Editorial

Obama Premio Bush

España · P. D.
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3 octubre 2013
Obama parece encadenado a su primera campaña electoral, la del We can, la que hizo de él una promesa de la “política bonita”.  Era entonces un hombre joven y  aquella experiencia y el deseo de gustar a todos parece haber marcado su carácter. Solo eso explica su decisión (no-decisión) de intervenir en Siria. Tanto el anuncio de que va a bombardear como el hecho de que el ataque esté sometido a la aprobación del Congreso y del Senado quizás responden a una necesidad de estima que puede  tener consecuencias nefastas.

Obama parece encadenado a su primera campaña electoral, la del We can, la que hizo de él una promesa de la “política bonita”.  Era entonces un hombre joven y  aquella experiencia y el deseo de gustar a todos parece haber marcado su carácter. Solo eso explica su decisión (no-decisión) de intervenir en Siria. Tanto el anuncio de que va a bombardear como el hecho de que el ataque esté sometido a la aprobación del Congreso y del Senado quizás responden a una necesidad de estima que puede  tener consecuencias nefastas.

El actual presidente de los Estados Unidos fue aupado a la Casa Blanca por el rechazo a  la gestión de Bush. Se presentaba como la alternativa a la polarización del republicano, como el hombre que iba a corregir los desmanes que habían provocado los neocon en Washington. Pero en este segundo mandato se ha hecho evidente que Obama más que un cambio  ha protagonizado una reacción dialéctica.  Y las reacciones siempre se parecen mucho al original. La fractura interna que dejó la presidencia de derechas se ha visto aumentada por una polarización liberal. La presión que ha ejercido el presidente sobre el Supremo para que diera vía libre al matrimonio homosexual es un ejemplo. Otro es cómo ha querido convertir la reforma sanitaria en una herramienta para limitar la libertad de conciencia y la libertad religiosa, imponiendo criterios radicales.

La política de Bush en Oriente Próximo fue un desastre. Especialmente por la segunda Guerra del Golgo, que no estuvo justificada, que no tuvo estrategia de reconstrucción nacional y que empeoró más las cosas. Los asesores instalados en Washington llegaron con una teología política debajo del brazo poco realista  que distinguía poco entre islam y yihadismo.  Obama traía esperanzas de aires nuevos  también para Oriente Próximo. Pero su fracaso es notorio. En esta caso no hay una “doctrina fuerte” detrás de sus actuaciones. Su predecesor tuvo mal criterio. Obama no lo tiene. La retirada de Afganistán iba estar acompañada de una negociación con el talibán que no se ha producido. La salida de Iraq ha dejado al país sumido en guerra civil entre sunníes y chiíes. Las conversaciones de paz en Tierra Santa, propiciadas por Kerry, no prosperan porque Israel se niega a frenar los nuevos asentamientos en Cisjordania.

Y ahora Siria. La guerra comenzó hace más de dos años. Ha habido ya 100.000 muertos, 4 millones de desplazados y 2 millones de refugiados. Y solo tras el ataque químico, pendiente de confirmar por la ONU, Obama decide que hay que intervenir. Si se confirma la muerte de 1.500 personas sería una tragedia. Pero no se entiende porque ahora y no antes. Obama pensó hace unos días que era la ocasión para hacer historia. De hecho en su discurso en los jardines de la Casa Blanca habló del compromiso moral de Estados Unidos con la dignidad humana.  Pero en poco tiempo se ha hecho evidente que no  tiene apoyo de la comunidad internacional ni  la mayoría de la opinión pública,  lo que explica el paso atrás. La autorización del Congreso no será fácil de conseguir.

En los últimos días muchas han sido las voces que han subrayado que el ataque sería contraproducente. No hay nada ideado a medio plazo. Se trata solo de lanzar algunas bombas. ¿Apoya Obama al bando rebelde de mayoría sunní por la alianza de Estados Unidos  con Arabia Saudí? ¿Se pone Estados Unidos del lado de Assad para frenar la fuerza del chiísmo –aliado del régimen sirio- y para pararle  los pies a Irán? Lo más probable es que ni siquiera la Casa Blanca tenga esas intenciones. A lo peor es sólo imagen.

Assad es un tirano sin escrúpulos. Pero la victoria del bando rebelde podría suponer algo peor porque la oposición está trufada de islamismo radical.

Este domingo en ABC el judío Juaristi,  en un artículo titulado “Cristianos”,  aseguraba que la gran obligación de Europa en este conflicto, como en otros, es proteger a la minoría cristiana. La política teocon de Bush, alimentada de un cristianismo abstracto, tuvo consecuencias muy perniciosas para los cristianos reales. La política errática de Obama puede agravar la situación de esos  cristianos reales en Siria. Desde que comenzó la guerra ha sido una de las minorías que más han sufrido. Han sido secuestrados y asesinados por el mero hecho de estar bautizados. Centenares de miles han abandonado el país. Siria y Oriente Medio se quedan sin cristianos, se quedan sin el testimonio de una fe que se expresa en caridad, que fomenta la necesaria laicidad en la zona.

Quizás Obama podría devolver el Premio Nobel de la Paz, crear un Premio Bush y ser el primero en recibir el galardón.

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