Ese luminoso concierto de Luz Casal en Madrid

Cultura · Quique Chuvieco
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10 febrero 2011
"Quiérenos aunque te duela", jugando con el título de una de sus canciones más señeras, no es necesario ni siquiera sugerir a Luz Casal (Boimorto - A Coruña, 1958) porque ella se encarga de demostrarlo con creces. Lo vi y lo oí en los 120 minutos de concierto que la maravillosa gallega-asturiana ofreció hace unos días en el Madrid Arena, un concierto benéfico contra el cáncer.

Con ese fraseo entrecortado y terminado en aristas que la caracteriza, su voz interpretó en toda su profundidad buena parte de los temas que la han encumbrado en sus más de treinta años sobre el escenario. Rufino, No me importa nada, Piensa en mí, Plantado en mi cabeza, Besaré el suelo, Voy a por ti, Dame un beso…  un torrente de boleros y rock and roll agarrados con su voz y los gestos de todo su cuerpo hasta exprimirles todo el jugo emocional que portan.

Canciones, muchas de ellas, de desamor, de pérdida, que Luz habrá sufrido a lo largo de su vida buscando -como yo, como todos- el amor que colme el deseo de su corazón. Ese amor insaciable que vamos comprobando en nuestra experiencia que no lo puede dar ni ofrecer mujer ni hombre, porque es demasiado el afán de Infinito que nos constituye; todo lo más se nos muestra como una promesa de que existe; de otro modo no seríamos como somos y en su cumplimiento mora Quien nos ha hecho, parafraseando a san Agustín: "Señor, nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti".

Luz destila tanta pasión que la trasmite al auditorio sentado hasta lanzarlo a la vertical en muchos de sus temas. Su potente voz sincopa y va acariciando cada verso de una y otra canción hasta hacerlas nuevas, hasta renovarlas e insuflarles la vida que anhelan. Ella camina con esta experiencia de hacerse "nueva" como necesidad de sitiar al mal de su cuerpo y volver a dar la batalla, como ocurrió en su segunda intervención para tratar de cercenar nuevamente su cáncer de pecho.

De negro, en boleros, en versión vestido o camisa y pantalón; de beis y plata en rock and roll; irradiando belleza de pelea, de firmeza y de convencimiento por continuar la lucha, insuflando beligerancia contra el maligno desorden celular en ella y hermanándose con los enfermos de cáncer llegados desde varios puntos de España para imantarse en su bizarría.

Abrió su corazón para reconocer que en los últimos tiempos ha valorado muchos momentos, actitudes, compañías y amaneceres hasta dar Dar gracias a la vida, himno de Violeta Parra, que cantó en esa noche fría del invierno madrileño. Me revoloteaba en la cabeza, en el momento en el que Luz nos introducía en la canción, el ribete de frustración por tener que censurar muchas cosas de la vida y sólo cantar lo bueno, pero más propiamente era saborear la frialdad de referirnos a la vida como un ente caprichoso para evitar nombrar a Dios como sostenedor de todo nuestro ser y del propio mundo, en lo bueno y en lo que llamamos malo.

El encuentro con Luz Casal fue riquísimo en emociones y superó mis expectativas, infinitamente más que cuando he escuchado algunos de sus temas estrellas. Siempre me ha atraído su personalidad, desvelada en algunas entrevistas (aquella de Pedro Ruiz hace unos años) y sé que la quiero un poco más y que pediré al Padre nuestro por su curación o lo que sea mejor para ella.

De estas cuestiones y de otras me gustaría, Luz, hablar contigo mirándote a los ojos si tienes un rato, en este Madrid que "te quiere tanto". ¡Gracias, guapa!

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