No hay lugar más bello en el mundo

Mundo · José Luis Restán
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5 noviembre 2013
Sí, ¿quién de nosotros no ha experimentado inseguridades, desorientaciones e incluso dudas en el camino de la fe? La pregunta de Francisco durante la Audiencia General del pasado miércoles ayuda a comprender qué es el cristianismo. Tener fe no es haber encontrado un mineral brillante que se coloca en una cajita, se etiqueta y se coloca en una vitrina para inspiración y consuelo.

Sí, ¿quién de nosotros no ha experimentado inseguridades, desorientaciones e incluso dudas en el camino de la fe? La pregunta de Francisco durante la Audiencia General del pasado miércoles ayuda a comprender qué es el cristianismo. Tener fe no es haber encontrado un mineral brillante que se coloca en una cajita, se etiqueta y se coloca en una vitrina para inspiración y consuelo. La fe es la relación dramática de nuestra humanidad con un hecho presente que pretende ser, ni más ni menos, el Dios que se ha hecho carne. Y eso desbarata cualquier esquema. La fe no es una posesión tranquila sino una relación dramática con Uno que se mueve, que te llama y te desconcierta. Es sencillamente lo que les sucedió a Abrahán y a Moisés, al Bautista, a Pedro y a todos los demás hasta llegar aquí y ahora.

Algunos han reducido el alcance del desafío del Papa como si se tratara de un juego intelectual: hoy creo en Dios, mañana no lo sé. El verdadero creyente sabe que aunque ya le ha encontrado, aún lo sigue buscando. Y no de una manera teórica. Cada mañana al levantarnos, frente a cada nueva circunstancia, ante el dolor y el amor, en la dicha del éxito y la desolación del fracaso surge de nuevo la pregunta: ¿qué quieres de mí, por qué me haces atravesar este valle oscuro, cuál es el sentido de este camino que abres ante mis ojos, por qué me lanzas a esta aventura cuando pienso merecer ya un puesto tranquilo junto al hogar?

Con sobria precisión ha hablado Francisco de la aventura de la fe, porque ciertamente lo es, como la vida. Una aventura para la que el Misterio no ha querido proveernos de  mapas ni manual de instrucciones. Sólo de la relación viva con Jesús que ha muerto y resucitado. Y esto sucede dentro de la misteriosa comunión que se llama Iglesia. Con mucha agudeza señala el Papa que la cultura del individualismo ha calado también entre los cristianos llevándonos a privatizar la experiencia de la fe, de modo que parece no tener que ver con los otros. Esta es una de las mentiras más devastadoras para la aventura de la que hablamos. Y sin embargo no hay nada tan consolador como saber que en esa aventura (en la fe, en la vida) nunca estamos solos.

Sería increíble que gentes tan diversas como Pedro, Mateo, Magdalena, Juan, y Pablo, profundamente separados por su carácter, formación y estilo de vida, hubiesen podido vivir una unidad que va mucho más allá de los vínculos de la carne y de la sangre. Su unidad nació de seguir a Jesús. La unidad de la Iglesia nace sólo de la fe, no de acuerdos y cambalaches. Y esta unidad nos rescata del cansancio, de la presunción y del olvido. Necesitamos, como ha dicho el Papa, el coraje y la humildad para pedir ayuda a los que caminan junto a nosotros, a los testigos que viven ese momento con la claridad de la fe que quizás nos falta a nosotros.

La Iglesia es esta gran amistad que recuerda la verdad de nuestra vida, que sostiene nuestra indigencia; es el testimonio recíproco de la caridad, la memoria incansablemente repetida de las maravillas que Dios ha hecho en nuestra vida. Un lugar donde, como decía San Pablo, los más fuertes llevan las cargas de los más débiles, un lugar donde siempre es posible curar las heridas, encontrar el perdón y comenzar de nuevo. En esta comunidad el Señor nos sostiene y al mismo tiempo, todos nos sostenemos recíprocamente. Juntos (porque Él está) podemos resistir a las tempestades y ofrecernos protección unos a otros. Nunca creemos solos, creemos con toda la Iglesia de todo lugar y de todo tiempo, con la Iglesia que, como recordaba Francisco, está en el cielo y en la tierra.

Por desgracia predomina hoy muchas veces, incluso entre los bautizados, una mirada torva sobre este lugar. Predomina la insatisfacción y el desencanto porque no se realizan nuestras propias imágenes y proyectos sobre la Iglesia, o porque otorgamos mayor peso a la traición de algunos que al Bien inmenso que en ella se nos comunica. Necesitamos, como diría Guardini, que la Iglesia despierte de nuevo en las almas, experimentar la alegría dulce y confortadora de estar unidos en Su Cuerpo, fuera del cual la fe degenera y se extingue. Lo necesitamos para poder vivir esta aventura.

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