Racismo a la americana

Mundo · Lorenzo Albacete
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24 julio 2013
He visto Jesse Jackson llorar, he visto el reverendo Jesse Jackson llorar en la televisión. Fue la noche en la que Barack Obama fue elegido presidente de los EEUU y le he visto llorar en televisión sin ningún esfuerzo por controlarse.

He visto Jesse Jackson llorar, he visto el reverendo Jesse Jackson llorar en la televisión. Fue la noche en la que Barack Obama fue elegido presidente de los EEUU y le he visto llorar en televisión sin ningún esfuerzo por controlarse.

¡Un negro ha sido elegido Presidente! No lo podía creer. Los sondeos antes de las elecciones indicaban esta posibilidad, pero para los veteranos de las grandes batallas por los derechos civiles de los años 60 y 70 era algo casi inconcebible. Jesse Jackson, entonces un joven que iniciaba su vida de adulto, estaba presente al inicio de la batalla contra la segregación. Jesse Jackson tiene casi mi edad, aunque no me ha sido nunca posible participar personalmente en esos grandes eventos, he apoyado esas batallas en la medida de mis posibilidades.

Recuerdo cuando, hace algunos años, me encontré con Jesse Jackson en la sacristía de una iglesia católica, con las vestiduras de predicador protestante, preparado para predicar una Misa para los manifestantes que querían trasladar una base de la marina militar de Puerto Rico. Me acuerdo como me he sentido al estar en con un hombre que estaba sobre el balcón del motel en Memphis, cuando fue asesinado Martin Luther  King Jr. Estaba ante un testigo de un proceso que constituía una experiencia formativa para muchos de nosotros.

En la noche en que Barack Obama fue elegido Presidente, yo vi llorar al reverendo Jesse Jackson. No hay ninguna duda de que lloraba porque la victoria de un afroamericano era más de lo lejanamente imaginable siquiera un decenio antes. Probablemente ha pensado: “¿Qué más es posible?¿Podemos osar con soñar que ha empezado el final del racismo americano?”

Hace unos días he vuelto a ver lágrimas en los ojos de Jesse Jackson y en su voz se notaba tristeza, incluso como rabia reprimida. Le habían dado la respuesta acerca de la profundidad del racismo americano. Presidente afroamericano o no, incluso después de la inesperada reelección de Obama, el racismo no ha desaparecido del corazón de muchos americanos. La falta de conversión y arrepentimiento ha sido, por el contrario, cubierta por una “honestidad política”.

Cuanto ha sucedido lo resume así Politico: “George Zimmerman ha sido declarado no culpable de homicidio de segundo grado por la muerte de Trayvon Martin por un jurado de Sanford, Florida. Zimmerman había sido acusado de homicidio de segundo grado, pero el jurado podría haber elegido la acusación de homicidio involuntario, en un caso de relieve que ha atraído la atención de toda la nación. El jurado, compuesto por siete mujeres, ha deliberado durante más de 15 horas en dos días”.

El proceso ha sido complicado y técnico, a menudo parecido a un juego entre los brillantes abogados, para dar gusto a los medios de comunicación. Casi se han olvidado los dos jóvenes cuya vida ha cambiado con aquel encuentro el 12 de febrero de 2012, cuando el joven negro fue golpeado hasta su muerte por el aspirante a policía blanco.

De todas formas, el contexto del caso es bastante notable. Yo querría solo destacar que si la joven víctima hubiera sido blanca (o vestida de otra manera) quizá no se habría asustado Zimmerman hasta matarlo. Trayvon ha muerto porque era negro.

Jesse Jackson, junto a los demás líderes del movimiento por los derechos civiles han aparecido en los medios y en Internet para pedir calma. La causa de los derechos civiles no se ha acabado y la victoria acaba de empezar.

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