El cristianismo vive en la ciudad

Cultura · Antonio R. Rubio Plo
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13 abril 2020
Entre mis lecturas de este tiempo de confinamiento ha estado ‘La ciudad de los ardientes deseos’ (Ed. San Pablo), de Bernardo Gianni, abad del monasterio florentino de San Miniato. Se trata del texto de los ejercicios espirituales predicados al papa Francisco en la Cuaresma de 2019, pero la obra tiene la suficiente consistencia para ser interpretada como un elogio cristiano de la ciudad, aunque pueda parecer un contrasentido en época de pandemia.

Entre mis lecturas de este tiempo de confinamiento ha estado ‘La ciudad de los ardientes deseos’ (Ed. San Pablo), de Bernardo Gianni, abad del monasterio florentino de San Miniato. Se trata del texto de los ejercicios espirituales predicados al papa Francisco en la Cuaresma de 2019, pero la obra tiene la suficiente consistencia para ser interpretada como un elogio cristiano de la ciudad, aunque pueda parecer un contrasentido en época de pandemia.

Podríamos afirmar que la tesis de la obra es que el cristianismo vive en la ciudad y está destinado a vivir en la ciudad en un siglo de megalópolis. Sin embargo, el cristianismo en la ciudad no puede reducirse a una pastoral urbana, a una religión de servicios. Los cristianos tienen que vivir en el mundo. En la oración sacerdotal Jesús pide a su Padre que no les saque del mundo (Jn 17, 15). Si tienen que estar allí, también deben de estar en la ciudad sin ser mundanos.

Hubo un tiempo en la historia en que el cristianismo se asociaba a los campos y a los desiertos, al silencio y la meditación de monjes y ermitaños. En teoría estos escenarios resultaban más propicios para la contemplación. Deberíamos recordar, sin embargo, que el cristianismo surgió en un remoto rincón del Imperio romano y se expansionó con rapidez por una civilización urbana mediterránea. Poco a poco fue llenando las ciudades, donde se multiplicó como la semilla de la que habla el evangelio (Mc 4, 26-29).

Los ejercicios espirituales de 2019 fueron muy apropiados para ser predicados ante quien fuera el arzobispo de Buenos Aires, megalópolis del hemisferio sur, y luego el obispo de la cabeza de la cristiandad. Con todo, es un libro que podría calificarse de teología poética, sin duda por la influencia de un gran poeta florentino del siglo XX, Mario Luzi, cuyos poemas sirven de hilo conductor a los capítulos. Otra interesante aportación son algunos escritos y discursos de Giorgio La Pira, aquel inolvidable alcalde de Florencia que está camino de los altares.

No será extraño que algunos no entiendan este libro e incluso lo califiquen de utopía, tanto en tiempos de pandemia como en los momentos en que las muchedumbres llenen calles y plazas. Me parece que este calificativo es hijo del miedo, nacido muchas veces de la percepción de que las ciudades y sus gentes son frías y hostiles. No nos damos cuenta de que el problema está en nosotros. El abad Gianni enfoca bien la cuestión: tendemos a colocarnos una pantalla para escapar de la mirada de los otros. En mi opinión, esto es una desolación mayor que la de unas calles desiertas en época de pandemia. Añado que algunos cristianos, sin quererlo, solo ven en la ciudad la representación de una nueva y terrible Babilonia, semejante a la del Apocalipsis, y querrían huir de ella. En cambio, el autor del libro subraya que el cristiano ama la realidad y sabe trascenderla. De otro modo, la ciudad celestial, de la que tanto habló el alcalde La Pira, quedaría reducida a una utopía terrena.

El abad Gianni cita a menudo al papa Francisco, en particular su exhortación Evangelii Gaudium, donde recuerda que la realidad es superior a la idea. El cristiano tiene que luchar contra la tentación de sentirse extraño al mundo y sus gentes. Lo subraya un religioso que desde la abadía de San Miniato disfruta de un lugar privilegiado, donde confluyen la belleza y la fe, para contemplar a Florencia y al mundo.

Es verdad que el cristiano tiene que meditar lo que pasó en el Calvario, pero el abad Gianni nos habla también del monte Tabor, donde el mensaje esencial es el de “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco, escuchadlo” (Mt 17,5). Hay también un camino del Tabor que pasa por dejar a Cristo ser el centro de la historia y de nuestra vida. Debemos ponernos en las manos de Dios y huir de la arrogancia de quienes se creen dioses, en vez de hombres, tal y como le sucede al príncipe de Tiro, mencionado en el libro de Ezequiel (28, 1-10), y que el autor cita expresamente.

Me ha gustado mucho también el capítulo que invita a estrecharse las manos, algo desconcertante en tiempos de pandemia y de pospandemia. Estrecharse las manos junto a la abadía de San Miniato aparece en un poema de Mario Luzi. Hay que darse la mano porque Cristo no ha venido a salvar a los hombres por separado. Ha construido un pueblo, una comunidad. El Dios cristiano es Trinidad y comunión. De ahí que sea oportuna la referencia del abad al salmo 132, donde se expresa que es bueno que los hermanos estén juntos. Lo ha subrayado muy bien el papa Francisco en Evangelii Gaudium (270), donde se afirma que no se puede ser cristiano manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Hay que entrar en contacto con la existencia de los otros y conocer la fuerza de la ternura. Así se entiende mejor que el cristianismo vive en la ciudad, pero hay que tener los ojos bien abiertos. Resulta muy oportuna la cita del abad Ricardo de San Víctor, que vivió en el siglo XII: Ubi amor, ibi oculos. Solo de esta manera se puede construir la ciudad.

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