20 años después

Editorial · Fernando de Haro
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26 marzo 2023
¿Por qué se comenzó una invasión equivocada en nombre de la “guerra contra el terrorismo”?

Se han cumplido, hace unos días, 20 años de la invasión de Irak por parte de Estados Unidos. Mi primer viaje al país lo hice entre la primera y la segunda Guerra del Golfo, a finales de los años 90. El embargo provocaba entonces falta de alimentos y de medicinas. Ni siquiera en los hoteles más lujosos había mucho para comer. Pero se podía viajar por el país, andar a solas por Bagdad, ir a misa los domingos a las parroquias caldeas. Sadam Hussein era un tirano, había llevado a cabo asesinatos en masa en el noroeste de Irak (Kurdistán) y lideraba un régimen corrupto.

Mi segundo viaje fue hace cinco años precisamente al Kurdistán. Mosul estaba todavía en manos del Daesh, una organización terrorista más cruenta que Al Qaeda. Irak estaba dominado por diferentes tipos de milicias, ahogado por los enfrentamientos entre sunníes y chiitas. El ejército en algunas zonas tenía menos fuerza que los grupos armados. Muchos cristianos habían emigrado a la Llanura de Nínive y desde ahí, cuando estuvieron de nuevo amenazados, a Erbil o a muchos rincones del mundo. La intervención estadounidense destrozó un relativo equilibrio entre las diferentes confesiones musulmanas.

Hace 20 años la fractura y la polarización social alcanzaron niveles poco conocidos. La derecha se sentía en la necesidad de justificar la guerra de Bush junior y la izquierda de reclamar violentamente una paz que en muchas ocasiones era un pretexto.

Se ha explicado hasta la saciedad qué fue lo que llevo al entonces presidente de Estados Unidos a hacer lo que su padre había evitado. No fue el petróleo, no fue un imperialismo económico, fue la defensa de un ideal, de una idea que resulto destructiva. Si conviene recordarlo es porque ilumina algunos aspectos de la presente.  ¿Por qué se comenzó una invasión equivocada en nombre de la “guerra contra el terrorismo”?

El entonces secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, y el grupo de neoconservadores que influían en el presidente, estaban convencidos de que la derrota del comunismo había sido consecuencia de la fuerza de las ideas. En contra de la escuela más realista de las relaciones internacionales, como la de Nixon, afirmaban que Estados Unidos tenía el derecho de intervenir en cualquier punto del mundo por razones morales aunque su seguridad no estuviera comprometida. Donde hubiese necesidad estratégica y una amenaza letal y global era justo actuar. Se aplicó en Irak la plantilla de los regímenes comunistas: una vez liberado del tirano, el pueblo abrazaría la democracia.

Las derrotas han sido contundentes en Afganistán y en Iraq. Estados Unidos cometió errores de principiante: desmanteló la policía y parte del ejército, marginó a los sunníes. Pero, sobre todo, olvidó que la democracia liberal surge de un determinado sustrato social y cultural. Este sustrato se obtiene después de mucho tiempo y con muchos errores, sin poder evitar un equilibrio inestable. No hay moral sin realismo.

Por eso no es inteligente, 20 años después, sostener que la mejor manera de defender la democracia, no ya en Medio Oriente sino en Occidente, es resistir y apuntalar un sustrato que está disuelto. Resistir tres metros, dos metros, un metro, pero resistir. Hace unos meses el Pew Research Center hacía una evaluación de la situación. El resumen no era muy alentador: “el odio, la polarización, la super-simplificación del pensamiento se han incrementado y se van a incrementar más”, “la apatía de los ciudadanos genera un público desinformado y desapasionado que debilita la democracia”.

En esta situación no hay resistencia, proyecto, respuesta basada exclusivamente en un buen análisis que no esté condenada al fracaso. Repetir principios justos es frustrante. Sólo es útil que haya sujetos libres de la polarización, dispuestos a entrar en la complejidad y con pasión por la información, es decir, por la realidad.

 

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