando se fabricó la democracia”. Si solo el 20 % de los estadounidenses puede tener acceso a una educación de calidad para llevar una vida sin preocupaciones económicas, y ese 20% es una especie de casta que se perpetúa de generación en generación es difícil creer en los valores de la democracia. Si hay un “capitalismo de la atención” que gana trillones de dólares sin límite alguno, difundiendo fake news, es muy difícil que haya una opinión pública bien informada, base de cualquier sistema democrático.

Pero la desigualdad y la desinformación no serían obstáculos invencibles para mantener la democracia en pie, como no lo fueron la Gran Depresión ni la II Guerra Mundial, si en la ciudadanía fuera sólida en su intuición de que el otro es imprescindible para esa búsqueda de la propia felicidad a la que se refiere la Declaración de Independencia: “sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Hace falta una educación para que lo era una herencia se convierta en una conquista. Ya decía Dewey que “thinking is not a case of spontaneous combustion; it does not occur just on ‘general principles’. There is something specific which occasions and evokes it.» (El pensamiento no es consecuencia de la combustión espontánea; no ocurre solo por «principios generales». Hay algo específico que lo provoca y lo evoca).

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