Consejos Vendo y para mí no tengo

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6 marzo 2017
Que poco recomendable es tener como aliados en esta vida, al orgullo y la soberbia, los dos se empeñan en ponernos una venda en los ojos que nos impide ver los obstáculos que en el día a día se presentan inesperadamente.

Que poco recomendable es tener como aliados en esta vida, al orgullo y la soberbia, los dos se empeñan en ponernos una venda en los ojos que nos impide ver los obstáculos que en el día a día se presentan inesperadamente. Qué razón tiene el dicho popular “El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”. Lamentablemente son algo más de dos, las veces que la molesta piedra aparece para hacernos caer una y otra vez.

Que fácil resulta a veces corregir a los demás y que costoso cuando somos nosotros los corregidos. Hace poco tuve la ocasión de vivirlo y ante el descontento de mi actuación surgió una reflexión que hoy dejo en el blog. ¿Cómo encajo la corrección o censura? Tal vez tendría que preguntarme “¿por qué no se encajarlas?”¿Cómo hago yo una corrección?… Tendré que tener en cuenta aquel otro dicho que dice: “Consejos vendo y para mí no tengo”. Así que lo que hoy escribo, me lo aplico el primero.

Últimamente constato que cada vez que soy preguntado por algo que he hecho y que tiene pinta de haber errado en mi actuación, mi reacción inmediata es la de la excusa, la de la justificación, la de la aprobación. Cada uno de nosotros seguro que ha experimentado alguna vez la corrección que alguien le ha hecho a un acto, palabra o razonamiento. El evangelio nos invita a tener este acto de caridad cuando somos conscientes de la necesidad de enmienda.

Sí, es un acto de amor el poder ayudar a corregir errores, que el ego de cada uno impide ver. Todos tenemos necesidad de la visión de los demás, ante nuestro obrar. Caminamos frecuentemente, con la certeza de poseer siempre la verdad, el conocimiento real de las cosas, y nos olvidamos de las perspectivas en las que se mueven los otros.

Para corregir hay que aprender a ser corregido, y nuestra experiencia constata, que no es fácil. Para que esto ocurra, es necesario un valor especial para aceptar rectificar. Pretender enmendar a quien no tiene las mismas ideas, no comparte simpatías o antipatías, o no coincide en puntos de vista, puede convertirse en una intromisión a su libertad. Toda presión, insistencia, querer convencer a otro de lo que es mejor para él puede acabar en una manipulación de su conciencia si no hay un espíritu real de ayuda. Dejemos a un lado la tentación de actuar astutamente en nuestras maneras torcidas de obrar y decir, para acabar imponiendo nuestro criterio sobre otros.

Antes de hacer comprender al prójimo su desacierto, hay que demostrarle y convencerle de que es amado. Que es nuestro afecto y cariño el que nos mueve a enseñarle que lo escogido puede dañarle, que su actuación puede llevarle al precipicio, que sus palabras pueden volverse contra él.

La paciencia, la caridad, la misericordia, la sensibilidad, las buenas palabras son las luces necesarias a través de las cuales el otro puede percibir su error. Para corregir, además de la caridad, es necesaria la humildad. Humildad ante cualquier muestra de superioridad que pueda asaltarnos. El que es corregido debe comprender que quien lo amonesta, está en el mismo nivel para cometer errores. No es lo mismo escuchar: “Mira lo que has hecho” que  percibir “Mira lo que somos capaces de hacer”.

A veces hablamos y gritamos demasiado, porque nuestra conducta no es bastante elocuente. Somos predicadores implacables y moralistas insoportables porque la santidad de nuestra vida no es tal. Nuestra corrección debe ir acompañada de un sincero sentimiento de amor al prójimo. Hay que reflexionar antes si realmente queremos prestar un acto de servicio al prójimo o alegrarnos en un convencimiento de supremacía. Palabras como ´Te lo había dicho. ¡Ya te lo había advertido! Peor para ti, si no me has hecho caso´, pueden esconder una gran dosis de arrogancia. Siempre mansedumbre al corregir, porque si lo hacemos enojados ¿qué podemos esperar?… Es imprescindible usar una delicadeza especial, dejando cualquier tentación de superioridad para que el otro no se sienta humillado y la corrección produzca el  fruto que se espera de ella.

Cierto, no es fácil y requiere equilibrio, tendemos muchas veces a creernos superiores aunque sea de forma inconsciente. Por ambas partes es necesario una gran dosis de humildad. Meditar qué correcciones fructificaron y cuales cerraron en banda o empeoraron la conducta. Existe el deber de corregir especialmente si se tiene autoridad o conocimiento, en especial los padres de familia.

No siempre depende de nosotros el buen resultado de la corrección (a pesar de las mejores disposiciones, el otro puede no aceptarla); por el contrario, depende siempre y exclusivamente de nosotros el buen resultado a la hora de recibir una censura y aprobarla.  Hay que aprender a dejarse corregir, solo así podremos entender lo que significa ejercitarlo en los demás.A menudo, cuando ésta llega, nos asaltan deseos de excusarnos y es fácil que de nuestra boca salgan una larga lista de pretextos:” pero es que tú no sabes, tu no conoces, he ido de buena fe, lo he hecho con toda la buena intención,”…

He comprobado y sigo haciéndolo, que al arrepentimiento o a la aceptación del error sucede la metanoia, el cambio de mente, ese emprender una nueva dirección. En la biblia se utiliza metanoia precisamente en ese sentido, se equipara arrepentimiento con cambio de pensamiento. Cuando vivo emplazado en el ego, aceptar las correcciones es un desgarro. La experiencia me está enseñando que debemos aprender a callar, escuchar e interiorizar mas, después reflexionar y por último agradecer. Justificarse a la primera ante un aviso, puede encerrar un gran acto de orgullo y soberbia que nos impide ver nuestros errores. Debemos dejar que quiten las malas hierbas que en nuestro campo crecen, para saber quitar la de otros.

Acabo con unos consejos del papa Francisco sobre el tema : “No se puede corregir a una persona sin amor ni sin caridad. No se puede hacer una intervención quirúrgica sin anestesia: no se puede, porque el enfermo moriría de dolor. Y la caridad es como una anestesia que ayuda a recibir la cura y a aceptar la corrección. Llamarlo personalmente, con mansedumbre, con amor y hablarle”.

Siete en Familia

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