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La honda del deseo

Editorial · Fernando de Haro
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14 diciembre 2020
David contra Goliat. El Estado del que todavía es el país más poderoso del mundo puede estar desarmado frente a uno de los mayores gigantes de la tecnología. Por fin, la semana pasada la Comisión Federal del Comercio (FTC, por sus siglas en inglés), apoyada por 48 estados, ha decidido llevar a los tribunales a Facebook y acusarlo de prácticas monopolísticas. La crisis de 2008 nos hizo entender algo esencial: la desregulación del mercado de capitales, iniciada con las revoluciones neoliberales de los 80, y su globalización, habían creado un capitalismo financiero que dejaba anticuado el concepto de soberanía nacional. Los Estados se habían quedado impotentes y pequeños ante la “soberanía del dinero”. Ahora la digitalización, acelerada por la pandemia, revela la fragilidad de las soberanías tradicionales frente a los imperios que controlan los datos. Vuelven a ser necesarios los límites ante el capital, ante un poder que tiene como objetivo el control del último terminal del deseo: la atención.

David contra Goliat. El Estado del que todavía es el país más poderoso del mundo puede estar desarmado frente a uno de los mayores gigantes de la tecnología. Por fin, la semana pasada la Comisión Federal del Comercio (FTC, por sus siglas en inglés), apoyada por 48 estados, ha decidido llevar a los tribunales a Facebook y acusarlo de prácticas monopolísticas. La crisis de 2008 nos hizo entender algo esencial: la desregulación del mercado de capitales, iniciada con las revoluciones neoliberales de los 80, y su globalización, habían creado un capitalismo financiero que dejaba anticuado el concepto de soberanía nacional. Los Estados se habían quedado impotentes y pequeños ante la “soberanía del dinero”. Ahora la digitalización, acelerada por la pandemia, revela la fragilidad de las soberanías tradicionales frente a los imperios que controlan los datos. Vuelven a ser necesarios los límites ante el capital, ante un poder que tiene como objetivo el control del último terminal del deseo: la atención.

Las autoridades estadounidenses han tardado mucho más que las autoridades europeas en intentar poner límites a Facebook. El movimiento de la Comisión Federal del Comercio se produce después de que la Unión Europea haya avisado seriamente a la compañía de Zuckerberg de que tiene que controlar la difusión de noticias falsas e informaciones que desestabilizan la democracia. Y después de que la Comisión de Protección de Datos de Irlanda, el principal regulador de la privacidad en Europa, le haya advertido que no puede seguir transfiriendo datos del Viejo Continente a Estados Unidos. Hay varios procedimientos ya en marcha contra estas transferencias en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE).

No está nada claro que la Comisión Federal del Comercio pueda obtener una sentencia que limite la actividad de Facebook porque las leyes antimonopolio en Estados Unidos son complejas y se promulgaron antes de que se desarrollase la actual tecnología. La agencia del Gobierno tiene un presupuesto de 330 millones de dólares y Facebook ingresa 21.500 millones de dólares. Probablemente ya sea demasiado tarde. Hubiera sido más fácil evitar la gran concentración si se le hubiese impedido a Facebook comprar Instagram en 2012 por 1.000 millones de dólares y WhatsApp en 2014 por 19.000 millones de dólares.

Difícilmente un tribunal antimonopolio puede frenar el poder no convencional que ha llegado a tener una compañía de estas características. Instagram no solo domina un amplio sector del mercado, también establece modelos de socialización. Entra ante lo más íntimo de la forma del deseo. Ya veremos qué supone la fórmula que articule la empresa para “monetizar” WhatsApp. WhatsApp tiene más de 2.000 millones de usuarios en el mundo y se ha convertido en una aplicación imprescindible en muchos países para hablar por teléfono, para hacer videollamadas, para mandar mensajes, para trabajar. WhatsApp se puede convertir en un gran supermercado en el que negocios y empresas pueden ofrecer sus servicios y sus productos o puede querer ser el monedero digital del futuro. Y eso, según algunos, podría influir en el modo en el que se hace política monetaria. Si Facebook puede desestabilizar democracias e Instagram ha contribuido a transformar la conciencia que tenemos de nosotros mismos, un WhatsApp que busque rentabilidad puede transformar muchas cosas.

Hay que tener en cuenta que Facebook, cuando se dirige a los nativos digitales, se dirige a personas que en cinco años dedican 10.000 horas a los videojuegos, intercambian al menos 200.000 correos electrónicos y pasan 10.000 horas ante su teléfono móvil, mientras que dedican sólo 5.000 horas a la lectura. Una auténtica mutación antropológica.

Ante una situación así hay que preguntarse cómo actualizar viejos principios que son absolutamente válidos. Por ejemplo el principio que da primacía al trabajo sobre el capital, sobre las nuevas formas de capital. O el principio que atribuye a los Estados y los entes suprarregionales, lo ideal sería un cierto gobierno del mundo, la tarea de limitar los excesos del mercado.

Pero el reto, fundamental, como ya señalaron algunos profetas hace más de treinta años, es invertir la ecuación que hace más potentes a los nuevos poderes y más impotente el yo, el deseo.

La batalla a favor del deseo, en la era digital, se concreta en la atención. Solo una atención sostenida ante cualquier aspecto de la realidad hace posible que aflore la riqueza de un yo que desafía las nuevas formas de dominación. La atención, que es la que genera datos, se ha convertido en la mercancía más codiciada. Marc Prensky, el inventor de la expresión “nativo digital”, cuando algunos educadores se quejaban de que las nuevas generaciones tenían déficit de atención respondía de forma contundente: los jóvenes que han crecido con las nuevas tecnologías no tienen déficit de atención, el problema es que los adultos no saben captarla. Hay mutación antropológica, pero el homo digitalis sigue siendo homo. Y el cambio es una ocasión para redescubrirlo. Lo que necesita David es adiestrar la honda de su deseo.

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