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El amor en tiempos de coronavirus

Mundo · Elena Santa María
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31 marzo 2020
Dice Íñigo Domínguez en El País: “El aplauso es bonito sobre todo cuando se te olvida. Supongo que nos ocurre a la mayoría, pero tiene que haber gente que, no sé, pone la alarma o está mirando el reloj. De pronto te llega un ruido anómalo, como si fuera el mar, que es imposible, porque aquí no hay mar, y tienes un segundo de estupor que está muy bien, hasta que recuerdas: ‘¡Ah, es el aplauso, son las ocho!’. Y sales a ver a los demás, que son muchos, levantan la mano en la trinchera para decir: estamos aquí, seguimos vivos. Conocidos que son médicos, amigos ingresados, te describen emocionados que sí, que los aplausos los oyen, que es un ruido ondulante que llega a todas partes, un minuto de epifanía callejera que acerca a todos los demás, a los desconocidos, y los hace reconocibles. Se eleva en el cielo y, no me creo que esté diciendo esta frase tan cursi, de repente el cielo son los otros”.

Dice Íñigo Domínguez en El País: “El aplauso es bonito sobre todo cuando se te olvida. Supongo que nos ocurre a la mayoría, pero tiene que haber gente que, no sé, pone la alarma o está mirando el reloj. De pronto te llega un ruido anómalo, como si fuera el mar, que es imposible, porque aquí no hay mar, y tienes un segundo de estupor que está muy bien, hasta que recuerdas: ‘¡Ah, es el aplauso, son las ocho!’. Y sales a ver a los demás, que son muchos, levantan la mano en la trinchera para decir: estamos aquí, seguimos vivos. Conocidos que son médicos, amigos ingresados, te describen emocionados que sí, que los aplausos los oyen, que es un ruido ondulante que llega a todas partes, un minuto de epifanía callejera que acerca a todos los demás, a los desconocidos, y los hace reconocibles. Se eleva en el cielo y, no me creo que esté diciendo esta frase tan cursi, de repente el cielo son los otros”.

Lorena G. Maldonado en El Español: “Todo es menos sexy, pero, a cambio, es más puro. Ya no nos seducen las vidas de los otros –sus planes, el jersey preferido, sus amigos, los conciertos, los vermús–, ahora nos seducen los otros como realmente son, renunciando a su contexto y sus abalorios. Terriblemente humanos. Terriblemente mundanos. Es bello, también”.

Remei Margarit en La Vanguardia: “Tal vez el amor es otra cosa, una afinidad con algunas personas con las que podemos comunicarnos, dejando de lado la posesión; los momentos compartidos de alegrías; la disponibilidad por si alguien nos necesita; la casa ordenada; la amabilidad en el trato; el trabajo bien hecho; el sentimiento de saber que todos somos iguales; la compasión en los momentos de tristeza; la comprensión de la delicadeza; el silencio de los árboles y el canto del viento. Estos quizás pequeños amores de nuestra vida”.

Dice Daniel Capó en The Objective: “No es necesario ser creyente ni haber aprendido el rico simbolismo de la liturgia para entender que, en estas circunstancias, sólo los antiguos son nuestros contemporáneos. No los datos ni la inteligencia artificial; no la propaganda babélica de Harari con su prometida inmortalidad de clase ni los politólogos que recurren a la imaginería de Netflix; no los fakes de Twitter, que confunden la realidad con la ideología, así de forma solemne y boba. No, nuestros contemporáneos no son los que repiten tópicos envueltos en una verborrea vacía ni los que venden la imagen del presidente como un timonel al mando, aunque todos ellos vivan en nuestro tiempo y sean la sustancia de una época. No, porque cuando llegan las grandes crisis retorna ese mundo trágico que han descrito los clásicos, cada uno con sus palabras, cada uno desde unas circunstancias distintas. Es el mundo de los profetas bíblicos, de Homero y Virgilio, de los mártires romanos, de los cronistas medievales, de la caída de Constantinopla, de Shakespeare y Boccaccio”. Quizá el gesto más potente haya sido el de un Papa débil en una plaza de San Pedro totalmente vacía, bajo la lluvia, cargando con todo el dolor del mundo. Quizá el amor que necesitamos en tiempos de coronavirus sea este.

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