Editorial

Más fuerte que la yihad

Editorial · Fernando de Haro
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25 octubre 2015
Al rayar el alba, en la puerta de Damasco, los vendedores ambulantes instalan sus tenderetes. Primero los de fruta y verdura. Tomates y plátanos a buen precio. Algunas mujerucas abren dos o tres bolsas y ofrecen por cuatro shekels (un dólar) un kilo de peras o de pepinos dulces. Luego llegan los vendedores de pan, pan muy especiado, pan de sésamo con sabor ahumado. Lo acompañan de huevos duros, huevos manchados. Es el mejor desayuno a la entrada de la Ciudad Vieja de Jerusalén.

Al rayar el alba, en la puerta de Damasco, los vendedores ambulantes instalan sus tenderetes. Primero los de fruta y verdura. Tomates y plátanos a buen precio. Algunas mujerucas abren dos o tres bolsas y ofrecen por cuatro shekels (un dólar) un kilo de peras o de pepinos dulces. Luego llegan los vendedores de pan, pan muy especiado, pan de sésamo con sabor ahumado. Lo acompañan de huevos duros, huevos manchados. Es el mejor desayuno a la entrada de la Ciudad Vieja de Jerusalén.

Aquí, a trescientos metros de la Explanada de las Mezquitas, donde estuvo el templo ampliado por Herodes el Grande, Mohammed, de 19 años, sacó un cuchillo para atacar a la patrulla de soldados israelíes que le pidió que se identificara. Los soldados dispararon y su cuerpo quedó sin vida sobre los adoquines de piedra blanca. Mohamed, borracho de odio, no vio a los panaderos que vendían pan de sésamo ni a las mujerucas que ofrecían pepinos dulces. Mohammed (19 años) y María Ángeles (22 años) tienen, en apariencia, poco en común. Si acaso la cercanía al Mediterráneo. Cada uno en su ribera. María Ángeles es del sur de España, de Almonte (Huelva) un pueblo de casas blancas, de pinos y de dehesa. María Ángeles vivía en uno de los sitos más bonitos que pueden soñarse, patria de la Blanca Paloma, trono del Rocío. María Ángeles, de familia católica, Mohammed, musulmán palestino, decidieron atravesar la raya roja, hacerse del partido de la nada, convertirse en terroristas: matar. María Ángeles hace un año era fan de un grupo de rock duro, ahora ha sido detenida por intentar unirse al Daesh. Se ha dejado captar por los yihadistas a través de internet.

Mohammed y María Ángeles son responsables de su decisión. Responsables hasta el final. Nunca nadie es “obligado” por las circunstancias a recurrir a la violencia. Mohammed y María Ángeles tienen amigos que viven en la misma condición y la inmensa mayoría no ha empeñado el cuchillo de la afrenta, no ha querido convertirse en novia o novio de la muerte.

De las “circunstancias” son responsables los adultos. Mohammed ha buscado, sin que se le pueda justificar, el “falso remedio” en el cuchillo (matar y morir) porque los yihadistas han ganado terreno en Palestina. Esos yihadistas han propagado por internet el rumor de que Israel quería modificar el estatus de la Explanadas de las Mezquitas, donde se asienta la Mezquita de Al Aqsa (el tercer lugar más sagrado del islam). En julio la policía judía entró en la Mezquita después de que algunos ultraortodoxos quisieran rezar en ese lugar que les está prohibido. Desde 1967 los judíos pueden orar en el Muro de las Lamentaciones, que está en la base de la Explanada, pero no hacerlo sobre ella. Hay una frontera invisible. Netanyahu ha tardado semanas en desmentir, lo hizo el pasado sábado, que se quisiera modificar el statu quo de la Explanada. Si lo hubiera hecho semanas antes quizás hubiera desarmado a los mayores enemigos de Israel: los extremistas que compiten con la Autoridad Nacional Palestina para quedarse con el alma de jóvenes como Mohammed.

Netanyahu y Mahmud Abás les han fallado a los jóvenes palestinos e israelíes. Netanyahu se ha echado en manos de los colonos y de los ultraortodoxos. De los que justifican una ocupación humillante de Cisjordania y un sistema de check points y de muros que empuja a los palestinos hacia la frustración. Mientras Cisjordania esté plagada de asentamientos, mientras los jeeps y los vehículos blindados patrullen con grandes banderas de Israel por una tierra que el derecho internacional dice que es de los palestinos, mientras muchos de ellos vivan tras muros y tengan que atravesar controles militares para salir de casa, mientras tengan que dar rodeos de kilómetros para volver, mientras los colonos sigan extendiendo sus barrios fortificados en su país, los extremistas lo tienen muy fácil. Del lado de Israel no quedan líderes con alturas de miras. Del lado palestino tampoco. Es lógico que los jóvenes miren con escepticismo a Mahmud Abás y a su gobierno. Su predecesor, Arafat, por cicatería, no quiso aceptar la oferta de los Acuerdos de Camp David II (2000). Abás no ha sabido materializar el contenido de los Acuerdos de Oslo (1993) y el Estado palestino no se ha hecho realidad. Cisjordania vive sepultada en la pobreza y el desgobierno, sufre una corrupción endémica y la población no ha visto el fruto de millones de dólares de ayuda internacional.

La responsabilidad de los adultos que rodean a María Ángeles no es menor, aunque sí más difícil de identificar. Esta joven española, como decenas de miles de europeos, quería hacerse terrorista para llenar el vacío que le llena el pecho. Los europeos exportamos a Oriente Próximo yihadistas que no han crecido en ambientes musulmanes (no se puede hablar de choque de civilizaciones). Podemos seguir haciendo llamamientos en favor de la regeneración moral del continente, pero no parece que tengan mucho eco. El aviso es claro: nuestros chicos y chicas se aburren y el tedio es de tal magnitud (del rock a la yihad), la desestructuración tan enorme y la ceguera tan oscura que algunos buscan en la violencia una salida. El asunto es demasiado serio para conformarse con soluciones penúltimas. No ven ni la belleza de la Puerta de Damasco ni la de Almonte. Habrá que aplicar todas las soluciones políticas, policiales y económicas necesarias. El peso de la ley (no el ajusticiamiento en media calle) debe caer sobre los que quieren cometer un asesinato. Pero más tarde o más temprano habrá que encarar el dilema final: o nos rendimos o les proponemos una belleza más radical que el nihilismo de los yihadistas.

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