¿Conseguirá Benedicto XVI reconciliar a la Iglesia y a la sociedad irlandesa?

Mundo · John Waters
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23 marzo 2010
La Carta Pastoral del Papa a los católicos irlandeses está concebida de principio a fin como un documento interno, y como tal ha sido enunciada y dirigida a aquellos que el Papa llama "los hermanos y hermanas de la Iglesia en Irlanda". Pero había también otro público al que dirigirse: la amplia sociedad civil de la que los fieles católicos forman parte.

La mayoría de los irlandeses pertenecen a dos comunidades, diferentes pero relacionadas entre sí: por una parte la Iglesia, por otra la democracia laica, la que decide sobre las cuestiones de relevancia pública.

La respuesta a todo lo que ha dicho el Papa está llegando, y así seguirá, no del seno de la Iglesia sino de la sociedad civil, a través de los medios, complicando infinitamente la situación.

Si examinamos el caso desde una perspectiva interna a la Iglesia, se trata de un documento fuerte, que culpa de forma inequívoca a las personas y hechos que deben ser culpados, y que señala la renovación radical de la propuesta cristiana, esencial para el futuro del catolicismo en Irlanda. Quienes han cometido abusos y quienes los han encubierto son juzgados con severidad en el texto, que si la crisis tuviera que resolverse dentro de la Iglesia habría logrado su objetivo.

Sin embargo, al no tratarse de un problema puramente, ni siquiera principalmente, interno de la Iglesia, es difícil entender qué ayuda puede prestar este documento. Por una serie de motivos. Primero, que el documento no contiene gestos dirigidos hacia la sociedad civil, como si nadie se diera cuenta de la necesaria confrontación con las demandas y exigencias que no provienen del seno de la Iglesia, tomando demasiado al pie de la letra los números que ilustran una participación todavía sólida en los ritos y prácticas religiosas.

Dar respuestas también a la amplia sociedad y a sus instituciones civiles es indispensable para la renovación de la Iglesia, dada la doble pertenencia de los fieles católicos y la vergüenza que en este momento paraliza al catolicismo. En esta situación, los católicos no pueden quedar satisfechos, como católicos, si no se dan respuestas a la sociedad civil entera.

La mayoría de los católicos irlandeses ya tiene que resistir a la tentación de unirse a los enemigos de la Iglesia, figúrense si además se preocupa por la renovación de la institución.

Pocas horas después de la publicación de la Carta Pastoral, ya era evidente la respuesta negativa de las víctimas. Tal vez era imposible una respuesta distinta. Tal vez la alianza entre las víctimas de los abusos y los comentaristas mediáticos busca una posible aniquilación de la Iglesia y no está dispuesta a dejar espacio a ninguna respuesta que no sea negativa.

Teniendo todo esto en cuenta, hay que reconocer que la Carta, desde el punto de vista de la sociedad civil, ofrece poco para aliviar el malestar y la inquietud que se han desarrollado durante el último año.

El problema no es, como se ha dicho, que no se ofrece ninguna cabeza en la bandeja, porque el Papa probablemente ha entendido que así habría dado comienzo a un dominó interminable. Sin embargo, era necesario algún gesto y no basta con recordar a los sacerdotes y obispos su responsabilidad y obligación de someterse a la autoridad civil, algo que puede parecer obvio.

Hay otro problema que surge al analizar las causas que están en la raíz de los abusos a menores, y que dice mucho de las dificultades para reconciliar a la Iglesia con la sociedad. El Santo Padre habla de los daños derivados de la secularización y, naturalmente, tiene toda la razón. El problema es que su análisis queda apenas esbozado y no llega a transmitir lo que verdaderamente piensa sobre la corrupción de la propuesta cristina, sin duda la raíz de este mal: si Cristo hubiera estado realmente en el corazón del clero, todo esto no habría sucedido.

A falta de mayor profundización, sus palabras podrían ser malinterpretadas, incluso con mala fe, como un intento de culpar de los pecados de la Iglesia a sus enemigos, en vez de asumir la responsabilidad plena de la Iglesia.

De haber podido asesorar al Papa antes de la publicación de la Carta, le habría dicho que era magnífica en su modo de afrontar el dolor de los fieles irlandeses y señalar el camino para rehabilitar la fe cristiana en Irlanda. Habría confirmado que el tono del documento era justo para la comunidad cristiana a la que se dirigía. Pero me habría sentido obligado a decirle que, tal como está redactada, probablemente era insuficiente en el contexto general, a menos que se añadiera algo sobre cómo los culpables deben someterse a la autoridad civil.

Recomendaría realizar públicamente un gesto radical, incluso drástico, para llevar un rayo de paz a este conflicto devastador. Así, creo yo, habría alguna posibilidad de que los fieles leyeran la Carta Apostólica con un corazón más aliviado y con la renovada esperanza de un nuevo inicio.

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