Días de pico y pala

Sociedad · Juan Carlos Hernández
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19 enero 2021
En cualquier conversación, anuncio de radio o televisión, o mensaje por las redes sociales se ha querido despedir el año 2020 como maldito. El fin de año parecía un “conjuro” para pasar página a una pesadilla.

En cualquier conversación, anuncio de radio o televisión, o mensaje por las redes sociales se ha querido despedir el año 2020 como maldito. El fin de año parecía un “conjuro” para pasar página a una pesadilla. Ciertamente ha sido un año duro y humanamente es comprensible el cansancio, el deseo de recuperar viejas costumbres sociales y superar la pandemia. Sin embargo, me resisto a decir que el año pasado ha sido un año perdido de nuestras vidas y me pregunto qué hemos podido aprender. Julián Marías advertía de la tentación de que la realidad debe ajustarse a ciertos deseos del hombre, y si no es así hay que declararla mala e inaceptable.

No es la única, pero creo que una de las lecciones más importantes del año pasado es la de preocuparnos los unos de los otros y que la gratuidad no es una palabra bonita sino que realmente permite construir una sociedad mejor.

Buena ocasión para ponerse en acción ha sido la reciente nevada en Madrid que ha colapsado la capital. Vamos a preguntarle al vecino mayor que vive solo cómo está y si necesita algo y conseguimos herramientas para empezar a limpiar de nieve las calles. Varias personas vienen a darme las gracias. ¿Tú eres voluntario o te pagan? Lo hago voluntariamente señora. Y alguno se me acerca para ayudarme con la nieve… o el hielo. El panadero, un desconocido y yo limpiamos la acera de enfrente donde hay un colegio público. Al final de la tarde mi espalda no está tan contenta pero sí el corazón y para rematar la faena mi hijo pequeño me pide que lo monte a caballito. Otro día, Lorena, una simpática señora, me da las gracias y, al rato, vuelve y me regala un táper. ¡Artículo providencial pues con él se puede ir a recoger sal! Los padres nos juntamos para limpiar los alrededores del colegio de nuestros hijos y todos quieren que sus hijos vean cómo nos hemos puesto en acción como ejemplo positivo, como una gran lección vital. Con ese vecino, al que siempre había mirado mal, estos días me he sorprendido empujando un coche que patinaba en la nieve.

Escribía Ana Fuentes en un artículo en El País que muchos ante la pandemia han perdido la ambición y prefieren no aspirar a nada para que nada más se tuerza. Ante esta derrota del deseo, aceptar que somos amados permite abrirse ante la realidad no con la sospecha de que es negativa sino con el presentimiento de que es ocasión. Del agradecimiento de este sentirse amado surge una gratuidad que permite construir el bien común también con una pala recogiendo la nieve de las calles. La prueba del algodón es que nos permite abrirnos a las necesidades del mundo.

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