El espejo austriaco

Mundo · José Luis Restán
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11 mayo 2016
El auge del populismo en la Europa central se ha cobrado su primera víctima, el hasta ahora canciller austriaco Werner Faymann, cabeza de una coalición integrada por los dos grandes partidos del sistema, socialdemócratas y democristianos. La causa es precisa y contundente: la deblacle sufrida en la primera vuelta de las elecciones presidenciales por los candidatos de los partidos que gobiernan en Viena. De hecho han pasado a la segunda vuelta el candidato de la extrema derecha y el de los ecologistas. Es cierto que el presidente austriaco apenas tiene funciones ejecutivas, pero el mensaje no podía ser más amargo para unos partidos que han protagonizado la gobernación del país desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

El auge del populismo en la Europa central se ha cobrado su primera víctima, el hasta ahora canciller austriaco Werner Faymann, cabeza de una coalición integrada por los dos grandes partidos del sistema, socialdemócratas y democristianos. La causa es precisa y contundente: la deblacle sufrida en la primera vuelta de las elecciones presidenciales por los candidatos de los partidos que gobiernan en Viena. De hecho han pasado a la segunda vuelta el candidato de la extrema derecha y el de los ecologistas. Es cierto que el presidente austriaco apenas tiene funciones ejecutivas, pero el mensaje no podía ser más amargo para unos partidos que han protagonizado la gobernación del país desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

En realidad la sombra del populismo viene aleteando sobre la sociedad austriaca desde los años 90, cuando el líder carismático del FPÖ, Jörg Haider, condujo a su partido hasta los palacios vieneses. Haider salió trágicamente de escena al morir en un accidente de tráfico, pero el cansancio de la sociedad hacia los dos grandes partidos ya se había manifestado gravemente, así como el inicio de algunos miedos que ahora han eclosionado: miedo a perder la propia identidad, a ser devorados por la globalización, a perder la seguridad de un estado de bienestar amasado tras la posguerra. Todo ello se ha profundizado y agravado en las circunstancias actuales.

La crisis política actual, cuyo desenlace final está por ver, es reflejo y consecuencia de una crisis más profunda, de naturaleza cultural y moral. Los partidos de centro-izquierda y centro-derecha, que sin duda acumulan muchos méritos, han sido incapaces de conectar con una población castigada por la crisis y asustada ante la globalización y la llegada masiva de inmigrantes. Sus cuadros se han acartonado y atrincherado tras un discurso de fría sensatez administrativa. A sus líderes les faltaba contacto con la calle, no han sido capaces de generar un discurso sincero que proveyera a sus electores de razones para no sucumbir a los cantos de sirena del populismo. Por otra parte, tanto a izquierda como a derecha, han sucumbido al virus de la corrección política, perdiendo la sustancia cultural de sus orígenes, algo particularmente dramático entre la mayoría de los democristianos. Pero no han sido sólo los partidos, hay que repartir responsabilidades. Cabe preguntar por los intelectuales, las universidades, las corporaciones, los sindicatos, las iglesias… Y ninguno encontrará demasiados motivos para presumir.

En todo este maremágnum, los refugiados son solo la punta del iceberg. El populismo, con sus respuestas simples a problemas complejos, sale al encuentro de esos miedos y frustraciones que no han sabido combatir las fuerzas políticas y culturales dominantes durante decenios. En Austria, pero también en Francia, en Holanda, en Grecia… y en la propia Alemania, los extremos triunfan cuando los moderados sucumben ante el materialismo económico, la tibieza moral y la falta de horizonte ideal. Una vez más hace falta decir que la identidad no se defiende levantando murallas, sino regenerándola y viviéndola en el presente. Justo lo que no hemos hecho los europeos en los últimos cuarenta años, por definir una fecha.

Europa afronta un desafío que no se resolverá con mera táctica política. Combatir al populismo en las urnas es imprescindible, pero de nada servirá sin una profunda renovación cultural y moral. Fue precisamente el arzobispo de Viena, Christoph Schönborn, quien advirtió recientemente del peligro de que se levante un nuevo telón de acero en el viejo continente, esta vez para los prófugos e inmigrantes. Schönborn evocó el ejemplo de Robert Schumann, uno de los padres fundadores de la Unión, destacando que vivió la dimensión de la misericordia en su acción política. Una provocativa imagen a la vista de nuestro actual debate político. También el Papa Francisco, al recibir el Premio Carlomagno, ha hecho memoria de Schumann, De Gasperi y Adenauer, que pusieron en marcha ese gran proyecto de paz que fue la Unión Europea. Pero está claro que estas figuras no surgieron de la nada, eran el fruto del camino de un pueblo.

En este momento se requiere inteligencia política, de la que no andan sobrados los actuales líderes, pero a la vez, y sobre todo, una perspectiva ideal y un camino educativo posible. Ahí se sitúa el discurso de Francisco a los líderes europeos. Hace falta convertirlo en herramienta de reconstrucción.

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