En el nuevo pueblo de Yadum

Mundo · Fernando de Haro, Lahore
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3 julio 2019
Yadum ya no vive en su pueblo de siempre, en su pueblo del Punjab donde era pastor. Su nuevo pueblo está cerca del viejo, pero no lo ha vuelto a pisar. El nuevo pueblo de Yadum no tiene las calles asfaltadas y en esta, que es la temporada de lluvias, se forma un barro oscuro. A la entrada hay una pequeña escuela, en el segundo piso de la casa del maestro. Una escuela con tres aulas pequeñitas, con pupitres de madera, sin ventanas, todavía en construcción. Los cuadernos de trabajo están muy bien ordenados en sus anaqueles. Uno de ellos es de inglés, los niños de este pueblo saben decir Hello y te saludan con una gran sonrisa. Desde la terraza de la escuela se ve la aldea completa, de ladrillo, levantada sin orden, según le va llegando el dinero a sus vecinos.

Yadum ya no vive en su pueblo de siempre, en su pueblo del Punjab donde era pastor. Su nuevo pueblo está cerca del viejo, pero no lo ha vuelto a pisar. El nuevo pueblo de Yadum no tiene las calles asfaltadas y en esta, que es la temporada de lluvias, se forma un barro oscuro. A la entrada hay una pequeña escuela, en el segundo piso de la casa del maestro. Una escuela con tres aulas pequeñitas, con pupitres de madera, sin ventanas, todavía en construcción. Los cuadernos de trabajo están muy bien ordenados en sus anaqueles. Uno de ellos es de inglés, los niños de este pueblo saben decir Hello y te saludan con una gran sonrisa. Desde la terraza de la escuela se ve la aldea completa, de ladrillo, levantada sin orden, según le va llegando el dinero a sus vecinos.

El maestro combate el calor intenso y húmedo cerrando las puertas y las ventanas a cal y canto, sesteando. El maestro está mayor y ahora no trabaja porque es tiempo de vacaciones. El maestro tiene dos nietas guapas y coquetas, vestidas de colores, descalzas, que se cubren la cabeza con un pañuelo y a las que no le gusta que las veamos pelar cebolla. A la entrada del nuevo pueblo de Yadum también hay una iglesia en construcción, con su cruz en la puerta, para que quede claro que es un templo de cristianos. Dos hombres trabajan en terminar el techo. El agua que corre por la calle principal del pueblo de Yadum no está limpia, es agua de letrina. A la puerta de cada casa hay una cortinilla de colores, y detrás un patio con una cocina de gas en el suelo, y después una sola habitación con una gran cama donde duermen todos los miembros de la familia. Las mujeres se asoman al vernos pasar, con rostros tostados, con una belleza sana en medio de la pobreza. En varias esquinas, tiendecitas en las que se venden golosinas. Un hombre gordo, semidesnudo, duerme desparramado a la puerta de su casa. Está tumbado en una de las hamacas del Pakistán que se parecen a las hamacas de la India. Encontramos la casa de Yadum cuando el pueblo se acaba y se hace campo, un campo fértil, casi tropical. Cerca pasa un río y las vacas cruzan por la puerta de la casa de Yadum al volver de abrevar. Son vacas grises con los cuernos cortos y retorcidos. Bajo una acacia tres mujeres, sentadas en el suelo nos ven entrar donde Yadum. Lo encontramos a la puerta, sacando tierra de una carretilla para plantar una pita en una maceta. La nueva casa de Yadum no está acabada. Los muros en pie, el techo cerrado, pero no hay más puerta que la de entrada y no hay nada enlucido. Pero Yadum quiere plantas en su casa y se afana en preparar los tiestos. Yadum está desnudo de cuerpo para arriba, sonríe mucho. Y me explica que se han venido a vivir a un sitio donde el terreno es muy barato.

Yadum se mudó después de salir de su pueblo de siempre, donde era un pastor que predicaba el evangelio con éxito. Con tanto éxito que algunos musulmanes comenzaron a acudir a su iglesia. Hubo a quien aquello le provocó envidia. Y un día aparecieron algunas páginas del Corán tiradas por el suelo con el nombre de Yadum escrito encima de las sagradas palabras. La prueba falsa sirvió para acusar a Yadum de haber blasfemado contra el profeta y, a los pocos días, acabó en prisión. Cinco meses de cárcel que se convirtieron en un infierno para la familia de Yadum a la que miraban mal, amenazaban y presionaban. La historia se repite una y otra vez, los acusados por la ley de la blasfemia en Pakistán, víctimas de la sociedad, víctimas de un sistema policial que es cómplice, víctima de unos jueces que posponen los procesos, sufren el escarnio de quedar convertidos en culpables. No hay futuro para ellos. Tienen que abandonar el barrio, el pueblo, la ciudad en la que viven. La mujer de Yadum, joven todavía, escucha el relato de su marido sentada en las escaleras. Le oye contar a Yadum lo que le ha oído contar muchas veces. Que él, en prisión, rezaba a Jesús para que le liberara como había liberado a San Pedro y a San Pablo. Que él, en prisión, estaba contento de sufrir por Jesús. Yadum sonríe mientras lo relata. Pero Yadum ha cerrado la puerta porque, aunque todos los vecinos son cristianos, no quiere que se enteren. Nos despedimos. Yadum se queda en su hamaca leyendo la Biblia, con su mujer en la escalera, esa mujer que ha sufrido noches de angustia, de soledad, que quedó señalada, porque su marido sabía predicar el evangelio. Allí queda el pueblo nuevo de Yadum, con su escuelita y con su iglesia a medio construir, en el Punjab de tierra fértil, de mártires y de hombres que sonríen cuando cuentan que han estado en prisión por el nombre de Jesús.

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