Catástrofe y recuperación, la semilla del futuro solo está en el corazón

Mundo · Riro Maniscalco
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1 abril 2020
A primera vista, cuando uno mira por la ventana parece que todo es normal, tranquilo, silencioso, como cualquier domingo por la mañana. Uno casi pensaría que demasiado tranquilo para un barrio que ya de por sí suele ser bastante pacífico, como el barrio donde vivimos. New York City no solo está hecha de los rascacielos de Manhattan. Pasan poquísimos coches, no se ve a nadie por las calles y al fondo el parque también se ve desierto.

A primera vista, cuando uno mira por la ventana parece que todo es normal, tranquilo, silencioso, como cualquier domingo por la mañana. Uno casi pensaría que demasiado tranquilo para un barrio que ya de por sí suele ser bastante pacífico, como el barrio donde vivimos. New York City no solo está hecha de los rascacielos de Manhattan. Pasan poquísimos coches, no se ve a nadie por las calles y al fondo el parque también se ve desierto.

Una Nueva York fantasmal, como en una película de ciencia-ficción, de esos que te cortan la respiración, pendiente de no se sabe muy bien qué va a pasar pero que seguro será catastrófico. Los neoyorquinos también vemos esta ciudad igual que vosotros, a miles de kilómetros, al otro lado del océano. Vemos nuestra Nueva York por televisión, igual que vemos por televisión cómo se llenan sus hospitales, cómo se extreman las condiciones de trabajo de los sanitarios y cómo aumentan los boletines de guerra de las autoridades. Por televisión, igual que vosotros, sentados en el sofá, al lado de lo que está pasando pero al mismo tiempo tan lejos. Tanto que parece un mundo ajeno, no el nuestro. Mientras la salud nos asista.

Cada uno ve lo que le ofrece el marco de su ventana: un par de árboles, calles desiertas y un silencio inmenso. Los más afortunados, como nosotros, incluso ardillas y flores. En el patio, flores y ardillas saben que ha llegado la primavera, no se saben la pandemia. No es que nosotros sepamos mucho más que ellas, aunque algo más podremos entender.

Hay una gran incertidumbre respecto a todo, hay sensación de confusión, hay quien empieza a pensar –y escribir– que estamos librando una batalla perdida, que hasta nuestra fortificación defensiva, nuestra barricada en casa, llegado a un cierto punto cederá. Será el día del juicio final. También hay quien se obstina en bombear optimismo, tratando de convencer y convencerse de que este desastre pasará y nosotros estaremos entre los que podremos contarla. Aunque cada día decenas de miles de personas pierdan trabajo y salario, hay que pensar que hasta la economía se recuperará rápidamente, y tal vez esos dos trillones de dólares del plan de estímulo que acaban de aprobar las cámaras serán el ventilador que nos devuelva el aire. Catástrofe y recuperación, resultados opuestos anunciados por profetas incapaces de ver y vivir lo que hoy es más evidente e importante: el presente.

La semilla del futuro está por entero en el corazón y en las obras de quien ofrece lo que puede y lo que está llamado a hacer. Ahora. Hoy.

Que Dios bendiga América.

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