La Europa todavía libre

Mundo · Fernando de Haro
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31 julio 2016
Esta vez Merkel ha decido llevar con máxima dignidad y contundencia los pantalones de Europa. El jueves pasado, cuando decidió suspender sus vacaciones y ofrecer una rueda de prensa tras los tres ataques protagonizados por refugiados, lo tenía todo en contra. Sus socios de la CSU, los socialcristianos bávaros (dejando atrás buena parte de sus orígenes), le exigen desde hace tiempo un cambio de política migratoria.

Esta vez Merkel ha decido llevar con máxima dignidad y contundencia los pantalones de Europa. El jueves pasado, cuando decidió suspender sus vacaciones y ofrecer una rueda de prensa tras los tres ataques protagonizados por refugiados, lo tenía todo en contra. Sus socios de la CSU, los socialcristianos bávaros (dejando atrás buena parte de sus orígenes), le exigen desde hace tiempo un cambio de política migratoria. Alternativa por Alemania, la formación ultraderechista  gana terreno explotando la xenofobia y solo falta un año para las próximas elecciones. La canciller, ella sí, decidía ser social y cristiana y no corregir. Esta vez no ha habido cambio de rumbo. No se ha buscado  el apoyo de una Turquía cada vez más autoritaria para reforzar la política de deportaciones. Merkel,  enfundada en sus negros pantalones europeos y vistiendo una de sus habituales y nada coquetas chaquetas,  afirmaba con contundencia certezas que no suelen ser muy habituales en estos tiempos. El principio de la dignidad de la persona es innegociable. La Convención de Ginebra existe para cumplirse. No será fácil pero es necesario cumplir con la tarea histórica de acoger al que huye de la guerra.

Es fácil haberse alarmado por la sucesión de tres ataques en poco menos de diez días que se han producido en Alemania. El afgano que atacó con un hacha en un tren, el sirio que quiso provocar una masacre en Ansbach y el que mató a una mujer embarazada eran todos acogidos, beneficiarios de esa hospitalidad que en el último año ha dejado entrar en el país  a un millón de demandantes de asilo. Cuando todo se tambalea es fácil pensar que las pancartas con el Welcome Refugee, el café y el pan para los que llegaba en tren y  el deseo de abrazar nos han jugado una mala pasada. Nos habrían traicionado los buenos sentimientos. Se habría cumplido la profecía de los “realistas”  sobre la amenaza de acoger a musulmanes, hijos de “una religión necesariamente violenta”. La quinta columna del islamismo-islam ( en el fondo inseparable) se habría puesto en pie para acabar con una Europa rendida por su buenismo.

Hace falta cierta perspectiva que este verano de angustia no facilita. Los tres ataques en suelo alemán, uno de ellos de violencia machista, señalan –como ha asegurado la Merkel- que la integración no es fácil. Sin duda muchos de los recién llegados tendrán que aprender a mirar y a tratar de otro modo a las mujeres. Es un reto para todos, también para los no musulmanes. La violencia contra las mujeres es una auténtica plaga en muchos países de Europa. El atacante del tren y el de Ansbach constituyen además  una seria advertencia sobre el riesgo de la radicalización y el peligro de brotes de terrorismo. Pero parece que estamos ante una radicalización sobrevenida semejante a la que han sufrido los otros terroristas que han protagonizado los otros atentados de este verano, terroristas que eran europeos. Uno de los asesinos del padre Jacques Hamel, por ejemplo,  había nacido en el mismo pueblo de Normandia donde le quitó la vida.

Ni los refugiados ni los jóvenes musulmanes que han nacido en nuestras ciudades han sido engendrados como terroristas. Matan en nombre del islam, es cierto, pero es inútil a efectos prácticos precisar si el islam es necesariamente violento. Hay muchos estudios sobre la cuestión y algunos muy buenos. Ciertos pasajes del Corán interpretados fuera de contexto pueden justificar la violencia. Hay grandes poderes económicos y políticos que sacan rédito de esa interpretación. En la historia del islam hay oscilaciones. Y lo que está claro es que detrás de cada musulmán no hay un potencial terrorista. A estas consideraciones se pueden añadir muchas más, pero lo relevante es comprender y frenar el proceso por el que muchos jóvenes, de fuera y de dentro, primero se radicalizan y luego se islamizan.

Paradójicamente, para el reto de ofrecer una propuesta de sentido, el testimonio de muchas de las víctimas de la persecución yihadista es esencial. El terrorismo nihilista es hijo de la disociación entre la libertad y la verdad. Los asesinos huyen de una cultura donde la libertad no tiene verdad (relativismo) para afirmar una verdad sin libertad (fundamentalismo). Los  mártires, como el padre Jacques Hamel y muchos otros en todos los rincones del planeta, entregan la vida renunciado a la violencia y perdonando en un acto de gratuidad supremo en el que la libertad y la verdad están unidas, su testimonio es el de una libertad seducida ante una verdad encarnada y presente.  

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