Editorial

Conspiraciones y anzuelos digitales

Editorial · Fernando de Haro
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2 septiembre 2019
No hace falta creer que el hombre no ha llegado a la Luna, o que Hillary Clinton dirigió una red de tráfico infantil desde una pizzería de Washington para ser consumidor de desinformación conspirativa. No es solo un producto para supremacistas blancos estadounidenses. La conspiración la consume la izquierda y la derecha, está muy cerca de nosotros ahora que la intermediación de la información está desapareciendo a pasos agigantados. Hay conspiraciones de alta intensidad y de baja intensidad. Desde el llamado Plan Kalergi, que explica la inmigración como un complot para debilitar a la raza europea con inmigrantes africanos, a los supuestos proyectos de poder político y financiero que quieren convertir a los Estados europeos en meras colonias. Si los partidos suben o bajan, si se forman o destruyen Gobiernos, si la economía amenaza con ralentizarse y los Bancos Centrales no toman una decisión acertada con el precio del dinero siempre es más fácil pensar en un conspiración que aceptar simple y llanamente que la realidad es compleja, que el mundo es diferente y que nosotros, los consumidores de (des)información tenemos miedo.

No hace falta creer que el hombre no ha llegado a la Luna, o que Hillary Clinton dirigió una red de tráfico infantil desde una pizzería de Washington para ser consumidor de desinformación conspirativa. No es solo un producto para supremacistas blancos estadounidenses. La conspiración la consume la izquierda y la derecha, está muy cerca de nosotros ahora que la intermediación de la información está desapareciendo a pasos agigantados. Hay conspiraciones de alta intensidad y de baja intensidad. Desde el llamado Plan Kalergi, que explica la inmigración como un complot para debilitar a la raza europea con inmigrantes africanos, a los supuestos proyectos de poder político y financiero que quieren convertir a los Estados europeos en meras colonias. Si los partidos suben o bajan, si se forman o destruyen Gobiernos, si la economía amenaza con ralentizarse y los Bancos Centrales no toman una decisión acertada con el precio del dinero siempre es más fácil pensar en un conspiración que aceptar simple y llanamente que la realidad es compleja, que el mundo es diferente y que nosotros, los consumidores de (des)información tenemos miedo. ´Nos resulta más fácil aceptar una teoría de la conspiración en la que alguien maneja los hilos porque la realidad… la realidad es mucho más caótica y azarosa, y es muy difícil asumir algo así´, explicaba la profesora de la Universidad de Washington Kate Starbird hace unos meses, cuando se produjo una de las matanzas, por desgracia habituales, en Estados Unidos. La razón abdica, se hace perezosa ante la diversidad de un mundo para el que a menudo no se tienen las claves.

La desinformación tiene sin duda un valor estratégico y buen ejemplo es cómo la ha usado Rusia. A comienzos del verano Bruselas acusó a Moscú de estar detrás de una campaña de este tipo con motivo de las elecciones europeas. Se utilizó, entre otros elementos, el incendio de Notre-Dame para ilustrar la decadencia de los valores occidentales y cristianos en el Viejo Continente. Richard H. Shultz y Roy Godson ya estudiaron el fenómeno de la desinformación soviética en su trabajo Dezinformatsia de mediados de los 80.

En ocasiones, detrás de la desinformación hay razones estratégicas y en otras ocasiones, ideológicas. Las web en las que se alimentan las teorías conspirativas estadounidenses como son infowars.com, beforeitsnews.com, nodisinfo.com y veteranstoday.com tienen un propósito muy definido. Pero otras veces se trata de algo más elemental y menos ambicioso: el objetivo es simplemente conseguir el suficiente tráfico y número de visitas para financiar un sitio en internet. El último informe de la ONG internacional Global Disinformation Index (GDI) destacaba que las webs de desinformación generan ganancias de unos 235 millones de dólares por año, gracias a lo que invierten las empresas en publicidad. GDI distingue entre información poco cuidada e información incorrecta. En la primera categoría posiblemente podría incluirse el fenómeno del clikcbait (acchiappaclick) que coloniza a todos los medios, hasta los más respetables. El clikbait explota esa parte más oscura que hay en todos nosotros que busca “datos basura” de fácil consumo, que se deja llevar por una curiosidad cotilla que se complace en lo irrelevante, en lo inexacto, o en lo abiertamente falso, capaz de conectar con alguno de nuestros instintos más primarios. Consumimos clikbait como quien escucha conversaciones prohibidas, como quien se siente confortado sabiendo que se está ocupando de algo insustancial o como quien se siente bien dentro de un grupo porque es cómplice en la mentira. Nos sentimos satisfechos, por ejemplo, con una información política, aunque tenga poco grado de veracidad, si nos confirma en nuestras ideas y no es muy profunda. Internet ha sucumbido a este producto que, sin ser desinformación, o fake news, permite generar ingresos muy sustanciosos.

Bernie Sanders, que vuelve a ser aspirante demócrata a la presidencia de Estados Unidos, publicaba en The Guardian hace unos días un interesante artículo en el que acusaba a los medios de haberse convertido en una fuente de cotilleo y de producción de clickbait. Sanders recuerda que en los últimos 15 años, en Estados Unidos, 1.400 comunidades han perdido sus periódicos. La mediación informativa que selecciona y elabora las noticias requiere especialistas y dinero. Pero, según explica Sanders, dos corporaciones de Silicon Valley, Facebook y Google, controlan el 60 por ciento del mercado digital publicitario. El aspirante a la Casa Blanca recurre a los viejos argumentos de la izquierda en contra de la concentración de las grandes compañías que, al final, son las que financian la producción de noticias. Para ir contra la teoría de la conspiración conviene no caer en otras teorías conspirativas. Pero los hechos son contundentes: en el mundo digital, hasta en los medios que nos merecen más respeto, el cotilleo, y las (desin)formaciones sobre conspiraciones se mezclan con lo que aún queda de periodismo. El modelo informativo del siglo XXI está por definirse, si es que queda algún modelo. Nosotros los lectores siempre podremos ser conscientes de que la realidad es mucho más compleja que nuestros miedos y nuestras simplificaciones. Nosotros los lectores siempre podremos ser conscientes de que la realidad no se pliega a los intereses ideológicos o a las necesidades (legítimas) de financiación.  

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