La LOMCE: el director y la película

España · Ignacio García-Juliá, director del Foro Español de la Familia
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27 mayo 2013
Tras meses de espera después del segundo borrador, se ha aprobado el Proyecto de Ley de Orgánica para Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE). Como era de esperar el mundo educativo se ha revolucionado sin conocer su contenido y sin un mínimo análisis. Más allá de las mejoras que pueda incluir la propuesta, que habrá que ir valorando tranquila y desapasionadamente, lo llamativo del proceso ha sido la respuesta de algunos sectores del mundo educativo al simple anuncio de una nueva Ley.

Los actores de esta respuesta todos los conocemos, la película ya la hemos visto: diversos colectivos del profesorado de la enseñanza pública, grupos más o menos organizados de estudiantes que no se leyeron ni el primer borrador ni el segundo y no están por la labor de leerse el texto de la propuesta, partidos políticos que irán contra toda modificación de un guión que no salga de sus filas, y que consideran la educación de los hijos de los demás como competencia propia en exclusiva y, en fin, algunas asociaciones del mundo de la educación que son correa de transmisión de los anteriores. El guión es de todos conocido y la película resulta aburrida, máxime cuando el director ha relegado a un papel secundario a quién debería ser el actor principal: los padres, esto es, las familias.

Por si todo lo anterior no fuera conocido, el nuevo director ha querido satisfacer los egos de todos los actores -menos uno-, y ha ido parcheando el guión hasta conseguir que no satisfaga a nadie. La calidad de la imagen es manifiestamente mejorable, los títulos de crédito acreditan poco o nada, la fotografía es inexistente y los diálogos imposibles.

Pero hay esperanza. Lo mismo que pasó con la película Sólo ante el peligro en la que un buen montador resolvió un mal rodaje, bien podría el trámite parlamentario arreglar un poco las cosas y resultar al final una película que durara en cartelera un poco más de lo esperado, que es poco.

La fórmula para que esto ocurra es fácil: recuperemos las escenas en las que sale el secundario olvidado y démosle el merecido protagonismo. Añadamos unos cuantos toques al guión y seguro que tendremos una película que al menos se tiene de pie. El guionista y el montador tendrán la última palabra.

Seguro que los hoy actores supuestamente principales protestan, pero no hay que hacerles caso, siempre hay aficionados que se creen grandes críticos: tiempo han tenido de hacer sus propias películas que han devenido en bodrios: el público no está contento. Recordemos como ejemplo aquella célebre producción que se llamó LOGSE y que se mantuvo en cartelera largos años de forma artificial a pesar de la crítica especializada y del criterio del gran público. Todo fueron pérdidas pero dio lo mismo: no las asumió nunca el productor; es lo que tiene el cine subvencionado. Ese mantenimiento en cartelera con respiración asistida tuvo un efecto colateral no por esperado menos devastador. El público creyó que la ficción allí representada no era tal, sino una realidad utópica que todos deberían aceptar de buen grado. Mucha gente quedó anestesiada e incapacitada para discernir que otra realidad era posible y que el guión era manifiestamente mejorable.

Así las cosas, los productores, en una huida hacia delante, conscientes de que la anterior llevaba demasiado tiempo en cartelera, y cegados por un éxito ficticio, se aventuraron en una nueva secuela de la anterior que denominaron LOE. El resultado no fue el mismo -nunca segundas partes fueron buenas-, y el público se ausentó masivamente de las salas e incluso algunos objetaron el guión en un acto de valentía sin igual. Duró en cartelera mucho menos tiempo que la anterior.

Era evidente que había que cambiar al director, y con él, al guión y todo el equipo de artistas que les acompañaban. Así no se podía continuar. El público tenía que volver a las salas para que la industria no se viniera abajo. Se dio el caso, incluso, de gente que se puso su propia película en casa con gran éxito, aunque esto molestó en gran medida a los productores y les acusaron de piratería y malas artes. Sólo unos pocos tuvieron la ocasión de ver Homeschooling en sus hogares. La industria de la cosa no quiso certificar esta obra de arte del cine de autor.

Dicen que el cincuenta por ciento de la solución de un problema es la comprensión del mismo. Parece que así ha sido en este caso, pero nos queda el otro cincuenta por ciento para alcanzar la solución, y esta no es otra que devolver al actor secundario su papel principal. Este actor se sabe muy bien su papel: ejercer su derecho constitucional a educar a sus hijos según sus propias convicciones, es decir, devolver a los padres la libertad que les ha sido escamoteada en aras de un mal entendido servicio público que ignora lo que es el principio de subsidiariedad.

Y ahora nos preguntamos, ¿tendrá el director el coraje suficiente para dar instrucciones al montador en esta línea? ¿Podremos revivir otra vez el éxito de la película que protagonizó Gary Cooper?

Mientras, los espectadores le animaremos a que no tenga miedo a la libertad. Esta, y sólo esta, es la que conseguirá que la película no sea retirada de la cartelera al día siguiente de su estreno.

Señor director, háganos caso. Esto es lo que quiere el gran público. Si lo hace, le aseguramos que le llenaremos la sala y será un éxito de crítica y asistencia.

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