Ganar la paz

Editorial · Fernando de Haro
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19 enero 2025
La guerra parece, afortunadamente, haber acabado con el alto el fuego. Todo son interrogantes en este momento, pero lo importante ahora es que no se rompa la tregua. La herida que Israel ha reabierto en el corazón del pueblo palestino le hace muy difícil ganar la paz.

He recorrido en la última semana buena parte del Líbano del centro al sur, del oeste al este. He preguntado a muchos por los efectos de la guerra. Y la respuesta ha sido casi siempre: ¿qué guerra? ¿La que comenzó en septiembre del año pasado, o la guerra civil que comenzó en 1975? Las cicatrices de 50 años de enfrentamientos están por todas partes. La parroquia donde se produjo el atentado contra Gemayel que encendió la chispa del conflicto es ahora un lugar olvidado. Pero a pocos kilómetros están los que fueron campos de refugiados palestinos y ahora son grandes barrios con una provisionalidad institucionalizada. El país entero está sembrado de esos campos que suman una población de 500.000 palestinos. Salieron de Israel con la famosa Nakba, en el exilio del 48, y son ya tres generaciones las que han vivido fuera de su tierra. En los años 70 quisieron construir un Estado dentro del Estado. Ahora esa pretensión era o es la de Hezbolá que sigue desestabilizando al Líbano, el país que nunca llega a ser país. En cualquier caso, se suceden las generaciones y la espiral causada por la primera guerra no se detiene.

La guerra que afortunadamente parece haber acabado con el alto el fuego de la semana pasada y que ha entrado en vigor este domingo ha sido más dolorosa que la de 1948. Casi 50.000 palestinos muertos para responder al terrorismo de Hamas que acabó con más de 1.000 vidas israelíes. Hamas estaba derrotada. Por fin, quién lo iba a decir, el traspaso de poderes de Biden a Trump ha provocado la “palabra fuerte” que desde hace tiempo Estados Unidos tenía que haber pronunciado. Por fin Netanyahu se ha enfrentado, buscando su supervivencia, a los más radicales de su Gobierno.

Todo son interrogantes en este momento, pero lo importante ahora es que no se rompa la tregua. Que no haya más bombardeos, que entren en la franja cientos y cientos de camiones con ayuda humanitaria, que los niños dejen de morir de frío, que los 12.000 palestinos que tienen comprometida su salud reciban asistencia sanitaria.

¿Y luego? La completa retirada de las tropas de Gaza y la reconstrucción. ¿Y luego? De esa respuesta depende el futuro. Trump ha hablado de la necesidad de impulsar los Acuerdos de Abraham, los acuerdos suscritos por Arabia Saudí e Israel. En estas horas está naciendo un nuevo Oriente Próximo. Con Irán y con Hezbollá debilitados, con el régimen de Assad derrotado, Tel Aviv y Riad pueden ponerse de acuerdo en el desarrollo de la zona, en la inversión en tecnología y en infraestructuras para dejar atrás el pasado de guerras y terrorismo.

Pero en cualquier caso la inmensa herida que Israel ha reabierto en el corazón del pueblo palestino le hace muy difícil ganar la paz. La memoria de la muerte de decenas de miles de personas inocentes perdurará en el pueblo de los palestinos por décadas si no por siglos. Esa herida no traerá una paz verdadera a menos que haya justicia y reparación para los que han perdido todo, no solo la tierra sino la posibilidad de tener una vida digna. Por mucho que cambien las fronteras y los regímenes políticos, la exigencia de justicia es uno de los motores más determinantes de la historia. No se puede silenciar, no se puede reprimir, no se puede olvidar.

Del mismo modo que Israel tendrá que hacer las cuentas con el gobierno de Netanyahu, los palestinos tendrán que hacer las cuentas con Hamas que ha instrumentalizado a sus hijos y los ha llevado a la muerte.

 

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