Honduras: el error del golpe

Mundo · M. Medina
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29 junio 2009
Las intenciones de Manuel Zelaya, el presidente de Honduras depuesto en las últimas horas por el ejército de su país, suponían una amenaza. Inspirado y apoyado por Hugo Chávez, había convocado para este domingo un referéndum para reformar la Constitución y perpetuarse en el poder. Zelaya quería recurrir al método utilizado por el régimen chavista en Venezuela: las instituciones democráticas siguen formalmente vivas pero se utilizan para crear un sistema personalista que va limitando progresivamente las libertades.

En varios países de Latinoamérica los partidos tradicionales han ido deslegitimándose y aparecen líderes muy poco democráticos que alimentan la división social para instaurar un caudillismo de nuevo cuño. Es el cáncer del chavismo que se extiende y que institucionalmente ha fraguado en el ALBA (Alternativa Bolivariana para las Américas). En agosto del año pasado Zelaya integró a Honduras en ese club controlado por Hugo Chávez en el que participan Nicaragua, Ecuador, Bolivia y Cuba. El referéndum convocado por Zelaya era un calco de los dos convocados por Hugo Chávez con el mismo propósito. El de diciembre de 2007 lo perdió pero la repetición de febrero de 2009 la ganó.

No sabemos qué hubiera pasado este domingo si los hondureños hubiesen votado en una convocatoria que el Parlamento declaró ilegal. Convocatoria descalificada también por la Justicia y la Iglesia. Zelaya, a diferencia de lo que sucede en Venezuela, no había conseguido que el ejército se convirtiera en "una fuerza de ocupación dentro de su propio país", tal y como la define Teodoro Petkoff. Eso ha provocado su rápida expulsión. El procedimiento utilizado no es el adecuado, como han subrayado tanto Estados Unidos como la Unión Europea. La de Venezuela y Honduras no tiene por qué ser una historia paralela. Hugo Chávez consiguió sobrevivir al golpe de 2002. La amenaza del populismo chavista que se extiende por Latinoamérica no se erradica con golpes. Es una falla profunda en el sistema democrático con hondas raíces culturales que requiere una profunda reforma de los partidos políticos, un cambio en las clases dirigentes y en un sociedad en la que las diferencias son de una injusticia intolerable. También una educación cívica para el pueblo que luche contra la pasividad.

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