El kiosco

Nuestra Notre Dame

Mundo · Elena Santa María
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22 abril 2019
Todavía ardía Notre Dame el pasado 15 de abril cuando redes sociales y diarios digitales se llenaban ya de historias y recuerdos, de infinidad de versiones de ‘Mi Notre Dame’. Una de ellas, que precisamente llevaba este nombre, la escribía Pilar Rahola en La Vanguardia. “Recuerdo la primera visita a Notre Dame, joven, atolondrada, sabihonda, descreída. La soberbia de la edad. Y, sin embargo, sólo contemplar el magnífico portal, el tímpano del Juicio Final, las dos elegantes torres, la aguja custodiada por los doce apóstoles..., y en el interior, la inmensa nave gótica (gótico rayonnant, si bien recuerdo), los gigantescos rosetones de los transeptos, el majestuoso órgano..., entonces, ¡qué sensación de humildad! La grandeza del arte se imponía a la impetuosa arrogancia de la juventud, y durante unos instantes fui víctima del síndrome de Stendhal, definitivamente herida por tanta belleza”.

Todavía ardía Notre Dame el pasado 15 de abril cuando redes sociales y diarios digitales se llenaban ya de historias y recuerdos, de infinidad de versiones de ‘Mi Notre Dame’. Una de ellas, que precisamente llevaba este nombre, la escribía Pilar Rahola en La Vanguardia. “Recuerdo la primera visita a Notre Dame, joven, atolondrada, sabihonda, descreída. La soberbia de la edad. Y, sin embargo, sólo contemplar el magnífico portal, el tímpano del Juicio Final, las dos elegantes torres, la aguja custodiada por los doce apóstoles…, y en el interior, la inmensa nave gótica (gótico rayonnant, si bien recuerdo), los gigantescos rosetones de los transeptos, el majestuoso órgano…, entonces, ¡qué sensación de humildad! La grandeza del arte se imponía a la impetuosa arrogancia de la juventud, y durante unos instantes fui víctima del síndrome de Stendhal, definitivamente herida por tanta belleza”.

Una belleza que, reconocía Santiago Alba Rico en la Revista Contexto, no puede arder. “Cuando miramos Notre Dame –o cualquier otra catedral– ni la hizo nadie ni somos nadie. Eso es la belleza, que no puede arder. ¿Cómo va a arder la capa de Dios? ¿Cómo va a arder el tiempo en sus vértebras? ¿Cómo va a arder la sobada corteza de la eternidad? ¿Cómo va a arder la objetividad misma y sus manzanas?”.

¿Por qué el incendio de una catedral ha conmocionado a todos? “Aún no se había consumido el fuego y los franceses ya habían postergado los conflictos de la cotidianidad y se habían dado cinco años para volver a levantar su iglesia”, explicaba David Gistau en El Mundo, dando ya una pista, “su iglesia en la que todo les ha ocurrido, en la que todo lo han sido y lo serán todavía”.

También lo dijo Ignacio Camacho en ABC. “Ese es el secreto de esta zozobra que te duele como una punzada: que París es nuestra. Aunque ya no sea, en realidad, como la sientes o como la piensas, aunque ya no responda a la llamada de su propio mito. La fuerza de los símbolos. Por eso te da igual que Notre Dame fuese hoy, más que una iglesia, más que un templo de la fe que ha alumbrado la unidad de un continente, un simple receptáculo turístico. Para ti es un paradigma, un signo, una metáfora de algo que sabes tuyo más allá incluso de su existencia física. De un proyecto de convivencia, de una acumulación de sedimentos históricos, de un modelo de pensamiento y de vida que te estremece contemplar envuelto en llamas, quebrado bajo el presagio de ruina”.

Han sido muchos los que han hablado de Notre Dame estos días como de algo propio, de cada uno y de todos, símbolo de la identidad europea. Una última muestra escribía Aloma Rodríguez en The Objective: “Lo que está ardiendo y destruyéndose no es solo un edificio, es una parte de nosotros también. No las películas, libros o cuadros en los que aparece; también la espectacular celebración de las misas en esa catedral, tan medida como una obra de teatro. Hay una razón más poderosa aún que la memoria sentimental por la que ver la catedral a punto de derrumbarse resulta tan impactante: recuerda lo frágil que es todo, hasta la piedra. En lo poco que ha costado derrumbar el símbolo de una civilización leemos la amenaza de lo rápido que sería acabar con nuestra civilización y cultura. Como sucedió con Palmira, o en parte con las Torres Gemelas el 11-S, la conmoción es inevitable. Esta no es la primera vez que la catedral requiere una reconstrucción, pero nunca habíamos sido testigos. Y también en esa resistencia está contenida la esencia humana, nada tan nuestro como la fragilidad”.

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