1968, 89 y 2001. Las tres lógicas que Francisco ha desguazado

Mundo · Federico Pichetto
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30 septiembre 2015
La conferencia de prensa en el vuelo de regreso de América, con la que el papa cerró su histórico viaje, ha dado a los católicos europeos la posibilidad de archivar para siempre tres lógicas que han tenido como rehén a la Iglesia del viejo continente durante muchos años.

La conferencia de prensa en el vuelo de regreso de América, con la que el papa cerró su histórico viaje, ha dado a los católicos europeos la posibilidad de archivar para siempre tres lógicas que han tenido como rehén a la Iglesia del viejo continente durante muchos años.

1. Bergoglio ha hablado de China, de Colombia, de perspectivas de paz y colaboración, condenando todos los conflictos –incluso los “buenos”– no solo en su esencia sino sobre todo en su método. Con sus gestos de distensión hacia Cuba y Estados Unidos, Francisco expulsa del estilo de la Iglesia la “lógica del 68”, según la cual la Verdad siempre es resultado de una lucha, de una dialéctica. Un testimonio que nace dentro de un esquema tan conflictivo está llamado a ser pronto desvirtuado, quedando en algo “simbólico” y perdiendo toda su naturaleza y capacidad de atractivo. Juan Pablo II gritó “no a la guerra”, Benedicto XVI nos puso en guardia ante la hermenéutica “de la discontinuidad”; cada uno –en definitiva– invitaba a ir más allá del 68, a no usar sus mismos métodos para estar en la sociedad y en el mundo. Francisco, como sus predecesores, también lo ha hecho. Y lo ha hecho sin abofetear a la modernidad, sin ser eurocéntrico, sino confiando en que solo con la plena participación de todas las culturas en la gobernación del planeta se puede derrotar realmente al avance nihilista que aflige a nuestro tiempo. Francisco no ha puesto condiciones para una “retirada política” de los temas que preocupan a la Iglesia, ha hecho a Roma promotora de un proceso universal donde los lobbys pueden sucumbir bajo el peso de una cultura planetaria que –no lo olvidemos– solo es atea en el 15% y donde el 85% restante está en cambio profundamente arraigada una visión religiosa del mundo y de las cosas.

2. Pero el Papa Francisco ha ido más allá y –hablando de pedofilia e inmigración– ha rechazado categóricamente la “lógica del 89”, esa según la cual el capitalismo, que ganó la guerra contra la URSS, debía considerarse como el sistema económico de referencia para el desarrollo y el progreso. La alianza entre la Iglesia y la mentalidad burguesa, ya fuertemente afectada por documentos como la “Centesimus Annus” o la “Caritas in Veritate”, tiene en Bergoglio la forma del claro rechazo al poder del establishment occidental, un poder que considera en todo caso como un “servicio” (se ha definido como siervo de los siervos de Dios) y como una toma de distancia de cualquier impunidad típica de los sistemas corruptos surgidos de las democracias liberales de la posguerra (denunciando el silencio de ciertas “formas de gobierno” y definiendo la pedofilia como un “sacrilegio” que de ningún modo puede quedar impune). Esta forma de mirar la historia, que relega a África a “mano de obra” y aborda la inmigración con muros de alambre de espino, no solo está destinado a desaparecer, sino que para Francisco representa el emblema de esas estructuras de pecado que firmemente denunciaba Juan Pablo II en la “Veritatis Splendor” o en la “Fides et Ratio”.

3. Por último, el Papa argentino ha hecho saltar por los aires la “lógica de 2001”, según la cual Occidente venía a coincidir con la cristiandad. Las raíces cristianas de Europa –tan queridas para Wojtyla y Ratzinger– han llevado al desarrollo de la mayor civilización laica del planeta, donde la ciudadanía y la fe se viven no mediante el poder sino más bien mediante la libertad religiosa, expresada por la posibilidad de la objeción de conciencia, auténtico baluarte para Bergoglio del Estado de derecho y deber ineludible para todo legislador, hasta el punto de defender sin vacilar a las religiosas que en EE.UU se oponen a la legislación sanitaria de la administración Obama y airear posiciones análogas sobre todos los demás temas susceptibles de valorar una conciencia libre de los dictados del Estado y de la comunidad civil.

Es en este escenario de “triple archivo” donde se pueden leer las elocuentes palabras pronunciadas en la conferencia de prensa sobre el matrimonio y sobre el próximo Sínodo: una preocupación educativa alimenta los esfuerzos de Bergoglio, que el hombre aprenda a obedecer y a ser fiel a la realidad y la Iglesia le ayude a discernir lo que es real de lo que es ficticio, madurando decisiones estables y definitivas, sobre todo en relación a la unión matrimonial. También aquí el Papa se ha mostrado más preocupado por iniciar un “proceso de conversión” que por “resolver un problema”, reduciendo casi al nivel del ridículo a todos aquellos que profetizan un sínodo lleno de males o incluso apóstata. Es un cambio de mentalidad lo que reclama el Papa, es un examen de madurez de la Iglesia. En la encrucijada entre una obediencia efectiva y afectiva a Pedro (porque el cisma –es bueno recordarlo– en cualquier realidad lo genera quien se va, no quien se queda) y una rebelión adolescente por parte de reductos de guerra que sienten más fuerte el amor por las armas que la fascinación por el cambio. 

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