La verdadera revolución que tiene futuro

Mundo · José Luis Restán
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28 marzo 2012
A las tres de la madrugada salendos largas columnas de autobuses de la localidad de Matanzas rumbo a La Habana. Miles decubanos de la campiña en torno a la capital no van dormir esta noche paraencontrarse con el Sucesor de Pedro. Nos lo cuenta en la COPE el franciscanoconventual José García, originario de Toledo pero desde hace diez años en laisla para servir a aquellas comunidades. Es sólo un apunte entre mil, una notaen este hermoso pentagrama que han tejido con sus cantos, su alegría y sudevoción los católicos de México y de Cuba en este viaje recién terminado. 

Mientras, una parte importante dela prensa occidental sigue ciega y sorda para lo que en verdad sucede. Se notanla inseguridad, los palos de ciego, los parches a la información, los análisisde salón. Algunos hablan de oportunidad perdida (pero ¿desde cuándo Benedictoha significado para ellos una oportunidad?) y se detienen en las pequeñaspolémicas, pero no atisban (o no quieren mirar de frente) el revivir de unpueblo. Decía el gran Alberto Methol que Benedicto XVI podía comprender mejorque nadie el alma católica de América, y podía también por eso, ayudar a curarsus heridas y lanzarla a una nueva construcción.

Desde que su vuelo despegó deRoma, el Papa ha sabido mostrar cuál es la naturaleza del cristianismo y cuálsu incidencia histórica. Ese es un tema que ha atormentado a teólogos y líderessociales latinoamericanos desde mediados del siglo XX, una pasión que condemasiada frecuencia ha naufragado en los acantilados de la ideología o se hamarchitado en las playas del dualismo y la superficialidad. Pero¿cómo cambia la fe nuestro mundo?

Ha sido una pregunta en forma dedesafío desde el minuto uno de este viaje. Y el Papa, con paciencia, hadesgranado larespuesta. Por ejemplo al describir la idolatría de la drogay sus falsas promesas, que pueden arramblar con una generación de mexicanos. Elhombre tiene sed del Infinito, explica el Papa, y cuando no lo encuentraentonces crea sus propios paraísos que son sólo mentiras. Frente a eso laIglesia debe hacer presente la verdad y la bondad de Dios, el verdaderoinfinito del que tenemos sed.

Es una presencia distinta lo queatrae el corazón extraviado, es Dios en medio de nosotros quien puede cambiarla conciencia y liberar a los hombres del peso del mal y de la mentira. De ahí nacela misión educadora, el servicio de purificar la razón, la forja de unacomunidad que cambia el rostro, incluso físico, de una ciudad.

Lo quiso decir especialmente alos pies de la estatua de Cristo Rey, en el Cerro del Cubilete, explicando queSu reinado no consiste en el poder de las armas, sino que se funda en el amorde Dios que Él ha traído al mundo con su sacrificio, y en la verdad de la queha dado testimonio. Se entiende el sobrecogimiento de ese instante, como unlatigazo que recorre la piel de México y de América entera. Y después, como unpadre, les habla de ese cansancio de la fe que también tiene su formalatinoamericana, a pesar de los santuarios y de la religiosidad popular. Es elcansancio que conduce al dualismo en la vida, que reduce el alcance de la feimpidiendo que se transforme en caridad operante y en cultura, que lastra supotencial de transformación porque no genera sujetos conscientes y libres enmedio de la gran marea del relativismo. Y así, a este pueblo cien por cienguadalupano el Papa le propuso seguir la invitación de María en las bodas deCaná: "haced lo que Él os diga".                                              

Benedicto XVI llegaba a Cuba tras decir en el avión que yaes evidente que el marxismo no está en condiciones de responde a la realidad yde construir una sociedad. Y para quien tuviese dudas, subrayó que la Iglesiaestá siempre del lado de lalibertad. Ya en tierra cubana el Papa quiso saludar a todoslos cubanos, dondequiera que se encuentren. Recordó a los presos y a susfamilias, a los pobres y a los descendientes de los esclavos; reivindicó una nuevasociedad abierta y renovada, construida con las armas de la paz, del perdón yla comprensión.

En Santiago de Cuba el Papaafirmó que la obediencia de la fe es la verdadera libertad, mientras queexcluir a Dios nos aleja de nosotros mismos y nos precipita al vacío. Quizáshemos perdido la capacidad de asombro para imaginar cómo han restallado estaspalabras en un país dominado por un régimen que ha promovido por decenios elateísmo y ha marginado cruelmente a los creyentes. Pensando seguramente en laspenalidades sufridas por muchos militantes católicos en los días previos a sullegada, Benedicto XVI invitó al pueblo a "aceptar con paciencia y fe cualquiercontrariedad o aflicción, con la convicción de que Él ha derrotado el poder delmal… y no dejará de bendecir con frutos abundantes la generosidad de su entrega".           

En laemblemática Plaza de la Revolución, en La Habana, el Papatejió un canto a la libertad religiosa delante de los jerarcas del Partido Comunistacubano, y a la sombra de la efigie del Che Guevara. Justicia poética. Esalibertad "consisteen poder proclamar y celebrar la fe también públicamente, llevando el mensajede amor, reconciliación y paz que Jesús trajo al mundo… tanto en su dimensiónindividual como comunitaria manifiesta la unidad de la persona humana, que esciudadano y creyente a la vez… y legitima que los creyentes ofrezcan unacontribución a la edificación de la sociedad". Recordemos que hoy en Cuba, apesar de los avances en la libertad de culto, son encarcelados y apaleadostodavía hoy, quienes pretenden contribuir, desde la experiencia de su fe, en laconstrucción del futuro de Cuba.

El Papa señaló el camino de lapaciencia, de la cooperación, del perdón y la reconciliación, pero también recordóel camino del martirio, evocando a aquellos que prefieren afrontar la muerte antesque traicionar su conciencia y su fe. La comunidad cristiana en Cuba ha sidofortalecida eficazmente por la presencia de su pastor. Sería estúpido pretendermedir la incidencia histórica de este acontecimiento en términos políticos.Pero no hay nada tan revolucionario como la fe acogida y vivida, la fe que creacomunidad, abre la razón y sostiene el empeño de la libertad. BenedictoXVI tenía muy clara la brújula de este viaje.     

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