IGLESIA EN LA POLIS

Nuestra tarea: LA VERDAD DE LA PERSONA

España · PaginasDigital
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3 enero 2014
Las palabras del Cardenal-Arzobispo de Madrid, Antonio Mª Rouco Varela, en la Misa de la Sagrada Familia del pasado diciembre, hicieron traer a mi mente todo lo que yo había vivido de niño y de joven: el calor del hogar en una familia numerosa, donde nuestros padres nos inculcaban el amor a Dios y a la Virgen; el ambiente de los clubes católicos juveniles masculinos, donde nos enseñaban “el valor de la pureza” y la necesidad de establecernos un “plan de vida” espiritual para crecer en la fe; los grupos de confirmación de la parroquia, los movimientos asociativos católicos para luchar contra el aborto y a favor de la vida…¿qué más yo podía pedir?. Durante aquel período, siempre había pensado que todo esto sería respuesta suficiente a los desafíos de un ambiente que ya empezaba a contestar a la herencia católica heredada de nuestros padres.

Las palabras del Cardenal-Arzobispo de Madrid, Antonio Mª Rouco Varela, en la Misa de la Sagrada Familia del pasado diciembre, hicieron traer a mi mente todo lo que yo había vivido de niño y de joven: el calor del hogar en una familia numerosa, donde nuestros padres nos inculcaban el amor a Dios y a la Virgen; el ambiente de los clubes católicos juveniles masculinos, donde nos enseñaban “el valor de la pureza” y la necesidad de establecernos un “plan de vida” espiritual para crecer en la fe; los grupos de confirmación de la parroquia, los movimientos asociativos católicos para luchar contra el aborto y a favor de la vida…¿qué más yo podía pedir?. Durante aquel período, siempre había pensado que todo esto sería respuesta suficiente a los desafíos de un ambiente que ya empezaba a contestar a la herencia católica heredada de nuestros padres.

Sin embargo, hoy sigo constatando que no es así: la sociedad no es que haya cambiado, es que se ha transformado radicalmente. Y no hablo sólo de “los de fuera”: a nivel familiar y eclesial, también hemos cambiado. La vida nos pesa, las relaciones familiares son, en muchos casos, muy arduas (sentir una extrañeza con relación a tu propia familia no es nada infrecuente) y superficiales; raro es quien no conozca a algún miembro de la comunidad que esté separado o divorciado…Si esto sucede entre nosotros, los cristianos, aún mayor es en la sociedad, donde el hecho religioso ni siquiera es referencia estética en la cultura dominante.

¿Cómo se ha llegado a esta situación?.¿En qué medida somos responsables los católicos de esta secularización y de la crisis social y política de nuestro tiempo?. Yo creo que el hecho de dar por supuesto la verdad sobre el hombre y su naturaleza de ser social; el dar por supuesto el origen de la relación hombre-mujer; el dar por supuesta la naturaleza del matrimonio y la vocación al mismo y a la paternidad (vocación dentro de la vocación); dar por descontada la verdad sobre la relación entre la persona, la comunidad y el Estado es el origen de un cansancio que percibo dentro de la realidad eclesial española. La realidad es que, frente a estos desafíos, los católicos en España cuando no vivimos de una euforia efímera por el hecho de que salimos a la calle (sutilezas del poder) tenemos miedo: nos agarramos como clavo ardiendo a esta  “defensa a ultranza” que parece provenir más de un cierto esquema sociológico de la fe y de la familia (a la que hemos acomodado nuestra existencia) que de una confrontación con nuestra experiencia.

Las declaraciones de Mons. Reig Pla, Obispo de Alcalá de Henares (“Nunca ha sido tan maltratada la familia natural por las leyes en España como hasta ahora”), o las del propio Arzobispo de Madrid (”Se ha legislado de tal modo que a la familia se le ponen obstáculos en sus aspectos básicos; no se le facilita que crezca, que se desarrolle, que supere las dificultades que vienen por crisis gravísimas(…)”) son síntoma de un cansancio en la comunidad cristiana. ¿Será que no hemos madurado en la certeza de la Belleza que hemos encontrado?¿Será que conocemos las normas cristianas, pero no conocemos aún la potencia de Aquél que es capaz de algo tan imposible humanamente como la fidelidad del para siempre?. Yo me reconozco en este cansancio: cuando Cristo me falta, todo se me hace gris y la persona que es signo privilegiado de Su Presencia (mi mujer) se me hace insoportable porque no veo más que el ´rival a batir´. Necesito ser rescatado por el rostro de Cristo, visible a través de la compañía de sus Testigos en la Iglesia.

También reconozco, ya desde hace años, que estamos con el manido recurso a la fórmula de denunciar los males de nuestro tiempo como pretexto para “echar balones fuera”, de una resistencia a convertirnos y a hacer un difícil pero imprescindible examen de conciencia para asumir nuestra responsabilidad personal y ante el mundo. Por eso, y como me reconozco hijo de la Iglesia, cuya maternidad también pasa por nuestros pastores, me sigue desconcertando cómo la mayoría de nuestros obispos en España realizan, a mi juicio, una lectura incompleta de nuestra realidad social, haciéndose eco, además, de una mentalidad estatalista que lleva a pensar que la familia depende, para su crecimiento, de las subvenciones y ayudas estatales o autonómicas, como si éstas  fuesen condición sine qua non para vivir la propia realidad comunional que supone el matrimonio y la familia. Suponen, además, seguir el juego del lobbying importado de Estados Unidos (frente al lobby gay o pro-choice, se alzaría el lobby pro-familia y pro-vida), lo cual es un craso error de concepto.

Para el crecimiento de la persona (si no se interioriza este Permiso, Gracias, Perdón que lleva a que la persona es lo primero, la familia puede ser otra institución burguesa o comuna utópica donde el sujeto no crece, sino que es anulado), la familia es parte esencial en la búsqueda de la verdad de su ser concreto. En ella, aprende a confrontarse con lo que le rodea porque es sostenido y acogido tal como es. Si esto no es así, no se construye la persona; y, por tanto, ni crece la familia ni se fortalece la sociedad ni se hace posible la subsidiariedad.  Sólo cuando hay familia donde la persona se reconoce, se construye la sociedad y, por ende, se fortalecen los cuerpos intermedios, y las instituciones y el Estado aprenderían a desempeñar su verdadera función de apoyo y no sustitución de la iniciativa social. ¿Cómo nacieron las grandes civilizaciones de la Antigüedad (Egipto, Mesopotamia, Grecia y Roma)?. ¿Y los grandes reinos de la Europa medieval?. ¿Y los santos que ha dado la Iglesia al mundo?

 

Pero, ¿es que la Iglesia no ha educado en esto? ¿No ha estado defendiendo la familia como núcleo básico, criticando la banalización de la sexualidad, el divorcio y el aborto?”. Me atrevo a decir que no. Prueba de ello es que, a pesar de la obsesiva reiteración de las denuncias a la banalización de la sexualidad y al hedonismo, la realidad es tozuda y nos muestra una falta de valentía entre nosotros a la hora de afrontar estas cuestiones: ¿por qué hay tantas separaciones y divorcios, incluso dentro de la Iglesia?¿qué hemos hecho para que, incluso entre nosotros, haya disminuido nuestra certeza de ser amados?¿Acaso no hemos descuidado el acompañar a aquellos que, por diversas circunstancias, se han separado o han visto anulado su matrimonio?¿No habremos descuidado el hecho de que, antes que los hijos, están los esposos y que la paternidad es una vocación dentro del matrimonio?. ¿Son los cursillos prematrimoniales una herramienta de discernimiento para una decisión vital o, por el contrario, se trata de una máquina expendedora de licencias matrimoniales?. ¿Por qué no se comunica la verdad completa del matrimonio como amor esponsal del que emana todo lo demás? Porque resulta más cómodo hacer política y salir en los medios pidiendo ayudas a la familia y denunciando los males de la sociedad que coger el verdadero toro por sus cuernos. Es mucho más rápido repetir viejas fórmulas,  dar clases teológicas magistrales  y estar en titulares solicitando que se dé carta de naturaleza de un catolicismo sociológico que esforzarse por dar un acompañamiento real a los matrimonios y a las familias (con o sin hijos). Sería un buen comienzo hacerse eco de la misericordia que nos pide el Papa Francisco y abandonar ciertas obsesiones enfermizas por el sexo (¡ah!, las famosas ´charlas de pureza´ de nuestros clubes juveniles, que no transmitían más que miedo a pecar (a masturbarse, a tener relaciones con chicas, a mirar revistas porno,..miedo a caer y luego a confesarse). Tal vez empezando por educar en que la persona es  toda una y que es razón y afectividad sea el antídoto que nos permita mirar la Belleza de nuestro propio cuerpo sin escandalizarnos. Empezaríamos a tratarnos como Dios manda.

Cuando oigo achacar a los obispos de conservadores, me ha venido a la mente siempre ese concepto de conservador como alguien que custodia y transmite una traditio de una forma que la hace viva y, al tiempo, nueva: consciente del tiempo en el que se vive y de pertenecer a una realidad viva. Quien conserva es quien transmite una experiencia sobre la verdad de cada uno de nosotros; una hipótesis capaz de afrontar los desafíos del mundo de hoy. El que conserva comunica una verdad y la verdad del matrimonio no son única y exclusivamente los hijos, sino la relación esponsal. No es que nuestros obispos españoles sean  conservadores (en el sentido que yo he dicho, ni mucho menos lo son), el problema es que comunican sólo doctrina. Necesitamos hacer experiencia carnal (con el sufrimiento que conlleva), para que la verdad no cristalice en doctrina sino que nazca de la carne. Ésta es nuestra tarea (como diría Mounier), no las proclamas ni los discursos, ni las apariciones en la prensa.

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