Ojos que no ven

Cultura · PaginasDigital
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24 febrero 2014
Quitan altanería los caminos, le había dicho una mañana su padre...

Mira, Felipe, mira qué esplendor, recordaba que le decía su padre con el tono certero que cabía imaginar y lleno además de un asombro que él había querido transmitir también a sus hijos como si eso, el tono, el tono del asombro, pudiera figurar entre lo mejor de una herencia.  

La novela de González Sainz nos sacude entre dos mundos. El primero, dominado por “el tono del asombro”, es el que une a Felipe Díaz Carrión con su pueblo natal, con su padre y con lo más auténtico de la existencia: el bien, la belleza y la verdad. El segundo, más que un mundo, parece la desaparición del mundo propiamente humano. ¿Puede la realidad perder todos sus contornos reconocibles? ¿Pueden los otros perder la condición de compañeros para convertirse en meros extraños o, peor aún, en enemigos radicales? González Sainz nos adentra (desde los ojos de Felipe Díaz, ojos que ven y que no quieren dejar de ver) en este escenario aterrador, indeseable y extraño, que en el fondo no es nada más ni nada menos que el escenario de toda ideología y, más en particular, de esa que durante décadas ha cegado a miles de españoles.  

Felipe Díaz Carrión conocía a la perfección su entorno familiar, pero no se había cansado de él, ni mucho menos lo odiaba. Lo amaba y le hacía sentirse enormemente feliz. El camino que recorría día y noche en paseos interminables “era su fuerza y su temple en la vida, era la índole de su inclinación hacia el mundo y también de su desaparición de él”. “Quitan altanería los caminos, le había dicho una mañana su padre, quitan importancia a lo que no la tiene para dársela, pero ya de una forma más resignadamente sensata, a lo que de veras la tiene”. Cuando las circunstancias económicas le obligan a marcharse con su familia a una ciudad del norte, acaba convirtiéndose en un “hombre de cuneta, un hombre de arcén”, rodeado de impersonalidad y avasallado por ella: palabras y silencios huecos que se lanzan con odio, huchas con dinero en el bar de la esquina para no sé qué presos, miradas de desconfianza y amenaza. Felipe ve atónito e impotente cómo hasta su propia mujer e hijo se abandonan en manos de consignas para acabar abandonándolo a él.    

Pero él, sin proponérselo, sin pensarlo siquiera a decir verdad, sin ponderar ni contrapesar ni tener en cuenta nada que no fuera lo que él llamaba, con palabras que a lo mejor le veían un poco grandes, lo absolutamente irrenunciable y sin excusa alguna que valiera, perseveró allí como perseveran los árboles y las plantas y a veces, aunque sólo a veces, perseveran también algunas personas. Si la violenta impersonalidad de la ideología genera escalofríos y extrañeza, la soledad llena de dolor y dignidad de Felipe Díaz nos hace llorar, y nos devuelve al mundo, al deseo de habitar un mundo verdaderamente humano, a la voluntad de no marcharnos jamás de él.      

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