La libertad no es un nombre
Foto de Francesco Ungaro en PexelsEl otro día me tocó sustituir una clase. Tenía sesenta alumnos universitarios durante dos horas y había preparado una lección basada en mis investigaciones. Sin embargo, muy al principio, a raíz de lo que les estaba diciendo, se me ocurrió preguntarles cuántos de ellos se consideraban libres. Con la pregunta buscaba entender a quién tenía delante.
Cuando hago sondeos de este tipo, pido que levanten la mano. Les dije: «Levantad la mano el que crea que es libre». Nadie la levantó. El dato, en sí mismo, no era todavía significativo; quizá no querían hacerlo por vergüenza o porque no habían entendido la cuestión. Decidí entonces hacer la pregunta contraria: «Levantad la mano si consideráis que no sois libres».
Mi sorpresa fue total: cuarenta manos se alzaron. Cuarenta alumnos afirmaban no ser libres; los veinte restantes no se pronunciaron. En ese mismo instante, detuve la clase. Dejé de lado la lección prevista y me puse a dialogar con ellos para entender su respuesta.
Mi primera hipótesis fue que habían dado una respuesta superficial. Pensé que bastaría con rascar un poco y pedirles ejemplos para hacerles ver todas las libertades de las que ya gozan. En un primer momento, parecía que mi hipótesis era acertada. Argumentaban que no eran libres porque no tenían dinero, porque dependían de sus padres o porque tenían que ir a la universidad. Respuestas, en apariencia, banales. No apareció ningún argumento complejo sobre la química del cerebro o el contexto sociocultural determinante; no estaba ante grandes teóricos, sino ante un grupo de universitarios del ámbito científico cuya respuesta rápida era que no eran libres.
Estuve un buen rato con ellos, animándolos a buscar momentos en los que se hubieran sentido libres para sacarlos de lo que me parecía una postura simplista. No lo conseguí. Los ejemplos que contaban eran todavía más triviales: comprarse la ropa que querían o la tranquilidad después de los exámenes. Yo no aceptaba esas respuestas porque ellos mismos admitían que esos momentos no tenían incidencia real en sus vidas. ¿Cómo iban a decir que eran libres si los instantes que identificaban con la libertad no eran significativos?
Al final de la clase, rehíce mi hipótesis. Lo que les bloqueaba era la propia palabra «libertad». Buscaban relatar momentos sin ataduras y apenas los encontraban. Terminaron las dos horas sin concesiones, salvo una alumna que admitió tener, a veces, un «sentimiento de libertad».
Me fui a casa con la idea de que el problema era conceptual: no conocían o no entendían el contenido de la palabra libertad. Pero han pasado varios días y no me quito el incidente de la cabeza. ¿Y si la equivocada fuese yo? Antes de cualquier teoría, reflexión o ideología, estos chicos me decían que no se sentían libres, que no experimentaban la libertad. ¿Acaso la libertad no tiene algo que ver con la conciencia? ¿Y si estos chicos estuviesen percibiendo la vida como una jaula, como un peso?
Quizá me respondiesen con verdad, la que se corresponde con lo que viven. Y yo, sin darme cuenta, quería hacerles pasar por un aro por el que no podían pasar. No quiero decir que no vivan momentos de libertad. Alguno, tras mucho esfuerzo, apareció en nuestro diálogo (ocasiones de perdón, momentos de saberse querido, situaciones en las que te descubres a ti mismo); pero si estos hechos no se nombran, no se reconocen ni se abrazan, si no forman parte de cómo te narras: ¿cómo vas a decir que eres libre? Quizá mi trabajo educativo pase por ahí: ayudarles a narrarse, a descubrirse a sí mismos y lo que les pasa. Ya dejaremos la libertad para otro día; se irá aclarando si se aclara lo anterior.
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Diario de profesoras – I

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