Deshacer el entuerto

España · José Luis Restán
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9 septiembre 2009
Ése es el problema. Que lleva 15 años diciéndolo y aún se le ríe la gracia. Considera que expulsar al catolicismo de la vida pública es una condición para la democracia, y con eso se sitúa en la columna vertebral de un pensamiento que alimenta, por ejemplo, una empresa cultural tan boyante como el Grupo PRISA y otra tan rocambolesca como la del extroskista Roures. Se puede escuchar como se escucha un disco rayado, pero nos da una clave del laicismo de Zapatero, y eso es tocar realidad.   

Hablamos, claro está, del ex rector Peces Barba, aquél que negaba un aula para reuniones a los católicos en la Carlos III de Madrid. Campeón de libertades él. Dice que la Iglesia parece un resto del jurásico, y lo dice con ese glamour que le caracteriza, en un medio tan moderno como Público, que regala a sus lectores El Capital de Karl Marx. Ahora su empeño está en que quiten los crucifijos de las escuelas. ¡Ay!, ¿dónde estará el ilustre constitucionalista formado a los pechos de las congregaciones marianas, el testigo de la gran obra reconciliadora de la Transición en la que tanto tuvo que ver la misma Iglesia que ahora denigra? Le ha arrastrado, como un viento áspero y feroz, la ideología. Y ya no ve más allá de sus prejuicios.     

En Alemania, en Italia, en Estados Unidos o en la más que laica Francia, decir que la Iglesia es enemiga de la libertad y de la democracia puede ser la perorata exótica de un jacobino revenido, pero aquí, en España, es un discurso que alimenta la política real. Y no es que la Iglesia en esos países sea más o menos complaciente. Es que allí saben que la democracia se construye con sujetos sociales portadores de experiencia histórica, constructores de comunidad, generadores de discurso cultural y de servicio a la sociedad. Allí la Iglesia ha sufrido muchas tempestades y también tiene su mala prensa, pero será difícil negar su inserción en la espina dorsal de la nación y que sin ella la democracia sufriría un golpe mortal para su vitalidad. Saben que con frecuencia es incómoda e inclasificable, que no se deja asimilar y que levanta la voz más de lo que a muchos les gustaría, pero empujarla extramuros sería, además de una injusticia, un suicidio cultural y moral.     

En todos esos países se sabe que la democracia hunde sus raíces en el suelo de la tradición cristiana, y que la Iglesia no demanda privilegios sino libertad para realizar su misión. Allí se recuerda, por ejemplo, que en las horas tremendas de la posguerra fueron muchas veces los católicos, su pensamiento y sus realizaciones sociales, los protagonistas de la reconstrucción civil y política, codo a codo con laicos socialdemócratas, conservadores y liberales. Y ahora, con la democracia asentada, nada menos que un intelectual agnóstico y de la Escuela de Frankfurt como Jürgen Habermas advierte que aquélla debe cuidar las fuentes de sentido y de esperanza, debe custodiar como un tesoro los fundamentos morales y espirituales en los que se sustenta el consenso político y el juego de los partidos.

Decía hace unos meses el profesor Rémi Brague, en el Encuentro Madrid 2009, que la democracia debe más a la Biblia que a la polis griega. Es en el texto sagrado de judíos y cristianos donde arraiga la conciencia de que cada hombre está con su libertad ante Dios, y eso dota a cada miembro de la comunidad de un valor y una dignidad que no pueden ser subyugados ni reducidos ni por la sociedad ni por el Estado, tenga la forma que tenga. Y decía más el siempre lúcido y provocador intelectual francés: que fueron los monasterios medievales y la denodada lucha de los Papas por limitar la pretensión absolutista de los emperadores, el troquel en que se forjó la democracia occidental.

Comprendemos que este debate es demasiado para el antaño rector. Vayamos a los hechos. Lo que no soporta Peces Barba es que exista un sujeto social que no se pliega al proyecto de revolución cultural que ahora encarna su jefe de filas, pero que es una tentación latente de las ideologías. Y sin embargo ésa es la clave, por eso la democracia sólo ha prosperado en el ámbito de la tradición judeo-cristiana. Díganos profesor: ¿sociedad abierta o Estado moldeador de las conciencias?, ¿laicidad positiva o ideología impuesta desde el poder?, ¿diálogo democrático y construcción plural o hegemonía cultural? En todo caso, la doctrina Peces parece una condena incrustada en el pensamiento y en el subconsciente de una parte de la sociedad española. Y no sé si algún día seremos capaces, con rigor intelectual y presencia límpida, de deshacer este entuerto.   

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