La razón no ha muerto en Adamuz

Editorial · Fernando de Haro
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22 enero 2026
¿Se puede afirmar después de lo sucedido, sin dejar de ser racionales, sin convertirnos en “idiotas religiosos” o en “estúpidos del pensamiento positivo", que la vida tiene un destino favorable?

La reina Letizia, que se suele mantenerse claramente distante de cualquier forma de devoción, ha tenido una posición, de partida, claramente religiosa. No quiero provocar, pero quizás la suyas han sido las palabras más religiosas de todas las que he escuchado después del accidente de Adamuz que ha dejado más de 40 muertos.

Tras visitar el lugar en el que se produjo el coche, cuando había todavía cuerpos por rescatar, afirmó: “todos somos responsables de no retirar la mirada cuando se retiran los escombros de una catástrofe y de ahí el valor de una vulnerabilidad compartida”.

No apartar la mirada para agradecer a quien ha ayudado a las víctimas, para sentirnos cercanos de las personas que han perdido a sus familiares, pero sobre todo, no apartar la mirada para ser responsables con nosotros mismos. Un accidente así exige recibir el golpe, aceptar y convivir con las preguntas que suscita. Apartar la mirada es matar el segundo de inquietud que ha despertado en nosotros las noticia, sepultarlo hablando solo de la seguridad ferroviaria o de las responsabilidades políticas. Apartar la mirada es también limitarse a rezar una oración piadosa por los difuntos y recordarnos como un simple enunciado lo que dice el Credo sobre la vida eterna sin que la fe, quien la tenga, cambie en nada su forma de usar la razón.

El accidente, casi sin que le hayamos dado permiso, nos ha recordado cosas esenciales que normalmente no tenemos presentes. “Podríamos haber sido nosotros los que hubiéramos viajado en ese tren”, hemos repetido con frecuencia estos días. “Nos no horroriza tanto la muerte ajena como descubrir que seguimos vivos de casualidad”, apuntaba con un realismo aparentemente cínico Manuel Jabois. El aprendizaje no es obligatorio, siempre se puede volver al punto de partida y repetir eso de que “estas cosas pasan”. “El COVID no fue suficiente, los encierros, la locura. Pero vino la dana. Los días sin recoger los cadáveres. Luego, el apagón. Ahora, descarrilamientos de trenes. No hace falta que nos pongan más a prueba. No queremos que esta sea la manera en la que empecemos a apreciar el mundo que se nos va” -escribía Berta González de Vega-. Las oportunidades que nos invitan a preguntarnos de qué va la vida no han faltado. Otra cosa es que estemos esperando una situación más favorable para aceptar el reto. Puede que esa situación llegue o no llegue (mientras, la existencia avanza). Siempre es preferible estar a lo que ocurre.

El choque de trenes provoca a la razón. Y el gran Pedro Cuartango responde con la resignación de los antiguos griegos: “el azar rige nuestras vidas y pone en evidencia la fragilidad de la condición humana. Todo se acaba en un instante por unos hechos que suceden de forma totalmente imprevisible”.

Es una de las grandes respuestas que se ha dado el hombre a lo largo de la historia. Supone admitir que el ímpetu de poseer y de vivir, con el que venimos al mundo, está condenado a ser derrotado. Hay que renunciar, conformarse: la vida es necesariamente injusta. Imaginemos el último pensamiento, el último deseo de cada uno de los que pocos segundos después murieron en el choque: ¿no estaban marcados cada uno de esos pensamientos y de esos deseos por la espera de algo mejor?

La resignación no es la única reacción. También nos hemos dicho a menudos estos días: “no valoramos lo que tenemos. Necesitamos valorar más el presente, disfrutar con lo cotidiano, con las personas que nos quieren, ocuparnos de lo que realmente importa”.

Toda forma de intentar darse una respuesta es verdadera. Su verdad depende de cuánto se esté dispuesto a ponerla a prueba.  Aceptar que la vida es injusta, cuando empezó como una promesa, o “disfrutar de lo cotidiano” no satisface a los inquietos.

¿Se puede afirmar después de lo sucedido, sin dejar de ser racionales, sin convertirnos en “idiotas religiosos” o en “estúpidos del pensamiento positivo», que la vida tiene un destino favorable? Para responder que sí es necesario no retirar la mirada y no aceptar falsos consuelos. Esta tensión, la pregunta por el posible fracaso de la vida, es la que nos asalta en casa esquina del aire, es la que nos hace humanos: “descubrir que seguimos vivos de casualidad”.

Para ser racionales hasta el fondo hay que dejar abiertos los dos grandes polos del problema: la contundente intuición de que la vida no es creada para la muerte ni se recrea en su destrucción y el dato incuestionable de que los trenes chocan y la gente se muere de mala muerte. Para ser racionales el misterio debe quedar abierto. La ecuación no se puede despejar.

Y en esa situación no es fácil, es casi imposible, esperar tranquilamente a que la vida se tome el tiempo que necesite para mostrar que nuestra primera intuición era acertada y para mostrar su victoria. Por eso es muy de agradecer ver a personas en las que las primicias de esa victoria fulgen como grandes lunas, reflejos del Sol victorioso de la mañana de aquel domingo. El Sol no desvela el misterio, lo hace luminoso.

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