Ese movimiento de Jesús, que siempre nos inquieta

Mundo · José Luis Restán
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16 febrero 2015
A primera hora del domingo un colega me advirtió que la homilía de Francisco en la Misa con los nuevos cardenales iba a ser “potente”. Es una de esas piezas que ayudan a entender el corazón del Papa Bergoglio, con esa mezcla de la radicalidad del poverello de Asís, el rigor de Ignacio de Loyola y la pasión de Don Bosco. 

A primera hora del domingo un colega me advirtió que la homilía de Francisco en la Misa con los nuevos cardenales iba a ser “potente”. Es una de esas piezas que ayudan a entender el corazón del Papa Bergoglio, con esa mezcla de la radicalidad del poverello de Asís, el rigor de Ignacio de Loyola y la pasión de Don Bosco. El Evangelio de la curación del leproso se prestaba para que Francisco explicara que el camino de la Iglesia requiere “salir del propio recinto para ir a buscar a los lejanos en las periferias de la existencia”. Y eso ayer como hoy, ahora y siempre, descompone un poco, obliga a cuestionar nuestros propios esquemas y seguridades. Sucedió ya entre los apóstoles, así que sería ingenuo pensar que estamos inmunizados.

Lejos de constituir una cesión a la mentalidad ambiental o a la opinión del mundo (como denuncian algunos) la posición que expresa el Papa consiste en sumergirnos en el fondo mismo del acontecimiento cristiano, en las lágrimas de Jesús frente a la Jerusalén que lo rechaza, en su sangre que brota del costado abierto por la lanza. “Jesús… ha querido curar al leproso, ha querido tocar, ha querido reintegrar en la comunidad sin autolimitarse por los prejuicios; sin adecuarse a la mentalidad dominante de la gente; sin preocuparse para nada del contagio… Para Jesús lo que cuenta, sobre todo, es alcanzar y salvar a los lejanos, curar las heridas de los enfermos, reintegrar a todos en la familia de Dios. Y eso escandaliza a algunos”.

No se trata de negociar con el siglo, sino de la lógica del amor de Cristo (incomprensible para nuestros cálculos) que va hasta el borde del abismo para recuperar al que ya parecía perdido, pero sin violentar un ápice su soberana libertad. En realidad este es el verdadero celo del cristiano, el de querer “que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Por si acaso, Francisco advierte que todo “esto no quiere decir menospreciar los peligros o hacer entrar los lobos en el rebaño, sino acoger al hijo pródigo arrepentido; sanar con determinación y valor las heridas del pecado”.

En julio de 2013, en Aparecida, Francisco habló apasionadamente a los obispos brasileños sobre la noche de tantos contemporáneos que han abandonado el hogar de la Iglesia y van solos por el camino con su propia desilusión. Estábamos al comienzo de su pontificado, y el Papa pedía a la Iglesia no tener miedo a entrar en la noche de estos contemporáneos, buscarlos en su camino, entrar en su conversación. Ahora que se avecina el segundo aniversario de su elección para la sede de Roma ha querido invitar a los cardenales, y con ellos a todos los fieles cristianos, “a servir a Jesús crucificado en toda persona marginada… a ver al Señor en cada persona excluida que tiene hambre, que tiene sed, que está desnuda; al Señor que está presente también en aquellos que han perdido la fe, o que, alejados, no viven la propia fe, o que se declaran ateos; al Señor que está en la cárcel, que está enfermo, que no tiene trabajo, que es perseguido”.

Creo que antes de apresurarnos con ciertos análisis que tienen su carga de prejuicio, deberíamos dejarnos tocar, más aún, herir, por esta predicación del Sucesor de Pedro. Nos pide practicar “el lenguaje del contacto” (el testimonio cuerpo a cuerpo, había dicho en su coloquio con los miembros de Schönstatt) para comunicar el amor de Dios que sana y salva a aquellos que solemos considerar “intocables”.

Algunos analistas han querido ver en esta homilía del Papa un mensaje cifrado referente al próximo Sínodo sobre la familia, entendiendo que Francisco toma postura desde ahora sobre cuestiones abiertas como la posibilidad de que los divorciados que han vuelto a casarse civilmente sean aceptados, bajo determinadas condiciones, en la comunión eucarística. Y como suele suceder, unos están encantados con lo que suponen, y otros aterrados con lo que se temen. Quizás unos y otros se lleven en su momento el correspondiente chasco.

Yo pienso que el arco de esta homilía es mucho más ancho y más hondo, lo cual no significa que las heridas de la convivencia familiar no reciban luz de estas palabras. No creo que el Papa haya querido preanunciar su postura sobre el espinoso tema de los divorciados vueltos a casar, más aún, estoy seguro, porque él lo ha proclamado con fuerza, que sobre esto desea que todos vayamos mucho más al fondo de lo que hasta ahora hemos sabido ir. Y en todo caso, ninguno podremos ahorrarnos (ni en este tema ni en ningún otro) ese movimiento de Jesús que sale, que se conmueve, que abraza y que cura… naturalmente, a quien libremente se deja curar. Y si queremos permanecer en Él, debemos caminar como Él caminó. Eso provoca siempre una saludable inquietud que no significa perder la paz. Porque caminamos en medio de Su pueblo, con la guía de Pedro, que es mucho más segura que la sabiduría de los diversos entendidos.

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