La trampa de la unidad

Sociedad · Luis Ruíz del Árbol
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26 enero 2026
El aspecto verdaderamente interesante de Pluribus es el carácter benigno y amable que presenta de la nueva humanidad unificada, frente a la agresividad y sed de dominio y destrucción de las tradicionales invasiones marcianas.

La unidad es una característica nuclear y exclusiva de la divinidad en las religiones monoteístas y muchas otras; se manifiesta como Tawhid en el Islam (unicidad absoluta), en la Santísima Trinidad cristiana (una sustancia, tres personas) y en el Shemá judío («Yahvé es uno«), representando una perfección donde sus atributos se identifican con su esencia, trascendiendo toda multiplicidad y dualidad. Por eso, la pretensión fundamental de las grandes ideologías políticas, en cuanto tienen de religiones de sustitución, ha sido siempre conseguir la unidad del género humano. Desde el Imagine de Lenon hasta L’Unità comunista, pasando por la Unité d’Habitation de Le Corbusier, la imagen prototípica de la realización completa de lo humano se identifica con la consumación de la unidad total y definitiva, de la cual caería como fruto maduro la ausencia de todo conflicto y, por ende, la paz y la armonía globales y perpetuas.

Tomando su título del clásico lema fundacional de Estados Unidos, E pluribus unum (“De muchos, uno”), la interesantísima serie Pluribus (Vince Gilligan para AppleTV, 2025), plantea una singular distopía ―inspirada en gran parte en la mítica película de ciencia ficción La invasión de los ultracuerpos (Philip Kaufman, 1978)―, en la cual un virus alienígena de procedencia desconocida logra infectar a la humanidad entera y unir todas las conciencias en una sola. La vieja aspiración del hombre a la unidad se ha conseguido: ya no hay más violencia ni divisiones (el ansiado “Nothing to kill or die for/And no religion too” lenoniano), y parece reinar para siempre la paz sobre la Tierra. Ahora bien, ¿la situación es realmente tan idílica?

En este punto, Pluribus se aleja radicalmente de las ficciones sobre invasiones extraterrestres al uso, como la serie de televisión V (1983-1985), la citada La invasión de los ultracuerpos o la peculiarísima y premonitoria Están vivos (John Carpenter, 1988) ―esta última daría por sí sola para otro artículo, por su inaudita profecía del trumpismo con 40 años de antelación―, y se acerca más a la aproximación filosófica y existencialista sobre la resistencia de la individualidad contra la homogeneización de la masa del Rhinoceros de Ionesco (y su genial trasposición patria, con Superlópez de protagonista, en el cómic Los cabecicubosJan, 1983-). Para ello, Pluribus presenta a doce personas que, por alguna desconocida razón, son inmunes al virus y no se han integrado en la nueva súper conciencia universal. ¿Qué posición adoptar entonces en cuanto minoría absolutísima ante unos “otros” que han pasado a ser el único “nosotros”?

El aspecto verdaderamente interesante de Pluribus ―al menos en su primera temporada (están contratadas por ahora otras tres más)― es el carácter benigno y amable que presenta de la nueva humanidad unificada, frente a la agresividad y sed de dominio y destrucción de las tradicionales invasiones marcianas ―véanse por ejemplo las descacharrantes Mars Attacks! (Tim Burton, 1996) o Starship Troopers (Paul Verhoeven, 1997)―. Así, desde que se produjo el contagio global, ya no hay guerras ni hambre; todos están al tanto de las necesidades de todos, y encuentran siempre las soluciones más eficientes y menos dañinas para el medioambiente para atenderlas; cualquier persona puede aprovecharse del inmenso caudal de experiencia y conocimiento adquirido por los hombres y mujeres a lo largo de la historia; y el “nosotros” es incapaz de mentir y de violentar la voluntad ajena. En efecto, la mente colmena se presenta como una versión mejorada y purificada de la vieja, rencorosa, egoísta, insolidaria y triste humanidad. Entonces, ¿qué razón podría haber para no desear acceder a semejante estado de beatitud y equilibrio perennes?

Es aquí donde el contraste con los “supervivientes” revela las primeras aristas de la mutación genética. Los doce no afectados deben decidir si aceptan unirse o permanecer separados del “nosotros” global. Dado que el “nosotros” no conoce la violencia o la coacción, esa decisión, a priori, es libre. Se pone en juego entonces una indagación íntima e indelegable por cada personaje del valor de su propia individualidad: si existe algo que merece la pena dejar reservado para uno solo y que no se diluya en el océano de la conciencia total del “nosotros”. Los dos protagonistas principales, una semi-alcohólica y neurótica escritora estadounidense de best-sellers y un rígido y antisocial guardia de seguridad paraguayo, son los únicos que deciden conservar su yo separado del “nosotros”, a pesar de las apabullantes ventajas que se pierden, y luchar por la reversión de la humanidad a su anterior estado de disgregación y separación de las conciencias.

¿Cuál es el motivo por el que la unidad de la humanidad, aparentemente tan envidiable, debería ser revertida? Pluribus, en la línea de la mejor tradición de la disidencia soviética, lo propone de forma poética: para preservar la memoria, llena de heridas, frágil y doliente, de una historia de amor individual. El peaje por disolver el yo en el “nosotros” es justamente la expropiación y colectivización de la propia historia, de la intimidad vivida con un tú concreto. Si en la genial Olvídate de mí (Michel Gondry, 2004), el precio a pagar por reformatear el cerebro para borrar las dolorosas huellas del pasado era quedarse sin pasado, en Pluribus ese pasado se enajena para pasar a ser comunal. Si sólo hay un “nosotros” y no existe un “ellos”, no es entonces posible la experiencia del amor o del desamor, del rencor o de la reconciliación, que exigen siempre una alteridad.

De forma muy lúcida, en Pluribus lo único que logra dañar al “nosotros” es la confrontación con la mente colmena: cada enfado de la protagonista provoca decenas de millones de muertos. La unidad no puede tolerar la discrepancia, hija de la indómita libertad de la conciencia. Como señala el prior de la Gran Cartuja Dom Dysmas de Lassus en su libro (¡de obligatoria lectura!) Riesgos y derivas de la vida religiosa (BAC, 2022), uno de los signos de una deriva sectaria de un grupo es precisamente “considerar las diferencias como una amenaza para la unidad”, ya que “el modelo unidad-uniformidad buscará aplanar todas las preferencias para volverlas idénticas, con el fin de evitar los conflictos”. Según el religioso francés, el resultado de tal forma de unidad siempre “produce tiranía, porque todo está codificado: el mismo pensamiento, la misma preferencia (…) tú debes estar de acuerdo, de lo contrario, rompes la unidad.”

La delicada y vulnerable relación entre libertad y memoria es lo que hace única a Pluribus respecto de otras obras del mismo género; la inusual claridad con la que muestra cómo la memoria es la condición de posibilidad de la individualidad y, por ende, de la libertad. La diferencia, el conflicto o la separación son consecuencias indisociables de la existencia de un yo individualizado. La superación de la división y el egoísmo humanos a través de su neutralización total mediante la disolución del yo en un súper “nosotros”, es una trampa que lleva implícita la negación del mismo yo. Pluribus detecta muy bien el núcleo de toda pretensión totalitaria a lo largo de la Historia: romper por lo sano la tensión irresoluble entre lo uno y lo diverso, pretendiendo usurpar un atributo exclusivo de Dios: otorgar a los hombres la inmerecida gracia de la unidad.

 

Luis Ruíz del Árbol es autor del libro «Lo que todavía vive»


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