Editorial

El resentimiento que rechazamos

Editorial · Fernando de Haro
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20 mayo 2018
El nombramiento de Quim Torra como nuevo presidente de la Generalitat de Cataluña, a pocos días de que expirara el plazo para la convocatoria de unas nuevas elecciones, supone el inicio de un capítulo inédito en el proceso de secesión. El nuevo capítulo inédito, en un océano de capítulos inéditos, está sin duda marcado por la nula voluntad de Torra de encontrar un punto de entendimiento con el Gobierno. No hay voluntad de encontrar una fórmula posible, de esperar para ampliar las bases de los partidarios de la independencia tal y como reclamaba ERC. Torra aplica la política que marca el expresident Puigdemont desde Berlín. Va a la confrontación directa y elige para su nuevo Gobierno a cuatro exconsejeros que están en prisión o en el exilio, procesados por delito de rebelión.

El nombramiento de Quim Torra como nuevo presidente de la Generalitat de Cataluña, a pocos días de que expirara el plazo para la convocatoria de unas nuevas elecciones, supone el inicio de un capítulo inédito en el proceso de secesión. El nuevo capítulo inédito, en un océano de capítulos inéditos, está sin duda marcado por la nula voluntad de Torra de encontrar un punto de entendimiento con el Gobierno. No hay voluntad de encontrar una fórmula posible, de esperar para ampliar las bases de los partidarios de la independencia tal y como reclamaba ERC. Torra aplica la política que marca el expresident Puigdemont desde Berlín. Va a la confrontación directa y elige para su nuevo Gobierno a cuatro exconsejeros que están en prisión o en el exilio, procesados por delito de rebelión.

Pero el capítulo es inédito, sobre todo, porque supone la “verbalización del rencor” por parte de quien tiene la máxima responsabilidad institucional. Torra es conocido por sus tuits y por sus escritos en los que les falta el respeto a los españoles no catalanes. Son ellos, los maleducados, los que solo saben expoliar, los ocupadores desde 1714. Torra verbaliza la culpa situándola en el otro de forma expresa. Incomoda a los defensores de la Constitución del 78 y a muchos independentistas que se ven atrapados en la descalificación.

Es la dinámica que domina buena parte de la vida política del planeta y, aunque con otros tonos, todos la hemos practicado. Es el signo de los tiempos en esta edad de la ira. En Alemania se azuza el odio al inmigrante, al que se le culpa de todos los males; el islamismo radical, en nombre de una tradición que desconoce, se lanza contra el occidente laico del que copia su última estación nihilista; la islamofobia aglutina a los que se sienten olvidados en sociedades desiguales; los nacionalistas proteccionistas del comercio y de una cultura que ya no tiene nada que ver con local se lanzan contra la mundialización… la lista de los fenómenos es muy larga y cada uno de ellos tiene muchas cosas en común.

Lo de Torra tiene precedentes muy clásicos en la historia de Europa. Con mucha menos genialidad intelectual, con menos capacidad de construcción de discurso, el nuevo presidente de la Generalitat alimenta la misma reacción que tuvo parte de la cultura alemana romántica cuando vio avanzar la ideología de la Ilustración francesa. Era necesario, frente al proyecto homologador, que el individuo volviera a sentirse bien en su mundo, rescatar la comunidad tradicional, reencontrar el orgullo frente al otro, huir de la tecnocracia, recuperar el espíritu, consumar la “transferencia de sacralidad”, de modo que los nombres de la fe quedaran vacíos de contenido y ahora exaltaran la nueva patria. Entonces como ahora, la reacción se parece mucho a la acción. Ni la tradición es tradición ya, ni el espíritu pertenece al pueblo ni hay memoria viva. Son construcciones que toman de prestado el contenido y la forma de aquello contra lo que se sublevan.

Pero lo sorprendentes es que desde el constitucionalismo se responda solo hablando del valor universal del Estado de Derecho o esgrimiendo los números de empresas que han cambiado de sede. La conversación es imposible. Es precisamente el universalismo y el mercantilismo lo que alimenta parte del discurso de la ira. El constitucionalismo a veces parece nutrirse de esos que Niebuhr llamaba “anodinos fanáticos de la civilización occidental que consideraban los logros contingentes de nuestra cultura como la forma final y la normal de la existencia humana”. En este caso son los logros de una patria constitucional. Cuando los “logros contingentes” se consideran elementos del paisaje que crecen y dan sus frutos de forma espontánea, sin necesidad de un trabajo esforzado de cultivo, está casi todo perdido. No se comprende que las certidumbres del siglo XX lo han dejado de ser en el siglo XXI. Esta falta de realismo, en la que tiene mucho que ver la pereza, no entiende que es imposible que triunfe un mundo racionalmente organizado y lógicamente ordenado solo por medio de las decisiones judiciales y de los actos de Gobierno directos (que siempre son necesarios). Y la incomprensión –“¿cómo es posible que no se obedezcan las decisiones judiciales?”– alimenta desde el otro extremo el círculo vicioso del resentimiento. Y vuelta a empezar.

Quizás no quede más solución que volver a escuchar lo que nos hemos dicho. Decirlo cara a cara para que esas palabras duras y violentas provoquen en nosotros un respingo. No estamos hechos ni para escucharlas ni para pronunciarlas. Esa pequeña rendija de malestar, de incomodidad que quizás no dura más que un segundo, se antoja una de las pocas posibilidades que nos permitiría volver a empezar.

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