La audacia de Dios y el escándalo del mundo

Mundo · José Luis Restán
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16 junio 2010
La audacia de Dios. La audacia escandalosa de la encarnación que se prolonga por los siglos. Escándalo para los judíos, necedad para los gentiles. Y así seguirá por los siglos de los siglos, hasta el gran día. "Dios se vale de un hombre con sus limitaciones para estar, a través de él, presente entre los hombres y actuar en su favor". Lo ha dicho Benedicto XVI ante más de quince mil sacerdotes llegados de los cinco continentes para celebrar en torno a Pedro la clausura del  Año Sacerdotal. "Esa audacia de Dios que se abandona en las manos de seres humanos" es la mayor grandeza que porta consigo la Iglesia, y al tiempo el mayor escándalo que suscita su presencia en el mundo.

Con qué profundidad, con qué transparencia lo ve y lo dice este Papa, colocado por la Providencia en el epicentro de esta crisis mundial (crisis económica y social, pero sobre todo crisis de civilización) para explicar de nuevo un cristianismo que, como anunció Charles Peguy hace cien años, ya no es conocido ni amado en amplias franjas de la humanidad. Si este Año Sacerdotal hubiera sido una glorificación de nuestros logros personales, habría sido destruido por las traiciones horrendas de algunos hijos de la Iglesia. Pero no, se trataba de lo contrario, de reconocer y festejar la audacia de Dios que a través de la debilidad de los hombres hace brillar su amor en el mundo. Por eso el Papa no tiembla al pedir perdón a Dios y a las víctimas de los abusos cometidos por algunos sacerdotes contra los más pequeños. Abusos que han hecho llorar de pena y de rabia al Sucesor de Pedro, y que le han motivado para una extraordinaria labor de testimonio, enseñanza y gobierno en este último año. Un año que ha sido un aldabonazo en la conciencia de los sencillos, de los que también en esta hora están dispuestos a escuchar y seguir.

El Papa que ha denunciado el clericalismo y la burocracia habla como el buen pastor que conoce las angustias y los lamentos de su pueblo. No habla de estructuras y organizaciones, sino del corazón que busca y sangra, de la confusión de nuestros contemporáneos. ¡Cuánta oscuridad acerca de las preguntas fundamentales de la vida! Sobre los motivos para amar y para sufrir, sobre el origen y el destino de nuestro deseo de infinito, sobre si la propia vida es un camino que tiene una meta o sólo una pasión inútil y violenta. Y Benedicto, el Papa teólogo, habla como Jesús, que se asoma a Jerusalén y siente compasión por todos los que vagan por los caminos del mundo como ovejas sin pastor, y su homilía se vuelve plegaria, plegaria de los sencillos: "Señor, ten piedad también de nosotros, muéstranos el camino". Porque vivir con Cristo, seguirlo, significa encontrar el sendero justo, de modo que al final podamos decir: "sí, vivir ha sido algo bueno".

Estamos en un pequeño punto de la historia, en una concreción hecha de factores contingentes, pero es aquí, en este centímetro cuadrado de la historia, donde Dios quiere que hagamos experimentar a los hombres su amor. De nuevo la audacia que nos descompone. La audacia incomprensible para los sabios de todo tiempo y lugar. ¿Es que de Nazaret puede salir algo bueno? Ya conocemos a esta Iglesia que se bambolea con el peso y las adherencias de los siglos, ¿qué podemos esperar de ella? Cada nueva generación la Iglesia debe afrontar este desafío, no con la prepotencia ni con el esplendor de sus logros, sino con la sencillez que se abre a la fuente misteriosa del Espíritu que la regenera. Por eso el Papa ha cabalgado la bestia de esta crisis con las armas de la penitencia, de la purificación y la conversión. Para una multinacional en problemas éstas serían palabras incomprensibles, que mueven a la risa, pero para la Iglesia constituyen todo su tesoro.

Hay un momento de la homilía en que el Papa subraya que la misión de hacer presente el amor de Dios a los hombres es dramática, y reclama del pastor empuñar la vara contra las bestias salvajes y los salteadores que buscan su botín. Entonces su discurso se torna duro, y vemos que la mansedumbre de Benedicto no está reñida con la férrea decisión de defender a su pueblo, de defender, en suma, el corazón del hombre hecho a imagen y semejanza de Dios: "el uso de la vara puede ser un servicio de amor… para proteger la fe de los farsantes, para evitar la tergiversación y la destrucción de la fe, para que no nos arranquen la perla preciosa".

Pero un momento después el Papa vuelve la mirada a una de las imágenes más queridas en su teología, la del costado traspasado de Jesús, la de su corazón abierto "del que brota la fuente viva que mana a través de los siglos y edifica la Iglesia". Ahí está el secreto de su invencible esperanza, ahí está su brújula para gobernar la Iglesia en la calma y en la tormenta. Y enseguida vuelve a pensar en este mundo que se aleja de Dios y en consecuencia se extravía de tantas formas. "Deberíamos dar el agua de la vida a un mundo sediento… Señor, bendícenos y bendice a todos los hombres de este tiempo que están sedientos y buscando".

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