Entrevista a Antoni Puigverd

12 M: “Más de lo mismo o una nueva ruta»

Entrevistas · Fernando de Haro
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8 mayo 2024
La decepción es común en los diversos frentes también en el campo político, pues cada trinchera sabe perfectamente que carece de fuerza para imponerse completa y claramente a la(s) contraria(s).

¿Qué destacarías de estas elecciones catalanas?

Los electores están llamados a responder una sola pregunta: ¿queréis continuar como hace diez, doce, catorce años, en constante, extenuante y frustrante confrontación con el Estado, o queréis intentar un camino distinto, fundamentado en el pactismo, el pragmatismo y el posibilismo?

Siempre ha sido ésta la pregunta, se dirá, sí, pero ahora se plantea ya sin posibilidad del engaño emotivo o de la fantasía idealista. Los catalanes ya no están en fase ingenua, pues saben perfectamente lo que ha dado de sí el procés: victoria represiva del Estado, una división social importante, una pérdida del peso específico de la lengua catalana, un desgobierno considerable, una administración de la Generalitat cada vez más incompetente y ensimismada (defecto que, según parece, es común en las administraciones españolas), una pérdida de la dinámica económica (a pesar de que, más allá del tópico, las inversiones extranjeras y la reindustrialización mantienen cierto ritmo positivo) y, sobre todo, una gran decepción: Cataluña se descubre deslavazada, desordenada, incapaz de hacer frente no solo por su mala financiación, sino por pésima gestión a retos esenciales del presente: sequía, educación, nuevas energías, necesidades sociales y culturales de la nuevas corrientes migratorias.

La decepción es común en los diversos frentes también en el campo político, pues cada trinchera sabe perfectamente que carece de fuerza para imponerse completa y claramente a la(s) contraria(s). Si la mayoría electoral se decide una vez más por dar mayoría al bloque independentista, significará que una mayoría absoluta de catalanes asume el desorden y el pleito para mantener viva la llama sagrada, el fuego nacional, el corazón.

Pero puede que los catalanes estén cansados del desorden institucional, del choque, del repliegue en la muralla cada vez más interior (pues las murallas más alejadas del núcleo han sido derribadas por la fuerza del Estado). En este caso quizás darán confianza a Salvador Illa, que es un puerto de refugio para los independentistas decepcionados o frustrados, pero también de los españolistas que, procedentes de Cs, están cansados de confrontación. Illa es el único receptáculo viable de los votos que pueden permitir un camino alternativo. El suyo no es para nada un camino claro. Los votantes de una u otra procedencia saben que la vara de Illa señala un camino incierto, pero es el único camino alternativo posible. El camino contrario está muy visto. Por consiguiente, el dilema será: o más de lo mismo o intentar una ruta nueva, aunque de perfil incierto y ambiguo.

¿La independencia sigue estando encima de la mesa o, como se suele decir, ya hemos pasado de pantalla?

Es difícil contar el porqué de la ilusión independentista a unos lectores que, por entorno, seguramente la consideran un “desafío”, una “enfermedad”, un deseo “supremacista” y otras denominaciones parecidas. Tendría que empezar por el principio y eso requiere un tiempo del que ni los lectores ni yo mismo disponemos. No sé si será posible llamar la atención sobre la identidad catalana, pues generalmente se desprecia desde la cultura o la política que emerge de los poderosos medios españoles como un “nacionalismo” nefando. Toda identidad es un constructo social, en eso estamos, espero, todos de acuerdo. Toda identidad nacional es una elaboración de origen romántico que el tiempo, los relatos periodísticos, la tradición y la  educación han transmitido. Llegado a un punto, el relato nacional cristaliza, es percibido como “natural”, como cohesionador, como valor colectivo; y deviene en patriotismo. El relato nacional catalán puede parecer extraño, incluso estúpido, a quien lo observa desde otra identidad, especialmente si, como es el caso de la española, se ha forjado durante casi todo el XIX en el combate entre carlistas y liberales; y durante el siglo XX mediante las férreas e impermeables imposiciones de dos dictaduras (Primo de Rivera, Franco) a las que la democracia restaurada ha complementado, pero no ha reformado profundamente en un sentido integrador.

Estúpido, pasado de moda, burgués, insolidario, supremacista, lo que quieran (no vale la pena discutir sobre creencias), pero real: la identidad catalana (lengua y cultura propias, visión del mundo desde Barcelona, conciencia nacional) se resiste a ser asimilada. Ha llegado hasta hoy porque no es un invento reciente sino  cristalizado en el tiempo. Cuando la España constitucional, durante la larga transición hasta la mayoría absoluta de Aznar, parecía salvaguardar, entender y coexistir con esta identidad, en Cataluña se desarrollaba en dos corrientes no antagónicas pero distintas: un nacionalismo pragmático (Pujol) y un catalanismo inclusivo (rótula con España y airbag interior) del PSC, de Unió Democràtica y del extinto PSUC. Ambas corrientes eran sensatas, confiadas y pragmáticas.

Sin embargo, con Aznar llegó la oportunidad para los que desconfiaban del título VIII de la Constitución. Y con la intelectualidad española reaccionando contra Eta (Savater) se generalizó el discurso de la ciudadanía, liberal, de la nación a la francesa y el catalanismo apareció como un enemigo a batir. La identidad catalana (lengua, política) se problematizó en los medios y en la política. Todo lo que ha sucedido después (Estatut, procés) proviene de aquellos años. El independentismo y el aznarismo son vasos comunicantes (soy de los que cree que el aznarismo es culturalmente hegemónico en España desde los 90, incluso cuando mandan los socialistas).

Respondo, pues, a la pregunta. El independentismo sigue siendo el camino más apreciado por los que sienten la identidad catalana en peligro. En el año 2012 describí en La Vanguardia el procés, no como un proyecto ilusionante y de futuro, sino como la reacción exasperada del pez atrapado en el anzuelo. Otra cosa es la experiencia de derrota y fracaso del procés, que pueden alimentar la abstención, un cierto pragmatismo (voto al PSC) o pueden, como sucede en España y en toda Europa, hacer emerger un Vox a la catalana: Aliança Catalana, que vehicule hacia la inmigración marroquí o latinoamericana, los más débiles, el malestar del fracaso político y la pérdida de peso social de la lengua catalana. Estos factores (fracaso, abstención, pragmatismo, nuevo partido antiimigración) pueden explicar la pérdida electoral del independentismo, pero no su desaparición: Puigdemont obtendrá un buen resultado; y ni ERC ni CUP desaparecerán.

¿Hablarías de polarización social? ¿La polarización social es un espejismo creado por la polarización política?

Sobre la división o fractura interna se ha escrito mucho. No creo que sea mayor que la que existe en Madrid, Gijón o Almería entre las dos Españas. He aquí su evolución. Si antes de la guerra, la comunidad catalanohablante era absolutamente mayoritaria, durante el franquismo, con la emigración del resto de España, se consolidaron dos comunidades. Cataluña carecía de instrumentos propios de integración. La relación fue a la brava. En los pueblos se produjo una fusión. En las ciudades, se crearon barrios obreros, previamente de barracas. La fusión era imposible porque en estos barrios la inmensa mayoría procedía de otras regiones y eran todos de lengua castellana. Estas dos comunidades iniciaron al final del franquismo, un acercamiento cultural y político  liderado por PSUC y PSC en la lucha antifranquista. Ya con la democracia y Estatuto, el Pujolismo intentó evitar choques, formuló la máxima integradora “català és aquel que viu i treballa a Catalunya”, pero trabajó tan solo para preservar la identidad tradicional catalana. El municipalismo fue bastante más integrador. No se olvide que la inmersión escolar es una iniciativa de la izquierda, nacida de los padres, todos castellanohablantes, de una escuela de Santa Coloma de Gramenet. El objetivo era la unidad civil.

Esto se rompe con el Foro Babel, iniciativa de intelectuales castellanohablantes contra Maragall acusado de criptonacionalista y seguidor de la estela de Pujol. De ahí nace Ciutadans, que combate la inmersión, cuestiona el catalanismo y propone el discurso nacional español a la francesa como ideal, en concordancia con la gran corriente española en el mismo sentido (Savater, Basta Ya). Con el procés, Ciutadans aparece como el muro de contención, pero no propone una síntesis, sino una antítesis. Fomenta una visión españolista de Cataluña que aparece como la muralla interna más eficaz en los momentos álgidos del procés, pero que se disuelve por razones conocidas del partido, pero también por antitético, por estrictamente negativo.

Pero Cs no ha pasado en vano (PP y VOX se alimentan de sus ideas). Existen tres visiones incompatibles de Cataluña. Si la independentista es fuerte, la españolista lo es bastante menos en momentos no tensos. El PSC aparece una vez más como la fuerza que propugna la cohesión, el partido más parecido a Cataluña. El único partido que intenta coser los dos bloques antagónicos de la sociedad catalana y reunirlos en torno a un mínimo común denominador: un catalanismo respetuoso e integrador del sentimiento nacional español y compatibilizador de una defensa de la lengua autóctona con el respeto por la lengua castellana.

El bloque PP-VOX que va a crecer en conjunto, seguramente en torno a un PP que parte de solo 3 diputados. Pero nunca será alternativa. Una Cataluña domesticada, obediente y provincial es un peligro real (dadas las circunstancias objetivas: decadencia) pero ni los votantes catalanes de PP y Vox, excepto sin duda los más acérrimos, desean realmente este horizonte.

¿Qué contribuiría a que se encontrara una fórmula en la que todos, o casi todos, pudieran estar relativamente cómodos?

Ahora mismo no existe la posibilidad de una fórmula integradora. Dependerá de si Illa tiene o no un resultado importante. Si pudiera gobernar en solitario (hipótesis remota) imagino que intentaría buscarla, pues este es el objetivo histórico del PSC: reunir el país en torno al mínimo común denominador. Pero la fragmentación electoral es enorme en el Parlament, las mayorías son muy caras (el bloque independentista lo ha experimentado en propia piel) y las concesiones son enormes, lo que impide una política de verdad: de fondo. Los pactos (en Alemania lo saben) están muy bien para gobernar la normalidad. Para recomponer situaciones de gran complejidad, suelen ser pactos diabólicos.

Todo dependerá del resultado, ahora mismo muy incierto pues las encuestas describen un 40% de indecisos. El otro gran factor de estabilidad sería que en España el aznarismo y el savaterismo hegemónicos dejarán paso a visiones austriacistas, como las que defendieron en su  momento Herrero de Miñón y Ernest Lluch: reinterpretar la constitución (sin necesidad de cambiarla) en un sentido claramente federal que permita salvaguardar las especificidades catalanas (lengua, eje económico).

Pero esto no sucederá nunca porque el “tema catalán” tiene una gran fuerza electoral en España. Muchos fueron los errores del procés, pero ¿y los errores contrarios? De la sentencia del Estatut a la pasividad de Rajoy, los encontraríamos a decenas. Quiero subrayar tan solo uno: el “¡A por ellos!” (vítores en los pueblos de los que partían fuerzas de la guardia civil para detener el procés). Aquellas escenas tenían un tremendo tufo imperial o putinesco que nadie ha creído necesario depurar o simplemente analizar. No me refiero solo a la anécdota en sí, sino a todo lo que esta arrastra y significa. Ya sucedió durante la renovación del Estatut. Entonces Cataluña siguió todas las exigencias legales y constitucionales, pero la respuesta política del PP fue extremadamente belicosa (y exitosa). Exactamente igual, en cuanto a decibelios, que la reacción contra el procés, inconstitucional. El enemigo interno cohesiona, tensiona y facilita la hegemonía.

Esta tensión se evidencia en un tema muy delicado. Cualquier persona enterada sabe que la lengua catalana está viviendo momentos muy críticos, debido a dos factores contemporáneos, que se suman a los problemas de una lengua históricamente en peligro: la llegada de la nuevas migraciones y el peso determinante de las redes sociales e internet, que prima las grandes lenguas en detrimento de las pequeñas (como saben, por ejemplo, en Dinamarca, muy preocupados por la fuerza del inglés; de ahí que pongan el estado en emergencia para proteger el danés). Cataluña carece de fuerza real para cambiar esta decadencia. El catalán declina visiblemente. Los expertos educativos explican que la famosa inmersión no solo no se practica: en muchas escuelas el catalán es prácticamente una anécdota. Sin embargo, se sigue problematizando la protección de la lengua y cualquier anécdota se convierte en un casus belli. Cuando un enfermo está desahuciado, se habilitan curas paliativas para edulcorar el sufrimiento final. El catalán declina y en España se exigen controles extremos que equivalen a tratar un enfermo a garrotazos. Véase la política lingüística en Valencia o en Baleares, véase la eterna problematización de la inmersión.

La cosa viene de lejos. El poeta Joan Maragall lo escribió hace más de un siglo. “Escolta, Espanya,  la veu d’un fill / que et parla en  lengua no castellana”. ¿Escuchar la voz de un hijo que persiste en su diferencia? Nunca. En este punto arranca el viejo problema.


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