El niño y el mar

España · PaginasDigital
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11 enero 2014
Era muy pequeño cuando admiró la belleza por primera vez. No hay duda de que lo hizo sin darse cuenta. Pero sí se acordaba de una de las primeras veces en que exclamó, cuando ya sabía hablar: “¡Qué bonito!”.

Era muy pequeño cuando admiró la belleza por primera vez. No hay duda de que lo hizo sin darse cuenta. Pero sí se acordaba de una de las primeras veces en que exclamó, cuando ya sabía hablar: “¡Qué bonito!”. Tendría en torno a cinco años. Su familia había decidido pasar las vacaciones en la playa. Hasta entonces lo habían hecho en la meseta castellana, muertos de sed, pero con el aire fresco justo para poder pasar un tiempo agradable. Con moscas; pero moscas hay siempre en todas partes.

Ese verano fue distinto. Habían pasado ya seis horas en el viejo Opel Corsa gris y Marcos estaba cansado de mirar por la ventana. Iba a preguntar por enésima vez cuánto faltaba para llegar, cuando el coche hizo un giro y, de repente, en el paisaje apareció algo nuevo. Era azul y se juntaba con el cielo, pero no era el cielo. Marcos se incorporó rápidamente y se pegó a la ventana todo cuanto pudo. Y también se unía al sol, porque éste dejaba sus reflejos en el agua, haciéndola brillar más por unas zonas que por otras. Además, había unas cosas blancas que se parecían a la espuma de la bañera de mamá. Pero esta espuma era mucho más especial, sin duda, y más importante que aquella otra: aparecía desde lejos, desaparecía de repente, hacía remolinos, unas veces chocaba con rocas y otras, sin embargo, se fundía con la arena… Era un espectáculo. Más grande que el circo del sol de Madrid, y mejor que la película de Disney que había visto en el cine ese año.  

No dijo nada al principio. No podía decir nada. En el coche sonaba una canción clásica, de esas que ponían sus padres y que a él también le gustaban. Y la música parecía hecha para el mar. Porque eso tenía que ser el mar. “Cuando lo veas, lo reconocerás”, le había dicho su madre la noche anterior mientras hacían juntos la maleta. Y él supo que, si su madre lo decía, así sucedería.

Al cabo, sin darse el niño cuenta, estaban bordeando la costa a menos distancia de la que había entre su casa de la meseta castellana y la de sus vecinos de enfrente- o, al menos, eso le pareció a él. Entonces sí exclamó: “¡Qué bonito!”. Y lo repitió una y otra vez, y desde entonces siempre se acordó de la primera vez que algo le había -conscientemente- parecido bonito. Y deseó quedarse para siempre junto al mar.

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