Lo que comparto con los “therian”
IAEl otro día, cenando con amigos, salió el tema de los “therian” y su creciente popularidad entre los adolescentes. Una de las presentes, un poco más versada que los demás, lo definía como un modo nuevo de ser trans. En este caso ya no es que hayas nacido en el cuerpo del género equivocado, sino que naces en la especie equivocada. El término describe a personas que se sienten y se definen lobo, perro, serpiente u otro animal. Al parecer, en España hay pocos casos, pero en otros países, como en Argentina, el fenómeno está más extendido. Los que sabían de que se trataba intentaban explicárselo a los que no habían oído hablar de la corriente. La reacción era de sorpresa y risa. Cualquier intento de imaginar una vida bajo estos principios resultaba, para los allí presentes, de lo más cómico.
Sin embargo, la comicidad que despertó este asunto desapareció por completo cuando empezaron a salir otras modas que, estas sí, pueblan las aulas españolas. Una de las profesoras que estaba en la cena contaba cómo esa misma semana se había enterado de un reto popularizado recientemente. Este consiste en consumir la mayor cantidad de paracetamol posible. Lo había descubierto al tener que explicar a unos padres por qué su hija estaba en una ambulancia de camino al hospital. «¿Por qué tomar paracetamol así?», preguntamos el resto. «¿Tiene algún beneficio? ¿Te sube, te baja, te excita?». «No». «¿Qué interés tiene entonces?». «No se lo busques, no lo tiene. Es un reto». El primer comportamiento parecía ridículo; el segundo, absurdo. Ambos chocaban con la incomprensión de un grupo que, por edad y profesión, debería ser capaz de entender.
Con esa misma incomprensión se acogió el relato helador de otra profesional de la educación. Esta explicaba el fenómeno que se está extendiendo entre algunas de las chicas de familias más pudientes de la capital: chicas de entre trece y veinte años que se prostituyen para comprarse unos zapatos nuevos o para salir de fiesta cuando los padres no les dan lo que quieren. No es por dinero; no les falta. Podrían hacer cualquier otra cosa para conseguirlo pero buscan, a conciencia, hombres adultos, mayores, a los que venderse. El acto en sí no les gusta. ¿Por qué lo hacen? Los psicólogos lo encuadran en autolesión: esa búsqueda de un dolor físico que atenúe la soledad y disipe, al menos unos segundos, la sensación de un vacío aterrador. Pero, esta afirmación no lo explica. No responde a la pregunta. ¿Por qué buscan dañarse?
Unos se lesionan y otros buscan su identidad renunciando a ser seres humanos. ¿Qué hay detrás de cada uno de estos comportamientos que resultan tan extraños, absurdos e incluso dolorosos? La pregunta se agranda si se tiene en cuenta que estas son solo las últimas expresiones de un fenómeno mucho más amplio. Una epidemia de soledad, sufrimiento incomprendido y vacío que asola a todos los jóvenes del país. Y, quizá, no solo a los jóvenes.
Solo hay una cosa que me ha quedado clara de los relatos de aquella cena. El grito de estos jóvenes, en sus expresiones más extrañas e incluso destructivas, es de una radicalidad total. Apabullante y, en ocasiones, desoladora. Una radicalidad que, debo confesar, también es la mía. Aunque, a veces, me aterre reconocerlo. Yo también grito a pleno pulmón en cada cosa que hago. Buscando sentido. Ese aspecto sí lo puedo entender.

0
1

