Adamuz y un deseo de vida intacto

Hoy he llegado a trabajar con mal cuerpo. Con una desazón que no podía quitarme de encima. En este caso no tenía nada que ver con el blue monday, como sugería una compañera de trabajo.
No podía quitarme de la cabeza las imágenes y los testimonios de los trenes descarrilados. «Amasijo de hierros». Esta frase la he leído y escuchado por todos lados en la últimas horas. Retumbaba en mi cabeza como una promesa terrible. Violencia contra la fragilidad de unos cuerpos que hoy se descubren muñecos de trapo abandonados en las vías. Un amasijo que actúa de telón escondiendo el alcance de la tragedia. Un telón, que si soy sincera, no se levantará nunca. Se conocerá el número de muertos y quizá sus historias pero no llegará a resolverse el misterio de por qué ha sucedido.
«Podríamos haber sido cualquiera de nosotros, podría habernos pasado a cualquiera.» Me sabía a muy poco este otro comentario tan repetido esta mañana. Hubiese querido gritar: Y, si hubiésemos sido yo o tú, ¿qué? Impaciente con un comentario que no hace más que expresar la sorpresa ante la noticia de descubrir que estamos vivos pero podríamos no estarlo. «He vuelto a nacer» decía una de las ocupantes de los vagones afortunados. Quizá hoy todos, menos 40, nos hemos despertado en uno de esos vagones que se han salvado de la catástrofe. Y al hacerlo hemos descubierto un cuerpo delicado, una vida frágil y un corazón lleno de deseo de vida. Esa vida que deseamos también para los 40 desconocidos que esta mañana se han entrelazado con cada uno de nuestros quehaceres cotidianos. Vida que hemos llorado y vida que, extrañamente, seguimos deseando. Para ellos y para nosotros. Aquí no hay distinciones. El amasijo de hierros no toca este deseo de vida.
Lectura recomendada: Adamuz: ¿es justa la vida?
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