La historia no se ha acabado

España · Fernando de Haro
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23 septiembre 2009
Todo sirve para atizar a un presidente en sus horas bajas. Zapatero tiene, por fin, una cierta agenda internacional, y hay quien le critica por huir del país. Zapatero se lleva a su mujer a la cumbre del G-20. Es una práctica diplomática habitual, de la que Sonsoles huye porque no quiere aparecer como el resto de mujeres de jefes de Estado y de presidentes del Gobierno, que hacen dignamente su papel de consortes. También se le critica por eso o porque, por fin, un presidente de los Estados Unidos de América le reciba en la Casa Blanca.

Las críticas por lo accesorio o por lo que está bien hecho se mezclan con las denuncias de  lo más grave. Lo nocivo de este Gobierno es su  incapacidad para hacer frente con seriedad a una severísima crisis y su empeño en liderar un radicalismo que destruye la mínima concordia social e institucional necesaria en un país. La OCDE, la Comisión Europea, el Banco de España y un largo etcétera de organismos internacionales y nacionales le están diciendo a Zapatero que se equivoca, que tiene que hacer reformas estructurales, que nos estamos quedando atrás, que nos quedamos solos con la economía en recesión, que no puede disparar el déficit como lo está disparando, que nos hemos convertido en los campeones del paro por falta de valentía para cambiar las cosas y él… hace oídos sordos. Tampoco escucha a sus votantes, que según las encuestas rechazan su intención de convertir el aborto en un derecho.

Del empeño radical y de la incapacidad de trabajar por el bienestar presente y futuro de los españoles se deriva la debilidad del Gobierno que se ha hecho evidente en las primeras semanas del curso. Pero el desgaste del presidente, que es evidente, puede provocar una cierta impaciencia semejante a la que dominó entre alguna oposición política y mediática durante la primera legislatura de Zapatero. Una impaciencia que produce ofuscación de la razón para distinguir lo importante de lo secundario. Y quizá algo peor: la idea de que el fin de ciclo es inminente y de que sólo hay que esperar a que la fruta caiga madura. No es casualidad que, a pesar de que lo improbable de la  "especie", se hable sin parar de un adelanto electoral. Hombres muy cercanos a Rajoy andan explicando por ahí que su jefe no va a ganar las elecciones, que va a ser Zapatero quien  las pierda. Pronóstico arriesgado, pero sobre todo peligrosa invitación a la pereza. Como si estuviéramos ante el fin de la historia afirmado por Fukuyama con motivo de la caída del comunismo. No es sólo una tentación de la oposición política, lo peor es que se convierta en un espejismo para los sectores sociales que en los últimos años han despertado y han sido creativos.

La política da muchas vueltas. Todos podemos recordar lo que hemos aprendido en los últimos cinco años. Una regulación laboral viciada y un estatalismo asfixiante, que maltrata a las PYMES, no impide seguir construyendo un tejido económico competitivo. Una política educativa que penaliza la iniciativa social no impide que la libertad educativa se ejerza. Esa libertad depende, sobre todo, de maestros capaces de proponer algo atractivo. Una política laicista no impide reconocer que cada  uno de nuestros actos y gestos está clamando, aunque sea de forma inconsciente, que el Misterio Ignoto se haga compañero de camino. Es esa irrefrenable petición la que permite el encuentro con todos, ateos, judíos, socialistas o gentes de derecha. No hay proyecto de confrontación inducido desde el poder que nos impida reconocer lo que de verdad nos une. El ciclo de Zapatero puede haber acabado o no. Se verá. La historia, que está hecha de estas cosas, continúa. O, lo que es lo mismo, vuelve a empezar.

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