Ese buen `deseo` que sirve para volver a comenzar

Mundo · Giorgio Vittadini
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10 diciembre 2010
En Italia se ha publicado estos días el Informe Censis sobre la situación social del país 2010. Es muy interesante que como clave de la crisis se hable del declive del deseo que se manifiesta en todos los aspectos de la vida. "Volver a desear -afirma el Censis- es la virtud civil necesaria para reactivar una sociedad que está demasiado apagada". Para no reducir el impacto que tiene esta observación, es necesario llegar hasta el significado profundo de la palabra deseo, que en realidad es mucho más que una virtud civil.

Todavía hoy predomina una idea negativa del hombre, la del paradigma de Hobbes, según el cual el hombre necesita del Estado, del contrato social, para tener bajo control su negatividad. El sujeto del desarrollo y de la afirmación del bien es el Estado, y a todo lo que no es Estado se le puede acusar, cuando menos, de parcialidad disgregadora. Por eso, aunque a lo largo de la historia las escuelas, las universidades, los hospitales, las obras asistenciales, los bancos hayan nacido de la iniciativa de personas, solas o asociadas por un fin de utilidad pública, se piensa que tienen que estar gestionadas por el Estado. Del mismo modo, a pesar de los desastres de la crisis financiera global, por lo que respecta al mercado predomina una cierta lectura de Adam Smith, según la cual el egoísmo de los individuos que buscan su propio beneficio, de forma automática y casi por arte de magia, a través de una "mano invisible", tendrían que lograr el mayor beneficio para todos.

La cultura cristiana, que ha contribuido en toda la civilización occidental y en su desarrollo, se funda por el contrario en la idea de que cada hombre por sí mismo vale "más que todo el universo" y no se puede reducir a organización alguna, ya sea social o política. Luigi Giussani, en 1987, durante su intervención en un congreso de la Democracia Cristiana en Lombardía, recordó la razón de esto: la naturaleza de todo hombre está constituida por un deseo de verdad, de justicia, de belleza, que es expresión de su relación con el infinito. Precisamente porque este deseo se dilata en el tiempo, el hombre "se pone a buscar trabajo, busca una mujer, busca un mejor acomodo y una casa mejor, se preocupa porque unos tienen y otros no, se interesa por cómo algunos son tratados de una forma distinta que él".

Volver a partir de esta concepción significa culminar una revolución copernicana y fundar la acción social sobre una nueva antropología positiva, la misma que ha identificado el Papa Benedicto XVI en la encíclica Caritas in Veritate, cuando habla de un hombre relacional, imagen de un Dio Trino. Quien piense que este tema no tiene nada que ver con un análisis económico debería releer un texto clásico de la economía contemporánea que dio a Kenneth Arrow el Premio Nobel en 1972. El trabajo lleva consigo la contraposición entre utilidad individual y bienestar colectivo, y después de la primera parte, en la que expone el teorema de la imposibilidad de la conciliación entre ambos, Arrow afirma que, si por el contrario los individuos pusieran su propio interés en los deseos socializadores, la utilidad individual y el bienestar colectivo serían compatibles y favorecerían la democracia y la competencia.

En este sentido, y en línea con las enseñanzas de Giussani, Julián Carrón, en la última asamblea general de la Compañía de las Obras, ha demostrado cómo la reducción sistemática de los deseos a moralismo es el origen de la degradación económica y política: "Una acción se vuelve moralista cuando pierde el nexo con aquello que la genera: seguir viviendo casados sin que se mantenga el nexo con el atractivo que ha generado la relación amorosa, trabajar sin que esté vivo el nexo con el deseo de cumplimiento, incluso teniendo un buen sueldo. En resumen: cuando esto sucede, no quedan más que unas reglas a respetar. Todo se vuelve pesado, un esfuerzo titánico para hacer algo que ya no tiene nada que ver con nuestro deseo".

Hacen falta, por tanto, realidades sociales que sostengan el deseo, no en abstracto, sino experimentándolo en acción, y así modelan la sociedad, como ha sucedido ya en muchos momentos de nuestra historia moderna. Por eso la denuncia del Censis, más que un pretexto para análisis que acaban en sí mismos, debe ser la ocasión para volver a comenzar, también en nuestra vida social, a partir del deseo en toda su amplitud, sin reducciones.

Il Sussidiario

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