Pontevedra como metáfora

España · José Luis Restán
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23 febrero 2016
“Persona non grata”. El dedo acusador del poder señala y coloca en la diana. La crítica libre y el debate abierto se transforman en exclusión sectaria, y no sólo en las instituciones políticas sino en la ciudad, en tu ciudad. Le ha sucedido al presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy, en Pontevedra, la ciudad en la que ha crecido y se ha formado, y a la que ha servido en diversas responsabilidades, siempre con dignidad. La causa inmediata de esta forma de “odio institucional”, decretada por la mayoría que gobierna el ayuntamiento, ha sido la decisión del Consejo de Ministros de prorrogar el permiso de funcionamiento de una planta de celulosa situada en la ría de Pontevedra. 

“Persona non grata”. El dedo acusador del poder señala y coloca en la diana. La crítica libre y el debate abierto se transforman en exclusión sectaria, y no sólo en las instituciones políticas sino en la ciudad, en tu ciudad. Le ha sucedido al presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy, en Pontevedra, la ciudad en la que ha crecido y se ha formado, y a la que ha servido en diversas responsabilidades, siempre con dignidad. La causa inmediata de esta forma de “odio institucional”, decretada por la mayoría que gobierna el ayuntamiento, ha sido la decisión del Consejo de Ministros de prorrogar el permiso de funcionamiento de una planta de celulosa situada en la ría de Pontevedra. En realidad se decreta para el PP (partido ampliamente mayoritario en Galicia, y segundo en las preferencias de los vecinos de Pontevedra) la condición de apestado.

Es cierto que la presencia de la papelera ENCE en la ría ha suscitado ásperos debates. Su continuidad era fuertemente demandada por quienes subrayan los ochocientos puestos de trabajo directos que genera en una ciudad muy golpeada por el paro, así como los cinco mil que se derivan de su actividad en el conjunto de la comunidad gallega. Entre otros, el sindicato CCOO, nada sospechoso de connivencias con el PP, había reivindicado su continuidad. Por el contrario, diversos grupos sociales y políticos venían reclamando su desmantelamiento debido a los daños ecológicos que según ellos provoca. Hasta ahí los términos de un debate normal, incluso lógicamente acalorado, que puede tener lugar en cualquier ciudad de un país normal.

La tensión entre cuidado ambiental y generación de empleo se plantea con frecuencia en nuestra sociedad y debe resolverse con diálogo, negociación y en el marco de las leyes. Leyes que, por cierto, se han vuelto por fortuna mucho más exigentes en lo que se refiere al impacto ambiental. La papelera puede ser antipática para muchos vecinos, pero su funcionamiento se atiene a las leyes españolas y europeas. En todo caso parece imposible que la controversia desemboque en un disparate como el que se ha sustanciado en el consistorio pontevedrés.

Pero no. Tras las últimas elecciones municipales, los nacionalistas del BNG (la fuerza más votada), el PSOE y Marea (una de las marcas de Podemos) han conformado un frente de izquierdas que gobierna la ciudad. Lo curioso es que la iniciativa de decretar “persona non grata” al presidente Rajoy fue presentada precisamente por los socialistas, de los que cabía esperar (¿cabía?) sensatez, sentido de Estado, y más aún, responsabilidad cara a la convivencia. El propio desarrollo del Pleno en que se votó la resolución ha evidenciado la fractura social, que no ha provocado arrepentimiento en sus promotores, ya que se trataba de demonizar al adversario convirtiéndolo en una especie de monstruo al que no basta derrotar políticamente, es preciso empujar extra muros: persona non grata.

El socialista vasco Teo Uriarte acaba de publicar un nuevo artículo que se titula “El espacio destruido”, en el que acusa al PSOE de haber convertido el rechazo a la derecha en su casi única seña de identidad: “estamos asistiendo a la recreación de aquella marea ideológica sectaria que desde la izquierda socavó la II República”. El espacio destruido al que se refiere Uriarte es aquel que los españoles tejimos con esfuerzo y generosidad a finales de los años 70 y que se plasma en nuestra Carta Magna. Y me pregunto: ¿tendrá Pontevedra algo que ver con el juego banal que se desarrolla estos días cara a la investidura de Pedro Sánchez? ¿No levantaremos la voz para defender ese espacio que nos ha guarnecido, que ha facilitado nuestro encuentro y nuestra conversación, antes de que los demoledores lleven a cabo su tarea?

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