Quiero ser francés, pero no republicano

Mundo · Fernando de Haro
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17 noviembre 2015
En este momento todos somos franceses, todos queremos –menos mal- estar cerca de un pueblo que ha sufrido el terrible golpe del terrorismo. El blanco, el azul y el rojo son nuestros colores. Notre Dame y la Torre Eiffel nuestros símbolos. La sangre vertida es nuestra sangre.

En este momento todos somos franceses, todos queremos –menos mal- estar cerca de un pueblo que ha sufrido el terrible golpe del terrorismo. El blanco, el azul y el rojo son nuestros colores. Notre Dame y la Torre Eiffel nuestros símbolos. La sangre vertida es nuestra sangre.

Pero otra cosa es diferente es que queramos ser todos republicanos franceses. La culpa de lo sucedido es solo de los terroristas. Pero el modelo que la república francesa ha utilizado para hacer frente a los problemas que están en el origen del yihadismo y el modo en el que está haciendo la guerra no son una buena referencia.

Francia ha desarrollado un modelo de integración que no ha funcionado. Es un modelo que ofrece como referencia para la vida en común los valores forzosamente laicos de la república. Al final solo queda el individualismo y la soledad. Se han privatizado forzosamente las propuestas de sentido y las experiencias religiosas. De este modo, los jóvenes que viven en las periferias, que buscan un significado, no encuentran más que abstracciones y una cultura del consumo. Francia, como toda Europa, parece sin fuerzas para hacer una propuesta que sea alternativa a la ideología vviolenta. La única respuesta ha sido lo que algunos denominan “una sagrada nada”, valores cívicos que se han quedado huecos, sin un sujeto que los mantenga en pie. La cruz, la media luna y la estrella de David no pueden ser exhibidas en público de forma ostentosa. La igualdad, la fraternidad y la libertad no tienen rostro.

Lo ha explicado con claridad el sociólogo Wieviorka: hay dos procesos que han contribuido a elaborar la radicalización islamista en Francia y en otras partes, sobre todo Bélgica. “Uno -sostiene el sociólogo- se refiere al fracaso de la integración de los hijos de inmigrantes que han vivido el paro, la exclusión social, la crisis de las banlieues, el racismo y que, sin haber hallado un ámbito en la modernidad occidental, le profesan un odio inextinguible”. “El otro proceso atañe a la búsqueda de sentido –añade Wieviorka-. Puede concernir a jóvenes procedentes de sectores integrados de la sociedad deseosos de dar un sentido a su existencia, en desacuerdo total con la cultura del consumo. La falta o la pérdida de sentido en las sociedades europeas, pero también musulmanas -Túnez, por ejemplo- son asumidas de forma fanática por el islamismo radical de grupos terroristas (Al Qaeda) y del proto-Estado que es el Estado Islámico”.

Y luego está el modo de hacer la guerra. Lo ha dicho claro Sarkozy: el Gobierno de Hollande ha errado en su manera de combatir al Daesh. En lugar de sumarse a los esfuerzos ya en marcha ha preferido actuar por su cuenta. Se ha negado además a contar con el apoyo de Bashar Al Ashad, el líder del actual régimen sirio. Es una condición de realismo, sin el que la guerra no se puede ganar. No estaría mal tampoco que Francia revisara su política de venta de armas en Oriente Próximo.

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