Entrevista a Teo Uriarte

`Eliminar la corrupción pasa por unos partidos más débiles, más abiertos y menos influyentes`

España · Juan Carlos Hernández
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22 febrero 2016
Teo Uriarte, miembro de la Fundación para la Libertad, analiza para Páginas Digital el fenómeno de la corrupción en los partidos políticos.

Teo Uriarte, miembro de la Fundación para la Libertad, analiza para Páginas Digital el fenómeno de la corrupción en los partidos políticos.

En muchos de los casos de corrupción que han salido a la luz en los últimos tiempos no se trataba de personas pertenecientes a un partido que actuaban de forma aislada sino que las estructuras de los partidos han sido corresponsables de las acciones delictivas cometidas. ¿Qué medidas concretas se pueden tomar para limitar la corrupción en los partidos?

En la actualidad, teniendo en cuenta las características de los viejos partidos españoles donde el sectarismo, la jerarquización, la disciplina, el temor al ostracismo, es muy grande, no hay medida interna que pueda poner límite a la corrupción salvo que se parta de un cambio de naturaleza de dichos partidos. Resulta una contradicción insalvable que los partidos posean una estructura interna feudal mientras actúan en un sistema democrático, dicha estructura tiene que desaparecer. El cambio debiera partir en la apertura a la sociedad de los partidos, el mantenimiento de las mismas libertades y responsabilidades del afiliado que disfruta en la calle como ciudadano en el seno del partido, la publicación de las cuentas –el gran misterio de todos los partidos– y la limitación de las facultades e influencia de dichos partidos. En una palabra, la eliminación de la corrupción pasa por unos partidos más débiles, más abiertos y menos influyentes en la sociedad, puesto que en su reverso interno, en su estructura, ese gran poder social se transforma en autoritarismo sobre sus afiliados.

¿Qué medidas ve más urgente para la regeneración de nuestra democracia?

Además de la siempre repetida necesidad de mayor independencia del Poder Judicial serían necesarios unos tribunales de cuentas no designados por los partidos, el reforzamiento del estatus del diputado frente a la disciplina del partido, unos reglamentos en las cámaras que facilitaran el ejercicio de las comisiones de investigación y, por supuesto, una cierta politización ideológica de nuestra vida política. La política no consiste en la toma del poder sino en el ejercicio de iniciativas para salvaguardar la convivencia y mejorar el bienestar de la ciudadanía. La política es una función de servicio público, no un ejercicio de sectarismo. Si sólo se pone en valor el sectarismo lo coherente es que se utilicen todos los medios para la financiación del partido y, de paso, se produzca el enriquecimiento personal. Sin ideología cívica hay corrupción.

En una entrevista para nuestro periódico usted afirmaba: “De motu propio los partidos son incapaces de hacer frente a sus defectos, sólo su crisis, e incluso su desaparición, daría lugar, durante otro periodo, a otros protagonistas más adecuados a la defensa de los intereses generales de la ciudadanía”. ¿Puede la sociedad civil forzar esta regeneración? ¿Ve algún atisbo desde donde pueda nacer esta regeneración?

De hecho la sociedad civil está reaccionando frente a los abusos de los partidos clásicos, lo que ocurre es que no siempre, como en el caso de Podemos, esa reacción se encamina al fortalecimiento de la igualdad y la fraternidad, sino hacia la dictadura. Ha ocurrido repetidamente que las reacciones provocadas por la corrupción han sido peores que la propia corrupción, por eso habría que arbitrar con raciocinio y espíritu constructivo las reformas encaminadas a superar los vicios de la democracia. Trabajo no sencillo, porque muchas de las iniciativas encaminadas a superar la situación vienen condicionadas por aspectos de dicha situación, como ha sido el caso del sectarismo partidista de UPyD, que le ha llevado al fracaso a pesar de su original voluntad regeneracionista. Resultó tan sectaria como las viejas formaciones.

Mientras los partidos mantengan sus actuales estructuras, la política sea lo menos debatido en su seno, la sectarización sea su vínculo interno fundamental, la corrupción será la lógica consecuencia de todo lo anterior. Por eso tendrá que desaparecer más de uno para que el resto se ponga a la tarea de evitar la corrupción.

Sin duda alguna, mucho más difícil que salir de esta situación fue pasar de una dictadura a una democracia por lo que deberíamos volver a reivindicar los elementos que lo hicieron posible: el coincidir en la búsqueda de un sistema político común y mantener una actitud pactista.

Benedicto XVI, en la encíclica Caritas in Veritate, afirmaba: “El hombre no se desarrolla únicamente con sus propias fuerzas, así como no se le puede dar sin más el desarrollo desde fuera […] se ha creído con frecuencia que la creación de instituciones bastaba para garantizar a la humanidad el ejercicio del derecho al desarrollo […] En realidad, las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos. Este desarrollo exige, además, una visión transcendente de la persona”. Desde su experiencia, ¿encuentra alguna correspondencia con las palabras de Joseph Ratzinger?

Es coherente desde la misión pastoral de un Papa llamar a la responsabilidad individual pero habría que huir del voluntarismo exagerado que llama al buen hacer del individuo como origen principal de toda situación mejor. Las instituciones deben ser el referente ideológico que condicionen el comportamiento y la cultura política de la ciudadanía, si estas son ejemplares tendrán un buen fin, si son corruptas el ejemplo es atroz. Es necesario el convencimiento y acción del individuo, pero no pidamos con exceso mártires o héroes porque no siempre tiene consecuencias positivas. Recordemos la llamada a la virtud como origen de los desafueros del jacobinismo.

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