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Ucrania: es y no es 1914

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2 marzo 2014
Es y no es como hace cien años. Crimea no es Serbia, afortunadamente. Ni hay archiduque Francisco Fernando ni todo el mundo quiere la guerra. La crisis desatada por la invasión de la península de Crimea en el Mar Negro es muy grave.

Es y no es como hace cien años. Crimea no es Serbia, afortunadamente. Ni hay archiduque Francisco Fernando ni todo el mundo quiere la guerra. La crisis desatada por la invasión de la península de Crimea en el Mar Negro es muy grave. La Rusia de Putin no está dispuesta a tolerar la caída de Yanukovich, a aceptar un régimen pro-europeo en un país que siempre consideró su satélite, no va a admitir que una región energéticamente decisiva esté fuera de su control. En realidad Rusia no ha asimilado nunca la posibilidad de una Ucrania como la actual, construida con restos del Imperio Austro-Húngaro y con territorios que considera suyos. La base de la flota, en Sebastopol, no puede estar aislada.

No estamos en 1914 porque ya no hay potencias centrales, porque Alemania no quiere un conflicto, porque existe una cosa que se llama Unión Europea, que a pesar de todo es un gran avance. Y porque Estados Unidos, con todos sus límites y su “decadencia”, no predica el aislacionismo. Esperemos que Obama no sea Wilson. Rusia es quizás la que está algo más estancada en el tiempo, como si la revolución de octubre hubiera abierto un paréntesis todavía no cerrado. Sueña con el imperio.

No estamos en 1914, quizás estemos en 2008, cuando se produjo la invasión de Georgia. O en 1991 cuando empezó la descomposición de la antigua Yugoslavia. Seguramente no habrá más remedio que tolerar una Crimea rusa. Aunque no hay que descartar el choque civil, porque Ucrania, como todo país creado del despiece del Imperio Austro-Húngaro no ha conseguido asentarse. Rusos, alemanes, polacos, tártaros y rutenos forman un mosaico de pueblos que pueden dividirse y enfrentarse bajo las banderas del Este y del Oeste. Una vez más se hace imprescindible releer el “Réquiem por un Imperio Difunto” de Francois Fejto.

No estamos en 1914 para la geopolítica pero sí lo estamos para la cultura. Las fuentes en las que bebieron aquellos jóvenes que hace cien años se echaron a las calles en Alemania, Inglaterra y Rusia dando vivas a la guerra son nuestras fuentes. Aquellos muchachos querían acción, el ruido de las máquinas y la sangre de la batalla para salir del callejón sin salida en que estaban encerrados. Habían crecido en la Belle Epoque. Tras el estallido de la segunda revolución industrial, la prosperidad y la clase media invadieron Europa. Pero ese progreso no era suficiente. La pregunta por el significado de la vida no encuentra respuesta en el viejo mundo que ha desaparecido. Max Planck ha acabado con la física de siempre, Einstein ha cambiado el universo y Freud ha desmitificado el sexo. Domina una ansiedad sin límites. Expresada, eso sí, con una fertilidad artística pocas veces conocida. La generación que acabó deseando la aniquilación, después de meses en las trincheras, es la del Tadzio de “Muerte en Venecia” (Thomas Mann), la del Sebastian de “Retorno a Brideshead” (Evelyn Waugh), la del modernismo. Es un tiempo que grita genial, loco, febril y destructivo en los lienzos de postimpresionismo, del cubismo, del expresionismo.

Aquel deseo explosivo de sentido acabó echándose en las manos de los nacionalismos. Acaba en el pasado. Huye del presente buscando paraísos futuros de banderas e himnos. No se puede mantener mucho tiempo la pregunta abierta sin algún tiempo de solución. Y siempre el poder está dispuesto a ofrecer una fórmula rápida para utilizar esa energía que mueve el mundo. Estamos en 1914 porque a pesar del efecto anestesiante que ha tenido el consumo, nosotros, hijos de la segunda modernidad, cuando queremos dar voz a nuestro corazón lo hacemos con el lenguaje de aquel momento. Estamos, en cierto modo, en el mismo punto. Afortunadamente se han construido barreras contra el nacionalismo. Desgraciadamente el nihilismo ya no es desgarrado sino fofo.

Ahora, como hace cien años, la medicina para evitar la instrumentalización de la ideología es fomentar un vínculo consistente con la realidad. Solo el choque sincero entre la realidad-real (no pensada o procesada) con el yo que desea puede evitar la enajenación. De ese golpe nace la autenticidad, la experiencia y la libertad que anhelaron (anhelan) los jóvenes del 14.

De la generación del 14, de los que murieron en la Gran Guerra, hubo al menos uno que comprendió cuál era el problema: Péguy. El genio invitaba una y otra vez a seguir la realidad cruda: como acontecimiento que está ocurriendo. “Hay algo peor que tener un mal pensamiento –aseguraba en “Descartes y la Filosofía Cartesiana”–. Es que le den a uno el pensamiento hecho (…) Es en el germen del presente donde radica la fecundidad del corazón y del pensamiento. La infatigable realidad puede continuar produciendo inagotablemente el presente”. Y es ahí donde puede estar la respuesta. Aunque siempre está al acecho la amenaza del “infatigable hábito que transforma todo en pasado”. Es el mecanismo de la alienación. Por eso hace falta una ayuda, una Compañía que sea rotunda.

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