Cartas desde la frontera / XIV

Yo soy el que soy

Escrituras · IGNACIO CARBAJOSA
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23 enero 2023
No os hagáis imágenes de mí porque jamás podréis encontrar un artesano capaz de captar lo que soy en una talla. Yo mismo os daré mi imagen.

Querido Pascual,

 

Hemos tenido unos días de mucho frío en Oxford, aunque con la ventaja de que el sol ha lucido esplendoroso, iluminando esta pequeña ciudad que es realmente bellísima. El domingo pasado un amigo mío me explicaba el origen de la Universidad. Y lo hacía usando la figura del Brexit, afirmando que antes del que tuvo lugar hace unos años, hubo otros dos que marcaron la vida de Oxford.

En el siglo XII el rey Enrique II, celoso del poder de la Universidad de París sobre los estudiantes ingleses, realizó el primer “Brexit”, prohibiendo los estudios más allá de sus fronteras y poniendo los fundamentos de esta Universidad constituida por “Colleges” o colegios universitarios. El segundo Brexit fue obra de Enrique VIII, en el siglo XVI, cuando sale de la comunión con Roma y obliga a los Colegios a profesar la fe anglicana bajo pena de tener que abandonar la Universidad. Solo en el siglo XIX, muy lentamente, se permite a los católicos establecer casas de estudio. Dominicos, franciscanos y jesuitas fundan sus propios Colegios. Yo me encuentro en uno de ellos, Campion Hall, regido por la Compañía de Jesús.

El ejemplo del Brexit resulta muy adecuado para introducir la figura del que guio a su pueblo en el gran “Exit” o salida de Egipto, Moisés. Los historiadores llaman la atención sobre el hecho de que el legislador y líder de Israel tenga un nombre que no es hebreo sino egipcio. De algún modo este pequeño detalle da peso a la historia, ciertamente novelada, que nos narran los dos primeros capítulos del Éxodo. Después de que Moisés fuera rescatado de las aguas del Nilo y educado en la corte del Faraón, debe huir por haber matado a un capataz egipcio que había matado, a su vez, a un trabajador hebreo. Después de unos años en los que Moisés reside en Madián como pastor, casado y con un hijo, Dios decide escuchar el llanto de su pueblo esclavo: “sus gritos, desde la esclavitud, subieron a Dios; y Dios escuchó sus quejas y se acordó de su alianza con Abrahán, Isaac y Jacob. Dios se fijó en los hijos de Israel y se les apareció” (Éx 2,23-25).

En realidad, a quien se apareció fue a Moisés, de una forma muy original, como ahora veremos. Pero eligiendo a Moisés para la misión de sacar a su pueblo de la esclavitud se apareció a todo Israel. Fíjate que el texto que he citado establece un vínculo entre la alianza con los patriarcas y lo que va a suceder a continuación. No olvidemos que sigue en pie la promesa hecha a Abrahán de convertirse en un gran pueblo. Y ahora que su descendencia es numerosa como las estrellas del cielo, esa misma descendencia se encuentra amenazada por la dura esclavitud. La presencia de Dios que acompaña a este pueblo vuelve a hacerse incidente llamando a Moisés para liberar a Israel de la esclavitud.

La teofanía o manifestación de Dios se produce cuando Moisés llevaba su rebaño trashumando por el desierto. Llegado a la montaña de Horeb contempla un “espectáculo admirable”: una zarza que ardía sin consumirse (Éx 3,1-3). Este detalle es importante: la presencia de Dios, antes de que se hiciera carne en Jesucristo, pasa a través de una realidad accesible a los sentidos (una zarza que está ardiendo) que se convierte en signo divino por su excepcionalidad incomprensible (arde sin consumirse).

Dios llama a Moisés desde la zarza y lo envía para salvar a su pueblo de la esclavitud. Se produce entonces este curioso diálogo: “Moisés replicó a Dios: «Mira, yo iré a los hijos de Israel y les diré: ‘El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros’. Si ellos me preguntan: ‘¿Cuál es su nombre?’, ¿qué les respondo?». Dios dijo a Moisés: «‘Yo soy el que soy’; esto dirás a los hijos de Israel: ‘Yo soy’ me envía a vosotros». Dios añadió: «Esto dirás a los hijos de Israel: ‘Yahvé, Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación’» (Éx 3,13-15).

Hasta ahora el Dios de ese pueblo era genéricamente “el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”, es decir, no tenía nombre propio, era conocido en referencia a su intervención poderosa en la vida de los tres patriarcas. Ahora bien, cuando Dios revela su nombre nos llevamos una sorpresa mayúscula: “Yo soy el que soy”. ¿Eso es un nombre propio? Más que indicar un nombre propio, Dios desvela su naturaleza: es el que es, el Ser, el que sostiene la realidad, el creador único. La esencia de Dios se va a sintetizar en un nombre que contiene la raíz del verbo “ser” en hebreo: Yahvé. Es verdad que esta forma pasa a ser un nombre propio con el que es invocado el Señor, Dios de Israel, durante generaciones, pero conviene recordar cuál es su origen y su verdadero significado: Dios, el que es.

De algún modo, el Señor quiere evitar que Israel se “apropie” de la relación con Dios poniéndole un nombre propio, al igual que Adán puso nombre a los animales en un ejercicio de dominio sobre ellos. Esta misma lógica está detrás de la prohibición que más tarde impondrá el Señor a su pueblo de no hacerse imágenes de él. Todas las naciones que rodean a Israel se construyen imágenes para “acceder” a sus dioses, para realizar delante de ellas los ritos de propiciación, es decir, para asegurarse, a través de ciertas prácticas, que los ciclos naturales (la lluvia, el sucederse de las estaciones, el fruto de la tierra, etc.) no cesen. Por el contrario, el Señor, prohibiendo las imágenes, quiere ser el que es, no el que el ser humano proyecta o el que somete con su razón (a través de un nombre o una imagen). Dios toma la iniciativa, llama, sorprende.

Pero esta prohibición está dentro de un designio más grande. Es como si el Señor dijera: “no os hagáis imágenes de mí porque jamás podréis encontrar un artesano capaz de captar lo que soy en una talla. Yo mismo os daré mi imagen”. Así es, en la plenitud de los tiempos Dios nos ha dado su imagen en su Hijo. En efecto, como dice la carta a los Colosenses, Jesucristo es “imagen de Dios invisible” (Col 1,15).

Se entiende entonces por qué los cristianos no usamos el nombre de Yahvé. En primer lugar, porque no es propiamente un nombre personal, como hemos visto. Los mismos judíos dejaron de usarlo por respeto y para evitar la tentación de encerrarlo en un nombre. Por ello empezaron a usar la forma “Señor” tanto en hebreo (adonai) como en griego (kyrios), una costumbre que nosotros hemos heredado en nuestro Antiguo Testamento. En segundo lugar, y sobre todo, porque el verdadero nombre de Dios es Jesús, el Mesías, el que nos ha revelado la imagen autentica del Señor.

La próxima semana seguiremos hablando de la figura de Moisés, que durante la etapa del desierto estableció una relación única con Dios, paradigmática para nosotros en muchos aspectos. Ahora salgo a dar un paseo por el mismo camino que usaban C.S. Lewis y J.R.R. Tolkien en sus conversaciones, justo aquel en el que el primero cedía a las razones del segundo y se convertía del teísmo al cristianismo.

Un abrazo.

 

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