Cuidar a los enfermos y aprender lo que significa amar

Mundo · Andrea Tornielli
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23 septiembre 2020
Incurable nunca es sinónimo de intratable. Esta es la clave de lectura para comprender la carta de la Congregación de la Doctrina de la Fe “Samaritanus bonus”, dedicada al “tratamiento de las personas en fases críticas y terminales de la vida”. El documento, ante una pérdida de la conciencia común acerca del valor de la vida y debido a debates públicos demasiado condicionados a veces por casos concretos que aparecen en los medios, reitera claramente que “el valor inviolable de la vida es una verdad básica de la ley moral natural y un fundamento esencial del orden jurídico”.

Incurable nunca es sinónimo de intratable. Esta es la clave de lectura para comprender la carta de la Congregación de la Doctrina de la Fe “Samaritanus bonus”, dedicada al “tratamiento de las personas en fases críticas y terminales de la vida”. El documento, ante una pérdida de la conciencia común acerca del valor de la vida y debido a debates públicos demasiado condicionados a veces por casos concretos que aparecen en los medios, reitera claramente que “el valor inviolable de la vida es una verdad básica de la ley moral natural y un fundamento esencial del orden jurídico”.

Por tanto, “no se puede decidir directamente atentar contra la vida de un ser humano aunque este lo pida”. Desde este punto de vista, la clave de bóveda que sostiene la “Samaritanus bonus” no es una novedad. El magisterio de la Iglesia ha rechazado muchas veces toda forma de eutanasia o suicidio asistido, explicando que alimentación e hidratación son apoyos vitales que se deben garantizar al enfermo. El magisterio también se ha expresado en contra del llamado “encarnizamiento terapéutico” porque ante la inminencia de una muerte inevitable “es lícito tomar la decisión de renunciar a tratamientos que solo provocarían una prolongación precaria y penosa de la vida”.

La carta vuelve a proponer de manera puntual lo que los últimos pontífices ya han señalado, lo cual se consideraba necesario ante legislaciones cada vez más permisivas sobre estos temas. Sus páginas más novedosas son las que se refieren a que el acompañamiento y cuidado de estas personas nunca pueden limitarse a la perspectiva médica. Hace falta una presencia coral para acompañar con afecto la presencia, las terapias adecuadas y proporcionadas, la asistencia espiritual. Resultan significativas las referencias a la familia, que “necesita ayuda y medios adecuados”. Hace falta que los estados reconozcan la primera y fundamental función social de la familia “y su papel insustituible, también en este ámbito, proporcionando recursos y estructuras necesarias para apoyarla”, afirma el documento. El papa Francisco recuerda que la familia “siempre ha sido el ‘hospital’ más cercano”. Pues aún hoy, en muchos lugares del mundo, el hospital es un privilegio para unos pocos, y suele estar muy lejos.

“Samaritanus bonus” también nos recuerda el drama de tantos casos sobre los que se debate en los medios y nos ayuda a mirar el testimonio del que sufre y del que cuida, a los muchísimos testimonios de amor, sacrificio, dedicación a los enfermos terminales o a personas que viven en estado de inconsciencia, atendidos por madres, padres, hijos, nietos. Experiencias vividas cotidianamente en silencio, a menudo en medio de muchas dificultades. En su autobiografía, el cardenal Angelo Scola narra un episodio que le pasó hace unos años. “Durante una visita pastoral en Venecia, un día, saliendo de casa de un enfermo, el párroco me presentó a un hombre más o menos de mi misma edad, de apariencia muy discreta. Tres semanas antes había muerto su hijo, con una grave discapacidad, que no podía hablar ni caminar, al que había cuidado amorosamente durante más de treinta años, atendiéndolo noche y día, confortándolo con su presencia constante. El único momento en que se alejaba era el domingo por la mañana para ir a misa. Ante esta persona sentí un cierto embarazo, pero como nos suele pasar a los sacerdotes me sentí obligado a decir algo. ‘Dios se lo pagará’, murmuré un poco aturdido. Y él me respondió con una gran sonrisa: ‘Patriarca, fíjese que yo ya lo he recibido todo del Señor porque me ha enseñado lo que significa amar”.

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