Sapos king size

En España y algunos países de Hispanoamérica, existe una gráfica expresión para describir el hecho de tener que soportar o aceptar una situación o circunstancia muy desagradable y que genera fastidio y rabia: tragarse un sapo. La metáfora del sapo me parece muy acertada, no sólo por el aspecto y textura especialmente asquerosa del feo batracio, sino por su carácter simbólico. Cirlot explica en su célebre Diccionario de Símbolos que “el sapo es la antítesis de la rana”, partiendo de que ésta es, según el arquetipo jungiano, “una anticipación del hombre”; de ahí la prototípica imagen del príncipe o princesa que se esconde bajo la apariencia de rana, y sólo desvela su verdadera naturaleza humana tras un beso de amor.
La operación especial de “liberación” de Venezuela ejecutada por la administración Trump ―bajo la excusa de desmantelar el Cartel de los Soles, supuesta súper-élite chavista que dominaría el país―, ha resultado en la confirmación de Delcy Rodríguez, lugarteniente del depuesto presidente Maduro, como única interlocutora válida con Estados Unidos, así como la del entorno negociador e intermediador con el régimen dictatorial bolivariano del ex-presidente español José Luis Rodríguez Zapatero (los sapos). Todo ello en detrimento de la líder de la oposición democrática venezolana, Maria Corina Machado y el ganador (no reconocido por el oficialismo chavista) de las últimas elecciones, Edmundo González (las ranas).
La razón esgrimida por Trump y sus portavoces para no contar con la última galardonada con el Premio Nobel de la Paz no ha podido ser más clara y explícita: a Estados Unidos la democracia liberal en Venezuela le importa entre nada y cero; lo único que le preocupa es acelerar la expulsión de los agentes cubanos, rusos y chinos del país y asegurarse que las autoridades venezolanas van a implementar todas las medidas necesarias para que las empresas estadounidenses puedan explotar en solitario los inmensos recursos naturales de Venezuela. Ya si eso, todo lo demás se dará, o no, según convenga graciosamente a Trump, por añadidura.
Haciendo completa abstracción de la flagrante violación del Derecho Internacional del ataque de Estados Unidos ―que a nadie en la derecha sociológica española parece inquietar, aunque sea un poquito―, lo cierto es que la designación por Trump de Delcy Rodríguez como interlocutora legítima en lugar de María Corina Machado es un sapo que tragar de dimensiones tan colosales para las derechas españolas, que los opinólogos del establishment se han tenido que apresurar a diseñar una alambicada explicación para justificar la nueva “jugada maestra” del movimiento MAGA: resulta ahora que Venezuela sería un país como Siria, Libia o Afganistán, incapaz de desarrollar por sí mismo una transición pacífica a la democracia, y que el mantenimiento del régimen chavista sería un mal menor necesario para evitar que Venezuela devenga en un Estado fallido.
Lo increíble de este frame político (diseñado a posteriori y ex profeso) es que no sólo pasa por alto la violación del orden internacional o el fin verdadero de la operación estadounidense (el control geoestratégico de los recursos venezolanos en la pugna global contra China), sino que parte de un análisis sociológico y político de Venezuela que no sólo es falso, sino que es profundamente racista y elitista: los venezolanos serían, a los ojos del trumpismo, gente “fea” e incivilizada, una sociedad que carecería de una masa crítica ciudadana que pueda gobernarse por sí misma sin la tutela militar de un gobierno fuerte que no se aparte un milímetro del dictum de sus nuevos amos.
Que la derecha patria esté comprando este relato es algo difícil de digerir. Toda la cháchara sobre la Hispanidad y la hermandad con los pueblos iberoamericanos se ha mostrado en toda su crudeza como un vulgar artefacto esteticista, que ha cedido con suma facilidad al primer pequeño empujón que ha venido del corazón del Imperio. Todo ello por no tener el coraje de llamar a las cosas por su nombre: que Donald Trump es un matón al que no le importa lo más mínimo relacionarse con la cruel y psicópata dictadura bolivariana mientras que ésta satisfaga a pies juntillas sus intereses económicos, y al que las libertades políticas y la sed de justicia de los venezolanos le parece un tema absolutamente menor, cuando no prescindible. Y todo ello bien para no molestar al patrocinador y financiador del chiringuito, en el caso de Vox; o por un enfermizo deseo de diferenciarse a toda costa del “pérfido” Sánchez, en el caso del Partido Popular.
La mansa aceptación por las derechas patrias de la puñalada trapera de Estados Unidos a la oposición democrática venezolana mucho me temo que inaugura un inexorable proceso de ensanchamiento bucal para poder ir tragando sapos cada vez más grandes, king size. La democracia liberal, junto con la legalidad internacional, parece ir camino de la irrelevancia, como precio a pagar gustosamente para no perder los favores de los nuevos amos del mundo ―domina ahora la ola de la derecha nacional-populista, pero en el futuro podrá ser perfectamente cualquier nuevo mesianismo de izquierdas―. Lo que me parece aterrador de la justificación por las derechas del statu quo chavista por la administración Trump, es que es expresión de la normalización de un generalizado estado psicológico de miedo y resentimiento, en cuyo contexto no hay recato alguno en alegar la (siempre necesaria) prudencia política ―identificándola tramposamente con una cínica real politik― para justificar los caprichos e intereses del poder de turno; casi la única agarradera que parece quedar ante un mundo cuya deriva se percibe cada día más hostil y extraño.
Luis Ruíz del Árbol es autor del libro «Lo que todavía vive»
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