Cambios en la ley del menor

Leyes ineficaces ¿para qué?

España · PaginasDigital
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29 julio 2009
La escritora Mercedes Salisachs, premio Alfonso X de novela histórica, por su último  libro Goodbye Spain, valora en páginasdigital la conveniencia de modificar la Ley del Menor. Dicen que hay que cambiar la ley del menor ¿Para qué? El castigo que puede afectarle será poco comparado con lo mucho que aumentará su necesidad de delinquir otra vez, gracias al contacto con otros delincuentes y a la falta total de ayuda moral de la que hoy día en España gozan los lugares de castigo, cárceles, reformatorios o centros de menores.

No; la ley del menor cambiada puede ser peor que un perdón injusto. Lo que debe cambiar urgentemente es "la ley del mayor". Es decir, la de los que aconsejan sin criterios sensatos;  los que consideran dar lecciones sexuales a niños y niñas desde puntos de vista vergonzosos; los que consideran que el sexo es un juego divertido cuyos riesgos, si se anulan, son beneficiosos; los que aseguran que matar fetos es lo mismo que matar una mosca y que permitir toda clase de obscenidades (anuncios, telenovelas, revistas pornográficas, internet indecoroso y propuestas violentas o cualquier barbaridad aceptada y aplaudida por los mayores) sabiendo que todo eso constituye la gran puerta abierta para que los menores  entren en el recinto de las aberraciones sin que tengan conciencia de lo que suponen las palabras ética, corrección moral y sensatez.

Seamos realistas: No son los niños los culpables de semejantes estropicios. Lo son los padres, los maestros y los políticos que creyéndose dioses, pretenden descaradamente anular la verdadera ley de leyes esculpidas en un pedrusco desde tiempos lejanos. Leyes que trataban de ayudar al ser humano a vivir en paz y ser un poco feliz.

Por eso son ellos los merecedores de castigo, por anular esas leyes y proponer desmadres a los niños que sólo pretenden jugar a "ser mayores" sin comprender que hoy día, los mayores pueden tener la mentalidad de un niño enfatuado por considerarse poco menos que un dios y que como tal, tienen derecho a derramar sobre la humanidad, porquerías peligrosas disfrazadas de placeres.

Basta ya de remiendos que nada remedian y mucho destruyen.  Basta de escuchar lamentos de padres normales desesperados y contemplar niños desorientados, envejecidos y asustados. Basta de enmendar planas con parches que pareciendo buenos son inhumanos,  destructivos e ineficaces.

El ambiente hiede a basura, a enfermedades mentales y a drogas. Por favor que los hedores sean perfumes; que las drogas dejen de ser rentables, que los seres humanos no actúen como bestias y que los que hacen las leyes no se apoyen en barbaridades tontas y destructivas para proponer leyes de cartón que, por ser tan arbitrarias, sólo servirán para fingir remendar lo irremediable.  

 

                                                                      

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