Sin deseos no vamos a ninguna parte

Mundo · José Luis Restán
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3 febrero 2014
El pasado 3 de enero, en pleno tiempo de Navidad, el Papa se trasladó a la iglesia del Gesú en el centro de Roma para celebrar junto a la plana mayor de la Compañía de Jesús la reciente canonización del jesuita francés Pedro Fabro. Cada uno tenemos nuestra tecla, y a mí me ha parecido la más bella entre tantas homilías hermosas y robustas que nos ha regalado Francisco en su primer año de pontificado. Pero más allá de un gusto personal, descubro en ella una indicación precisa para el camino de la Iglesia en este tiempo hosco y difícil, también, quizás especialmente, para la Iglesia que camina en España.

El pasado 3 de enero, en pleno tiempo de Navidad, el Papa se trasladó a la iglesia del Gesú en el centro de Roma para celebrar junto a la plana mayor de la Compañía de Jesús la reciente canonización del jesuita francés Pedro Fabro. Cada uno tenemos nuestra tecla, y a mí me ha parecido la más bella entre tantas homilías hermosas y robustas que nos ha regalado Francisco en su primer año de pontificado. Pero más allá de un gusto personal, descubro en ella una indicación precisa para el camino de la Iglesia en este tiempo hosco y difícil, también, quizás especialmente, para la Iglesia que camina en España.

En primer lugar porque el Papa señala la centralidad de la cuestión del deseo que constituye el corazón del hombre. Fabro era un hombre de grandes deseos, como el profeta Daniel, un espíritu inquieto, jamás satisfecho, que sólo bajo la guía de san Ignacio aprendió a unir esta sensibilidad inquieta con la capacidad de tomar decisiones. Y así señala cómo la relación con la autoridad (en este caso el carisma de Ignacio) no sólo no frena ni castra el deseo, sino que le ayuda a encontrar su verdadero horizonte. En su estilo habitual Francisco abordó a los participantes en la Misa con preguntas exigentes y apasionadas: “¿también nosotros tenemos grandes visiones e impulsos?…, ¿vuela alto nuestro sueño?, ¿nos devora el celo?… ¿O, en cambio, somos mediocres y nos conformamos con nuestras programaciones apostólicas de laboratorio?”. Son preguntas que deben interpelarnos a todos: obispos, sacerdotes, padres de familia, intelectuales, periodistas… ¿De qué sirven nuestras programaciones si no nacen de ese deseo sin el cual “no se va a ninguna parte”? No es difícil descubrir si una persona o una comunidad viven de este deseo o se alimentan artificialmente en cualquier laboratorio.

El Papa lo ha repetido hasta quedarse ronco: “la fuerza de la Iglesia no está en ella misma y en su capacidad de organización, sino que se oculta en la aguas profundas de Dios. Y estas aguas agitan nuestros deseos, y los deseos ensanchan el corazón”. Profunda corrección para muchos componedores de programas de reforma, de izquierda o de derecha. Sólo quienes estén dispuestos a sumergirse en estas aguas con el corazón lleno de deseos podrán aportar algo nuevo, podrán abrir brecha, podrán dibujar nuevos caminos en este momento en que la maleza del nihilismo parece anegarlo todo, al menos en nuestra vieja y cansada Europa.

A Pedro Fabro, casi un desconocido para el gran público español, le devoraba el intenso deseo de comunicar al Señor. Su vida fue una constante aventura que le llevó a recorrer casi siempre a pie, en espíritu de obediencia, todos los caminos de una Europa dividida y malherida, para “dialogar con todos con dulzura y anunciar el Evangelio”. Y aquí Francisco repite otra de sus insistencias: “el Evangelio se anuncia con dulzura, con fraternidad, con amor, no a base de bastonazos”. Y no porque los interlocutores sean mansos y hospitalarios, los de Fabro con frecuencia no lo fueron. Simplemente porque Jesús lo ha hecho así, porque no hay otro camino para “ganar” el corazón humano, que pese a todas las terribles apariencias, espera y desea secretamente poner rostro y nombre a la “x” por la que suspira, o contra la que suicidamente blasfema.

Y si después de todo nosotros, católicos de esta hora, sea cual sea nuestra responsabilidad y encargo, no tenemos aquel mismo deseo que embargaba a Pedro Fabro, mejor que paremos el carro. Como dice Francisco, entonces necesitamos detenernos en oración y, con fervor silencioso, pedir al Señor, por intercesión de nuestro hermano Pedro, que vuelva a fascinarnos: esa fascinación por el Señor que llevaba a Pedro a todas estas «locuras» apostólicas. Y no hay otro plan ni otra fórmula, por más que nos empeñemos.

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