Uno de ellos será presidente de la Comisión. O no

Mundo · Ricardo Benjumea
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22 mayo 2014
Mientras Miguel Arias Cañete y Elena Valenciano debatían en Televisión Española, Eurovisión retransmitía desde Bruselas a toda Europa un debate entre los cinco cabezas de lista de los principales grupos políticos de la Eurocámara. Uno de ellos, en aplicación del Tratado de Lisboa, debería convertirse en el próximo presidente de la Comisión Europea, con la venia de los jefes de Estado y de Gobierno…

Mientras Miguel Arias Cañete y Elena Valenciano debatían en Televisión Española, Eurovisión retransmitía desde Bruselas a toda Europa un debate entre los cinco cabezas de lista de los principales grupos políticos de la Eurocámara. Uno de ellos, en aplicación del Tratado de Lisboa, debería convertirse en el próximo presidente de la Comisión Europea, con la venia de los jefes de Estado y de Gobierno…

Eso era lo previsto. Pero Angela Merkel, recelosa tal vez de una Comisión demasiado autónoma, advierte ahora de que nada impide que el presidente sea finalmente otra persona (¿Christine Lagarde?). Los candidatos se plantan a una: si el pacto es traicionado, que se vaya pensando en cerrar el Parlamento Europeo, porque ya nadie se tomará la molestia de acudir a votar en las siguientes elecciones europeas.

Ese momento de conjura contra Merkel fue el más intenso de un debate sin demasiado brillo ni pasión, pero en el que hubo al menos cierta confrontación de ideas y de modelos.

Crucifijos y aborto

El gris Jean Claude Juncker es el candidato al que deberían supuestamente respaldar los eurodiputados del PP, VOX y Unió Democratica de Catalunya. Lo mejor que se puede decir de la actuación del ex primer ministro luxemburgués y ex presidente del Eurogrupo en el debate del 15 de mayo es que se mostró serio y solvente en materia económica.

El socialista Martin Schulz, presidente del Parlamento Europeo, ofreció, en cambio, una imagen errática. En ocasiones se presentó inequívocamente como parte del establishment europeo que ha logrado superar lo peor de la crisis, y otras veces hizo parecer moderados a los líderes de los Verdes e Izquierda unitaria. Y no sólo en temas económicos. Tanto Alexis Tsipras, de la coalición de izquierda radical griega Syriza, como la jovencísima candidata verde, la alemana Ska Keller (32 años), rechazaron, por ejemplo, que Europa deba reglamentar aspectos como la presencia de crucifijos en lugares públicos o el uso del velo. Schulz, en cambio, equiparó los crucifijos al auge de los nacionalismos populistas. Uno puede llevar lo que quiera (¡velo sí, faltaría más!), pero «los espacios públicos deben ser neutros, porque en el espacio público todo el mundo debe tener su lugar», dijo. «En la UE hay un riesgo de que haya un retroceso conservador y tenemos que luchar contra eso».

Juncker no consideró necesario responder a las afirmaciones de su contrincante. En un turno de palabra anterior, se limitó a afirmar que «cualquier religión, cualquier filosofía o actitud ante la vida exige un respeto, y no creo que la UE tenga que inmiscuirse en cómo se expresan las religiones, los filósofos o las actitudes que haya en torno a la vida». Deben primar «las tradiciones locales, regionales o nacionales. Europa tiene suficientes cosas que hacer como para querer a toda costa interferir en este debate».

Es interesante tomar nota de lo que dijo el brillante Guy Verhofstadt, cabeza de lista de la Alianza de los Liberales y Demócratas, en la que se integrarán los eurodiputados del PNV y Convergència. El ex primer ministro belga aprovechó para defender «una ley antidiscriminación europea» que recoja «una serie de valores que son tan importantes que no se pueden dejar a la soberanía nacional». Qué valores son esos sobre los que Europa debe legislar, no lo concretó, pero sí contó que acababa de llegar de España, donde se va a aprobar una ley del aborto en sentido contrario a los valores que quiere que defienda Europa. Tsipras también criticó la reforma del aborto en España, que calificó de franquista.

Hay que recordar que, en los últimos meses, se han presentado en el Parlamento Europeo sendos informes (el Informe Estrela y el Informe Lunacek) para presionar a los Estados miembros para que adopten políticas pro abortistas y favorables a la ideología de género. Los populares votaron divididos, algo que, por otra parte, no extraña en una Cámara donde cada eurodiputado se debe, en primer lugar, a su partido nacional.

Ahora bien: el grupo popular europeo ha cobijado a personalidades como Mario Mauro o Jaime Mayor Oreja, que han promovido interesantes iniciativas a favor de la libertad religiosa o el derecho a la vida. Ambos, desde una posición de minoría, han sido capaces de movilizar apoyos a favor de esas causas, gracias tanto a su peso específico personal, como al de sus respectivos partidos nacionales en el seno del PPE.

La cuestión catalana

UPyD y Ciudadanos llegan a estas elecciones desubicados, huérfanos. Los liberales eran su destino natural, pero tienen en principio vetada su entrada por centralistas. A finales de 2013, los liberales aprobaron una enmienda sobre «el derecho a decidir» de las regiones independentistas, de la que fue ponente el nacionalista catalán Ramón Tremosa.

En el debate del 15 de mayo, en un primer momento, Verhofstadt, flamenco, afirmó que la celebración o no de un referéndum en Cataluña es un asunto interno español, pero acto seguido se manifestó claramente a favor de que se celebre, y descalificó «el papel negativo» que ha desempeñado el actual presidente de la Comisión, Durao Barroso, que ha entorpecido el diálogo al dar por sentado que una región independizada quedaría excluida de la UE.

Y si los liberales cierran sus puertas a UPyD y Ciudadanos, los verdes, en cambio, acogen con los brazos abiertos al brazo político de ETA. Además de Bildu, el grupo eco-pacifista será el hogar de los eurodiputados de Equo, Coalición Canaria, BNG y Compromis. Se entiende mejor así el firme apoyo al «derecho de las personas a decidir» mostrado por Keller. «Si yo fuera presidenta de la Comisión, acogería en la UE» a los escoceses o catalanes «si decidiesen ser independientes», afirmó la eurodiputada alemana.

La economía

El primer bloque del debate estuvo centrado en la economía. Los cinco candidatos coincidieron en que la lucha contra el paro (especialmente, el juvenil) debe ser prioritaria. Juncker hizo también hincapié en la necesidad de reducir la brecha que existe entre el norte y el sur, aunque sin concreciones. Sus momentos más brillantes fueron al responder a algunas acusaciones de la izquierda de rescatar a los bancos a costa de los ciudadanos. «Hemos rescatado a los bancos no porque nos encanten los banqueros, sino por proteger a las pequeñas empresas, a los ahorradores», dijo el ex presidente del Eurogrupo. «Lo hemos hecho porque si no, la economía real se venía abajo. Y no acepto que se diga aquí que hemos practicado una política de austeridad. No es cierto… Hemos hecho una política keynesiana al principio de la crisis. No caigamos en los mismos errores que en los años 30».

El candidato conservador y el liberal lanzaron un mismo mensaje de que, sin control de la deuda, no puede haber crecimiento económico. Tsipras, en cambio, abogó abiertamente por una condonación (en el caso concreto de Grecia, diversos expertos consideran inevitable al menos una nueva moratoria). El líder de extrema izquierda no se quedó ahí, y hasta consiguió enfadar a Junker al culparle de las penalidades que tienen que soportar los griegos. «Acepto muchas acusaciones, pero jamás que no hayamos hecho lo suficiente para ayudar solidariamente a Grecia. Hemos hecho todo para que Grecia pueda seguir en el euro», le espetó, aludiendo a las muchas noches de insomnio que ha tenido que pasar.

Guy Verhofstadt fue más incisivo en su respuesta: «En Grecia, como en Italia, como en Portugal, señor Tsipras, la cuestión no era un problema de bancos, era un problema de mala política en su país por parte de los dos grandes partidos, Nueva Democracia y Pasok, los generadores de la crisis. En su país, sólo había bancos públicos básicamente que financiaban y siguen financiando a los partidos políticos».

España fue citada en este bloque como ejemplo de cómo la crisis bancaria ha hecho que se dispare la deuda pública, algo que no volverá a ocurrir con la entrada en vigor de la unión bancaria, un logro que hay que atribuir al Parlamento Europeo. Verhofstadt abogó por trasladar ese modelo de la unión bancaria a otros sectores económicos. A su juicio, la única solución para salir de la crisis y competir en un mundo globalizado es más Europa. Si en EE.UU. surgen empresas como Apple, Google o Microsoft, y a este lado del Atlántico no, es porque allí existe una integración mayor que permite aprovechar el tamaño de la economía, dijo.

Con respecto a la inmigración y a la política de asilo, hubo unanimidad al reclamar mayor coordinación y solidaridad entre los países europeos, y más vías legales de llegada, que desincentiven la inmigración ilegal y la acción de las mafias, causa de numerosas tragedias en el mar.

Europa en el mundo

En política exterior, el tema estrella fue Ucrania. Verhofstadt leyó una emotiva carta del antiguo ajedrecista y activista político ruso Gary Kasparov: «¿Qué vale una UE si fracasa en esta crisis? Si Ucrania no está segura, no está segura Europa. Putin y otros dictadores van a constatar que la agresión recibe un premio». Verhofstadt pidió sanciones más duras contra el presidente ruso, ya que ésta es «la única lengua que entiende».

En el extremo opuesto –¿por ideología o por nacionalidad?– se situó Tsipras, para quien el problema no es Moscú, sino «las fuerzas neonazis en Ucrania». Keller, en cambio, abogó por cortar las exportaciones europeas de armas a Rusia.

Schulz y Juncker –representantes de los dos partidos hegemónicos en los gobiernos europeos– coincidieron en sus postulados posibilistas. El primero recordó que «la Unión Europea no tiene competencias militares», que su misión es ahora tratar de «evitar una confrontación militar» y «apoyar a los miembros de Europa central y oriental» que puedan verse perjudicados por las sanciones a Rusia.

«Tenemos que aumentar las sanciones, pero no podemos abrir una guerra», añadió Juncker. «Europa es una soft power»; es decir, su fortaleza reside en el poder blando de la convicción, no en las armas.

¿La decadencia de Europa?

Lo que apenas hubo en cambio en este debate es una reflexión sobre la desafección de los europeos hacia la UE, o sobre la pérdida de peso relativo de Europa en el mundo. Los tres candidatos de izquierda asumieron que el euroescepticismo pasará con los recortes. El problema, en otras palabras, son las políticas de austeridad.

Juncker fue un paso más allá, y pidió que gobiernos y parlamentos dejen de culpar a Bruselas de todos los males, y reclamó un llamamiento común «por la causa europea». Fue ése el momento en el que se escuchó el único atisbo de diagnóstico sobre los problemas de fondo que atraviesa la UE: «Tenemos que decirle a todos que Europa se está debilitando económicamente, demográficamente… Vamos a perder mucha población de cara al próximo siglo», dijo. Y eso fue todo.

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